Caminamos en silencio por algunas cuadras y aprovechamos para fumar un cigarrillo. El sol no
calentaba mucho.
─Vení, vamos a comer algo allí enfrente─ le dije enseñándole el restaurant de la Antigua Parroquia.
─Se come bien y es barato─ terminé diciendo. Ella sonrió, pero siguió sin hablar.
Una vez dentro, pedimos un plato de pastas y agua mineral.
─ ¿Qué te pasa Carla? Podes contarme, lo sabés.
─Es que todo esto es muy raro para mí, pasé de ser una puta más, a ser la protegida del comisario, o
sub, perdón. Todos me trataron hoy como si fuera una señora respetable, cuando hasta hace un
tiempo, si alguno de ellos me encontraba en la calle, me encerraba toda la noche en una sucia celda,
con la fauna nocturna acechando. Es extraño.
Dicho esto, no pude dejar de sonreír.
─ ¿De qué te reís?
─Es que es muy ingenuo y tierno tu parecer, no sé, será que me están pasando cosas con vos Carla.
Vi como su rostro se incendiaba de vergüenza y timidez, algo que me hizo sonreír.
─Y no sos mi protegida, no pienses eso, sos mi amiga.
Otra vez sonrió como hacen las niñas cuando se sonrojan.
Por suerte para ella el mozo apareció con los platos de comida y nos dispusimos a comer, ella, sus
ravioles con estofado de pollo y yo, fideos cintas con albóndigas.
Conversamos de todo un poco y cuando terminamos le pregunté si quería postre. Me dijo que no
estaba acostumbrada por lo que fui yo el que pidió helado para compartir.
Tomamos un café, pagué la cuenta y salimos del restaurante tomados de la mano.
Seguimos así unas cuadras hasta que se detuvo y comenzó a llorar.
─ ¿Qué te pasa Carla? ─ le pregunté con preocupación.
─No voy a poder Augusto, no voy a poder─ dijo desconsolada.
─Por favor, decime con que no vas a poder.
─Esta noche tengo que volver a la calle con mis compañeras y no quiero Augusto, no quiero
acostarme con nadie más por plata. ¡No quiero ser más una puta! ¡Pero no sé hacer otra cosa,
maldigo mi vida, carajo!
La abracé con todas mis fuerzas mientras ella lloraba. Nos quedamos así por un instante hasta que me empujó para separarse y salir corriendo. Le grité se detuviera, pero no lo hizo y al doblar la esquina no la vi más.
Resignado, regresé a la oficina y me puse a trabajar sin poder olvidarme de ella. Realmente me
preocupaba pues me estaba comenzando a gustar como nadie lo había hecho desde la muerte de
Leticia. Solo la diferencia de veinte años me abrumaba.
Dejé mis cavilaciones cuando el teléfono comenzó a sonar al mismo tiempo que tenía casi a todo el
cuerpo policial en la oficina, para informarme sobre distintas situaciones. Ni cuenta me di que se había hecho de noche, el trabajo me tuvo a maltraer. Por un instante recordé el incidente con Gloria, un sargento.
Fue a las seis que trajo dos cafés a la oficina, se sentó en mi escritorio y mientras yo hablaba por
teléfono, manoseaba mis genitales. Cuando corté le pedí amablemente que no lo hiciera más.
─ ¡Pero te gustó el otro día, bebé! ─ me respondió mientras buscaba mi boca.
Retrocedí y la miré sin pestañear.
Ella me miró con una dureza que no esperaba y lanzó la frase que tenía atragantada.
─Ya sé que la putita esa te tiene loco. Ya me lo contaron. Uy… ¿Qué diría Leticia si se levantara y
viera que te enamoraste de una pendeja puta? Sos un viejo pelotudo.
Al escuchar eso, mi paciencia llegó a su fin y le ordené a gritos se retirara de mi oficina adelantándole que le haría un Sumario por ofender a un superior. Mientras se acomodaba la ropa, me miró con sumo odio y me pidió disculpas. Tenía miedo de ser despedida de la fuerza. Su foja de servicios no la ayudaba.
