Los días terminaban siendo iguales, hasta que Eira, una bibliotecaria de la gris ciudad de Isledra, encontró un libro que nunca había visto antes y no recordaba haber catalogado: El Cantar de los Eternos. Era una edición antigua, encuadernada en cuero negro, con un título apenas legible. Al abrirlo, una ráfaga de viento apagó las lámparas, y una página en blanco empezó a llenarse de palabras:
“Pronuncia mi nombre: Kael.”
Eira, fascinada, lo susurró.
La biblioteca dejó de existir tal como la conocía. Las estanterías se disolvieron en polvo de luz y el techo se abrió a un firmamento imposible, donde las estrellas latían como corazones vivos. El silencio se transformó en un murmullo cósmico, antiguo y poderoso. Frente a ella apareció Kael, un ser de ojos dorados y aura etérea, cuya forma parecía fluctuar entre lo humano y lo divino.
Kael le explicó que era un guardián de los umbrales, un vigilante de mundos olvidados, atrapado en el libro desde hacía siglos por un pacto roto y una traición cuyo eco aún resonaba en el tejido del universo. Había esperado incontables generaciones a alguien capaz de oír su llamada, alguien que no leyera solo con los ojos, sino con el alma.
Le ofreció a Eira algo que jamás había imaginado: viajar con él más allá de Isledra, más allá del tiempo y la materia. Mundos donde las montañas flotaban sobre mares de niebla, ciudades construidas en el interior de criaturas colosales y océanos que cantaban con voces antiguas al caer la noche. Sin embargo, todo don exigía un precio. Por cada noche que compartieran esos viajes, un recuerdo de su vida cotidiana desaparecería para siempre.
Eira aceptó.
Cada anochecer, al cerrar los ojos, Kael la conducía a un nuevo paisaje imposible. Al principio, los recuerdos que se perdían eran pequeños e inofensivos: el rostro de un compañero de trabajo, una calle secundaria de Isledra, una canción olvidada. Pero cuanto más profundo era su vínculo con Kael, más valiosos se volvían los recuerdos que se desvanecían. Olvidó celebraciones, nombres queridos, incluso la razón por la que había elegido una vida entre libros.
Mientras su mundo diurno se volvía borroso y frágil, el nocturno adquiría una intensidad casi
dolorosa. Eira se enamoró de Kael con una mezcla de devoción y tristeza, consciente de que cada sonrisa compartida era también una renuncia. A veces, al despertar, debía mirar su tarjeta de identificación para recordar quién era.
Una noche, incapaz de soportar más la pérdida, lo enfrentó.
Kael guardó silencio largo rato, y por primera vez su luz pareció apagarse. Entonces le ofreció una última elección: quedarse con él para siempre en aquel universo de eternidad y olvido, o regresar a Isledra, recuperando su vida… al precio de olvidarlo todo, incluso el amor que habían compartido.
—Adiós —contestó Eira.
Despertó en la biblioteca. El libro había desaparecido. Las lámparas iluminaban las mesas como siempre y el reloj marcaba la misma hora de cada tarde. Su vida continuó como antes, ordenada y gris.
Pero cada noche, al mirar las estrellas, Eira sentía un vacío inexplicable en el pecho, una ausencia que no lograba nombrar, como si algo esencial se hubiera perdido entre las páginas de un libro que ya no podía recordar.
@Vanessa Zamora
@Imagen Pinterest
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