Era mi favorita porque aquella sábana infantil tenía, bordados primorosamente en el embozo, una ardilla, una jirafa, dos mariquitas, un pato… una docena de animalitos como los que mi madre pintaba al óleo en azulejos pero para mí los bordó en la tela que recuerdo azul.
Crecí. Hubo mudanzas y ¿la sabanita…? Quién sabe dónde iría a dar pero se me quedó en algún recoveco de la memoria. Tuvo a bien aparecer muchos años después, cuando ya mi madre tenía un nieto en la universidad.
Con Charo (con título entonces de Compañerita del alma) estábamos inmersos en la construcción de una casa para nosotros. No de contratar albañiles y decoradores sino de colocar ladrillos con nuestras manos , con aquellos versos de Picón en la boca: son nudos que no son joyas los que me adornan las manos, y al hacerla crecer un poco cada se iba haciendo tangible el sueño de cenar en aquel salón de enorme ventanal sobre el patio ajardinado.
Mi madre, en esos entonces, entretenía sus horas tejiéndole espectaculares jerséis para Charo y chalecos para mí. Hasta una bufanda con bolsillos que le pedí que me hiciera.
—¡¿Con bolsillos?!
—¡Claro! Una bufanda sin bolsillos es…. ¡como un pez sin bicicleta!
Me la hizo. Y le puso un botón a cada uno «para que no se te caiga lo que sea que vayas a meter ahí» Nunca se me cayó el encendedor de un bolsillo ni el paquete de tabaco del otro.
Cuando nos ofreció bordarnos una mantelería para el ajuar de la casa, ya ves tú lo que tardamos en aceptar. En realidad ya habíamos dicho «siiií» antes de que terminase de hacer el ofrecimiento. Ahora tocaba decidir los motivos a bordar:
—Flores, grecas…. Mirad las revistas de patrones y elegís -nos dijo, pero una idea se me vino a la boca a la voz de ya.
—¡¡ De animalitos !!
—¿Cómo que de animalitos…?
—Sí, como los de aquella sábana…
—Huuuyyyy… ¿y de dónde saco esos dibujos ahora…?
No tardó mucho en decidir ella misma que sería para una mesa grande y con doce servilletas. Unos meses después, el mantel estaba bordado.
—¿Qué animal pongo en las servilletas?
—¿Cómo qué animal? Cada una el suyo.
—Bueno… desde luego… vaya capricho…
Pero terminó la mantelería bordando animalitos a distintas escalas «es que no hay tantos patrones con los mismos tamaños» y yo celebraba aquello de que se quejaba. «Un elefante tiene que ser más grande que un conejo… eso lo sabe cualquiera» La floresta bordada a modo de greca solventaba tal –a su modo de ver- infortunio.
Unos meses después la tormenta arrasó con todo y nació el sindiós. Ladrillos, manteles, ilusiones… Aquella mantelería de animalitos bordados se quedó sin estrenar. Duerme en una caja; esperando.
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