─Sargento Márquez, no voy a sumariarla, pero, una sola pelotudez más, una sola ofensa más y va a
terminar de vigiladora en un supermercado de frontera. Mi vida es mía y hago con ella lo que
quiero, nosotros no tenemos ningún tipo de compromiso, fue necesidad y una sola vez. ¿Entendió?
─ le dije con voz firme.
─A partir de hoy no habrá ningún tipo de contacto entre nosotros salvo el laboral. Ahora retírese.
Ella asintió con la cabeza y con la mirada endurecida y se fue.
Pasado el incidente, me fumé un cigarrillo y continué con mi trabajo.
Fue a las ocho de la noche que dije basta.
Antes pasé por la oficina de Bustamante para saber qué resultados había arrojado la búsqueda.
─Tuve problemas con la computadora Augusto, mañana te doy respuestas, aguántame por favor─
me dijo.
Me despedí del resto del personal y gané la calle fría y húmeda. Era otra noche para estar en casa
mirando una película o leyendo un libro con la familia. Llamé a mi hija mayor para avisarle que alrededor de las diez estaría en casa.
─Ok, papá, te esperamos para comer entonces. ¡Beso! Al subirme al auto lo único que tenía en la
cabeza era buscar a Carla por lo que me fui para el lado de Constitución.
Comencé a recorrer las calles por donde solía andar. Reconocí a alguna de las chicas del burdel por
lo que pasé lentamente y las saludé desde el auto. Seguí buscándola, pero sin suerte, no estaba allí. Quería pensar que no había ido a trabajar, no quería pensar que estaba con otro hombre.
Luego de estar dando vueltas por casi una hora decidí irme a casa donde mis hijas me aguardaban
para cenar. Al llegar, toqué mi bocina para avisarles que había llegado. Guardé el auto en el garaje y corrí a besarlas.
Felices fuimos hasta la cocina donde el perfume a carne asada era embriagador. Marina había hecho
el puré de papas y hasta me había comprado una botella de vino cabernet. Emocionado las abracé. A pesar que la vida nos golpea, nos patea, nos insulta, también nos regala momentos de pureza y amor que nos reconcilian con esta existencia tan particular y llena de interrogantes.
La cena fue magnifica y la charla con las chicas de las mejores en mucho tiempo. Abordamos todos
los temas, hasta el de la madre muerta y quedé sorprendido por la madurez de ambas. Cerca de las doce de la noche las acompañé hasta el cuarto. Exhausto pero pleno por el amor de mis hijas, me desparramé en uno de los sillones, me serví un poco de whisky y encendí el ultimo cigarrillo del día.
¿Qué haría con Carla? Esa era la pregunta que me perturbaba e inquietaba. No sabía si olvidarme de
ella o seguir adelante con lo que comenzaba a sentir. Su sonrisa me emocionaba, su mirada me
enamoraba.
No pude más y salí al patio con el celular para llamarla. No me contestó. Entré en la casa, fui hasta el baño donde me di una ducha rápida y me acosté. Me dormí pensando en ella. A las ocho de la mañana, el maldito reloj con su espantosa alarma interrumpió mi sueño. Medio dormido me levanté. Escuché como las chicas hablaban mientras tomaban el desayuno.
─En unos minutos estoy con ustedes.
─Bueno.
Llegué a la cocina, las saludé y mi café negro estaba servido en la mesa. Las cuatro galletitas con
queso, también estaban listas. Conversamos un rato hasta que debieron partir hacia la escuela.
─Acordate Marina del lugar donde está escondida la plata, sacá lo que necesites. También si se
quieren comprar algo, lo que quieran. Comprale algo lindo a Anita y regalate algo vos ¿Sí?
─Queremos un perro, pá. ─ me dijo con cierta timidez.
Yo las miré, pues detrás de Marina estaba Anita mirándome fijamente.
─Ya lo tienen elegido ¿No? ─dije mientras comenzaban a reír.
─Si papá, es del refugio de acá a tres cuadras, es un cachorrito precioso que fue abandonado en la
calle junto a seis hermanitos más.
─Ok, tráiganlo, pero recuerden que es de ustedes y son responsables por él─ les dije.
Se tiraron encima mío para abrazarme.
─Hoy cuando llegues lo vas a conocer─ dijo Anita.
─Bien, espero con ansias el momento…Ahh, recuerden que por la tarde vendrá la tía con sus
primas.
─Sí, lo sabemos pá. Quédate tranquilo─ me respondieron y se fueron.
Me quedé solo y llamé a Carla para saber cómo estaba. No me atendió. Cerré las puertas y me fui a la Jefatura. Al llegar me recibe en la puerta Galarza, con cara de preocupación.
─Buen día Galarza, ¿Pasó algo? ─ pregunté.
─ ¡Que no pasó! ─ respondió con firmeza y gesto adusto.
─Vamos hasta la oficina y ahí me contás.
Entramos al edificio y saludé como todos los días, pero las voces sonaron apagadas.
Nos sentamos, encendí mi primer cigarrillo del día y le pedí a Galarza que hablara.
─Es que no sé cómo decirle lo que tengo que decirle, jefe.
─Por el principio y dejá de dar vueltas, carajo─ repliqué ofuscado.
─Son dos noticias y las dos malas.
─La puta que te parió Galarza, ¡HABLÁ!
─Bien, la primera es Carla. La chica está internada en grave estado, le dispararon desde un auto
ayer por la noche cuando estaba trabajando en la zona de Recoleta.
Al escuchar eso, sentí que todo alrededor mío daba vueltas. Luego de unos segundos me repuse y
pensé que por eso no la había encontrado en Constitución.
Mi cabeza seguía dando vueltas como un molino de viento.
─Decime como está, adonde la llevaron, donde la hirieron─ dije con tono desesperado.
─Está grave, pero en el Fernández están haciendo todo lo posible por salvarla, le metieron una bala
en el abdomen, aparentemente a quemarropa.
─ ¿Vieron al que lo hizo?
─Cuando una de las chicas escuchó el disparo corrió hacia el lugar y la encontró en el piso, desangrándose. Luego escuchó un motor a mil por hora, miró hacia la calle y vio a una camioneta
verde que salía disparada por Alem hacia el sur.
─Era él, el mismo tipo. ¡La puta madre que los parió! Tráeme a Bustamante, corré.
A los pocos minutos estaban los dos en mi oficina.
—Buen día Busta, sentate y contarme que encontraste.
─Hola Augusto. Su nombre es Héctor Jáuregui, tiene cincuenta y cinco años, viudo, ex oficial del
ejército pues fue destituido por cohecho en el año dos mil ocho.
Vive en Cañuelas, solo, los hijos se fueron hace mucho porque no lo soportaban, está loco y el año
pasado estuvo preso en Ezeiza por abusar de una mujer madura y de su nieta. Las desnudó en la
casa, las manoseó, se masturbó y le echó el semen a la abuela de setenta y dos. La niña presenció
todo.
Lo salvó un abogado del ejército y todo quedó en la nada, la denuncia fue levantada y las mujeres
desaparecieron del pueblo. Según testigos, están viviendo en Catamarca de donde es oriunda la
abuela y tienen un buen pasar económico. Es claro lo que sucedió, sabés como son estas cosas, la
necesidad tiene cara de hereje. Estas mujeres salieron de pobres, callándose la boca─ terminó
diciendo.
─Bien, llamá al Juez y emitamos la orden de captura.
—Ramón, decime si llegó el Comisario.
─Esa es la segunda mala noticia jefe. Está usted suspendido preventivamente, la sargento Gloria fue
a ver al viejo y le dijo que sufrió abuso sexual de su parte, que la obligó a tener sexo sin su
consentimiento. Le iniciaron sumario administrativo, lo lamento.
No podía creer lo que estaba escuchando.
─ ¡Que yegua hija de mil puta! ¿Qué yo la obligué? ¡Se me puso en pelotas en este escritorio!
¿Dónde está? ─ pregunté furioso.
─De licencia jefe.
─ ¿Y el viejo? ─ pregunté. Los dos miraron hacia afuera.
Salí enajenado y corrí hasta el despacho del Comisario. Entré sin golpear la puerta. Cuando me vio, puso su peor cara y me dijo a los gritos.
─ Pero ¿quién carajo te creés que sos para entrar así a mi oficina, querés que te encierre en una
celda?
Mi respuesta también fue a los gritos.
─Soy el tipo que te viene salvando el culo de hace años, el que hace el trabajo sucio mientras vos
pelotudeás con los políticos de turno. ¿Cómo se te ocurre suspenderme por lo que te dijo la
atorranta de Gloria? ¿Me querés hacer un sumario? Si le creíste es porque llegaste al techo de tu
pelotudez.
─Vamos a calmarnos que así no llegamos a ningún lado, vení, sentate─ respondió.
─No me voy a sentar.
─Como quieras, vos sabés cómo es esto Augusto, vos jodiste un día con ella y se la creyó. Ahora la
cortaste y se enojó. Si la mina va a algún canal de televisión nos termina perjudicando a todos, nos
llenamos de periodistas y los políticos nos hacen mierda. Por eso le tomé la denuncia, pero tranquilo
que no va a pasar nada. En unos meses la traslado a la Quiaca con algún ascenso y no molesta más.
─Pero mi hoja de servicios queda manchada, nunca tuve una denuncia ni un sumario.
─Lo arreglamos eso, no te preocupes, voy a hacer que limpien todo. Igualmente, vos sos el boludo
Augusto, sabías que era una atorranta de cuarta y te la cogiste.
Asentí un poco avergonzado con la cabeza pues tenía razón el viejo, debí aplicar el proverbio
“donde se come no se caga”.
─Perdoname por entrar así, decime que hago.
─Ahora te vas a tu casa, te dedicás a tus hijas y en unos días venís, que Asuntos Internos te va a
tomar declaración. Descansá que te hace falta, desde que murió tu esposa no tomaste vacaciones.
Apenado estiré mi mano para estrechar la suya, tomé mis pertenencias personales y me despedí de
los muchachos.
Salí a la calle con una gran sensación de pérdida. Subí al auto y me fui para el hospital Fernández.
Al llegar mi corazón comenzó a latir de forma acelerada, estaba preocupado por la salud de esa
mujer que estaba ganándose un lugar en mi vida.
Saludé a todos en la recepción pues me conocían de hacía tiempo y enseguida Lorena, una de las
secretarias más antiguas y amiga mía, me dio el número de habitación de Carla. Era el veintisiete.
Tomé el ascensor y ya en el segundo piso busqué el cuarto. No fue difícil pues habían puesto un
policía de custodia en la puerta.
Saludé al agente y entré sigilosamente. Estaba dormida.
Verla en ese estado, demacrada, entubada y conectada a un infierno de máquinas me conmovió
sobremanera. Tomé un sillón y lo acerqué a la cama. Dejé mi mano cerca de la suya. Me quedé dormido quien sabe cuánto tiempo. Me desperté cuando sentí que mi mano estaba siendo acariciada.
Al abrir los ojos vi los de ella ahogados en lágrimas.
Me levanté y acerqué mis labios a su mejilla para darle un beso. Intenté calmarla preguntándole como estaba y si podía hablar. Comenzó a balbucear y me dijo algo que no entendí por lo que acerqué mi oído.
─Gracias por estar acá─ repitió un par de veces con un hilo de voz.
Entre lágrimas nos miramos y la besé suavemente en los labios. Con su mirada sentí que estaba feliz por aquel beso y comenzó a hablar.
─No pude amor, no pude acostarme con nadie, se detuvieron varios autos, pero a todos les dije que
no. Sentía que te estaba traicionando y no quería hacerlo, de solo pensar en otro hombre encima mío
me daba asco. Solo pensaba en vos, solo en vos.
Cuando estuvo algo más serena le dije.
─Carla, yo me estoy enamorando de vos. Te pienso noche y día. Vamos a estar juntos, pero primero
debés recuperarte. Hoy no importa otra cosa. Cuando salgas de la clínica te vendrás conmigo y no
acepto un no por respuesta.
Lloraba y reía al mismo tiempo. Fue entonces que la besé otra vez y le pedí durmiera pues necesitaba descansar. Me hizo caso y antes de cerrar los ojos me pidió la besara otra vez, algo que hice sin la menor duda pues si era por mí, la hubiera besado hasta que se apagaran las estrellas. Me quedé un rato hasta que se durmió. Lentamente me levanté y salí del cuarto para hallar a alguien que me pudiera dar el parte médico. Le pregunté a Lorena y me llevó al despacho del Doctor Luis Etchegoyen, uno de los directores del Hospital.
─Verá Augusto, la herida es grave. Le dispararon a quemarropa en el abdomen. Le extrajimos la
bala y se la entregamos a la policía. Tiene un riñón complicado pero lo que más nos preocupa es su
columna. Quizás no vuelva a caminar.
Estamos haciendo todo lo posible, es una mujer joven y fuerte. Riesgo de vida no hay, pero bueno,
debemos aguardar su evolución. Es todo lo que puedo decirle.
─Muchas gracias Doctor, le dejo mi tarjeta y por favor, manténgame al tanto de su evolución.
─Entiendo Augusto, no se preocupe que lo llamaré. Y espero encuentren al culpable.
─No se preocupe, me ocuparé personalmente. Gracias, que tenga buen día.
Cuando salí de esa oficina, la crucé a Lorena. Le agradecí todo lo que había hecho y le pedí que no
le hiciera faltar nada a Carla, que me hacía cargo de cualquier gasto. Me miró y me sonrió.
─Quédate tranquilo, yo me ocupo─ me respondió y me dio un cálido abrazo.
Salí del Hospital, reconfortado y muy enojado.
─Te voy a encontrar y te voy a matar Héctor Jáuregui.
Me subí al auto y me perdí en las calles de Buenos Aires. Quería pensar.
Luego fui para casa y me dispuse a preparar por primera vez en mucho tiempo, el almuerzo a mis
hijas. Al llegar saludé a Olga, la mujer que limpia y a veces cocina. Hace quince años que trabaja en
nuestro hogar. Le pedí dispusiera de su día, lo cual me agradeció.
Yo me encargaría de la comida así que busqué en la heladera y encontré mozzarella, jamón cocido,
también masa para tarta y huevos. Cuando llegaron, mi preparación estaba servida en la mesa junto a una ensalada. Apenas me vieron, Anita corrió hacia mí y se colgó de mi cuello mientras Marina me abrazaba.
Recordé que solo el amor es lo que cuenta en esta vida. Pedí helado también, dulce de leche y frutilla con un poco de limón, como le gusta a Anita. Luego del almuerzo y de una verborrágica sobremesa, lavamos los platos.
Más tarde, Marina fue a sus clases de inglés, Anita se dedicó a sus tareas y yo a dormir una siesta
que hacía años no tomaba. A las cuatro y media me desperté. Fui para la cocina y me encontré con Anita y una compañera de colegio, Silvina, jugando a los videojuegos. Saludé, me preparé un café, las dejé jugando y fui al garaje donde me encerré. Ese era mi lugar privado, solo yo podía entrar pues allí guardaba un arsenal importante, además de líneas telefónicas y una computadora conectada con la Comisaría. Lo llamé a Bustamante para preguntarle si había novedades de Jáuregui. Me dijo que no había nada y nadie llamó diciendo que lo conocía a pesar de que su rostro ya deambulaba por todo Buenos Aires.
Hice un par de llamadas más hasta que Galarza me llamó.
─Hola jefe, ¿cómo anda? ─ me preguntó alegre.
─Bien Ramón, ¿Y vos?
—Esta noche la pongo jefe, la noviecita que tengo hace dos meses me dijo que esta hoy me la
entregaba… ¡Al fin! ¡No podía más, solo besos y besos y un poco de caricias con la ropa puesta…a
mi edad…jodido che!
─Me alegro Ramón, eso sí, no te olvides de los forros, sin preservativos nada que después la embarazás y te tenés que casar.
─ ¡Dios me libre y me guarde jefe, soy un niño todavía para eso! ─ respondió.
─ ¡Vas a cumplir cuarenta y cinco años viejo ridículo! ¡Niño! ─ dije con sorna.
─Bueno, bueno, que queda para usted entonces. Usted sí que es viejo, está más cerca del arpa que
de la guitarra. ─ respondió entre carcajadas.
─Me hacés reír Ramón, pero bueno contarme para que me llamaste.
─Ah, sí, tenemos una pista del tipo, ya mandamos gente. Descubrimos que es asiduo concurrente a
burdeles por lo que rastreamos por ese lado y alguien nos dijo de uno que está en Mataderos, que
hay alguien así en estos momentos. Reconocieron la camioneta verde.
─Gracias Ramón, pásame por mensaje la dirección que salgo para allá.
─Se la paso, pero usted está suspendido jefe, no puede actuar─ dijo entre carcajadas.
Corté, tomé mi pistola Glock y un rifle AR-15 de estilo Sig Sauer y salí. Solo quería encontrarlo y
matarlo. A la media hora estaba en el lugar. Vi policías camuflados por los alrededores aguardando instrucciones por lo que me enfundé en mi abrigo y bufanda y entré como un cliente más. Me atendió una mujer de unos cincuenta años. Le dije quién era y le mostré la foto de Jáuregui. Miró hacia la puerta número cuatro por lo que fui sin perder tiempo.
Entré muy despacio y es lo único que recuerdo. El hijo de puta me estaba esperando detrás de la puerta y me metió un culatazo de pistola en la cabeza. Cuando desperté estaba dentro de una ambulancia. Desconcertado al principio pude ver luego dos cuerpos en bolsas que estaban siendo subidos a otra ambulancia. Apenas vio mi reacción, Galarza se acercó para preguntarme como estaba.
─Confundido y dolorido Ramón, decime que pasó.
─El tipo se dio cuenta, alguien le avisó. Entonces lo esperó y casi que lo mata del golpe. Luego
salió corriendo y disparando. Mató a una de las chicas y a un cliente de apenas diecinueve años que
se le cruzaron en el camino.
─ ¿Pero y los polis que estaban afuera que hicieron, no pudieron detenerlo? ─Salió por una puerta
trasera y se escabulló por los techos. Lo siento jefe.
─Está bien, vos no tenés la culpa, decime quien estaba a cargo del operativo.
─El oficial López.
─Ese pelotudo no puede ni dirigir el tránsito─ dije y me levanté para encontrarlo e increparle su
mal accionar.
Caminé unos metros y allí estaba, dando notas a los noticieros. Me acerqué y a los empujones lo saqué del centro de atención. Una vez apartados comenzó la acalorada discusión.
─ ¿Cómo carajo se te fue? ¡Pelotudo! ¿No pusiste a nadie en la parte trasera de la casa, huevón? Te
voy a echar López, te juro que te voy a echar, no servís para esto. A lo que respondió.
─Primero que nada, usted está suspendido y no puede estar acá. Y yo sé lo que hago. Le voy a informar al comisario que estaba acá, así lo termina echando de la fuerza ─Como ¡CLIENTE!, estaba como cliente y acabo de comprobar lo que siempre pensé de vos, que sos un inútil y un cagón. ¿Dónde estabas cuando el tipo se escapó? ─En el auto, dirigiendo el operativo─ dijo, suelto de cuerpo.
─Sos un reverendo hijo de puta y te voy a matar─ grité y le propiné una trompada en la mandíbula.
Entre Galarza y otro más me detuvieron.
─Basta jefe, que lo van a echar si lo lastima─ me dijo.
─Lo voy a matar más que lastimar─ dije montado en cólera.
El otro estaba tirado en el piso con la boca sangrando y mirando a las periodistas que sacaban fotos.
Uno me sacó una foto por lo que me abalancé sobre él, le sustraje la cámara, la tiré al piso y se la
rompí a patadas mientras otros cinco fotógrafos me ametrallaban con las suyas.
─Váyase jefe, súbase al auto y desaparezca, yo lo llamo más tarde. Ah, y vea a un médico por el
golpe que sufrió.
Lo miré con agradecimiento y caminé hasta el auto para desaparecer.
@Ricardo Mazzoccone
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