La estridencia del timbre la hizo saltar sobresaltada de la cama.
Miró el reloj. Eran poco más de las diez de la mañana. Bruno estaba desde hacía rato en la escuela. Y Gonzalo había salido hacía ya dos horas rumbo al trabajo.
Marisol se había levantado temprano, había puesto la calefacción, había dado el desayuno a Bruno, lo había llevado al cole bien abrigadito y había vuelto a acostarse al volver a casa. Se sentía perezosa esa mañana, algo que se permitía desde que se había quedado en el paro. La parte buena del desempleo era que tenía ahora más tiempo libre para dedicarse a sí misma pequeños placeres cotidianos, como éste de quedarse remoloneando en la cama, arropada bajo el cálido edredón nórdico, hasta media mañana.
Mientras se dirigía al telefonillo, iba abrochándose la bata y refregándose los ojos. Seguramente, sería el cartero. Siempre tocaba el timbre para avisar que había dejado cartas en el buzón, cosa que le fastidiaba enormemente, sobre todo cuando la obligaba a levantarse.
Pero no. “De la compañía telefónica”, dijo una voz de hombre. Y Marisol recordó que había solicitado desde el móvil que pasaran a reparar el aparato. “Ah, sí, adelante” dijo, ahogando un bostezo que se empeñaba en estallar.
Abrió la puerta e hizo pasar al hombre. Le indicó el lugar donde se hallaba el teléfono fijo y él se dispuso a desarmarlo. Marisol lo miró un instante. Fue suficiente para sentirse atraída por él, que ni siquiera parecía haber reparado en ella. Mejor —pensó—, debo de estar horrible ahora mismo.
Se dirigió a la cocina a preparar café.
Siempre había oído historias (bastante soeces, todo hay que decirlo) de mujeres que se iban a la cama con hombres como éste y en situaciones similares, estando sus maridos en el trabajo. Es algo que sale en multitud de chistes y rumores de todo tipo. El fontanero, el butanero… Ella jamás le había sido infiel a Gonzalo y, la verdad, ni siquiera se le había pasado por la cabeza la idea y, si se le había pasado, la había descartado de inmediato.
Hasta este momento.
Desde hacía diez años estaban casados, y eran lo que se llama un matrimonio bien avenido. Llevaban una vida tranquila, sin apremios económicos ni problemas de salud. Su casa era confortable y nada enturbiaba su paz. Pasaban los fines de semana con amigos, o en la casita de la montaña que habían heredado de la familia, donde ella y Bruno mantenían un pequeño huerto cuyos frutos siempre les causaban alegría. Gonzalo se ocupaba del jardín, preparaba carne asada en las brasas del hogar en invierno, y en la barbacoa al aire libre en verano mientras ella se encargaba de la ensalada. Y, sobre todo, allí tenían tiempo para amarse a gusto. Solían crearse un divertido juego de seducción que sólo surtía efecto los fines de semana allí, si las condiciones eran ideales, si no tenían invitados…
Sin embargo, Marisol comenzaba, últimamente, a reconocerse algo insatisfecha. Querría tener a Gonzalo piel con piel durante más tiempo, en circunstancias no programadas. Querría que lo que ocurría en la cama entre ellos no fuera tan previsible y repetido. Los prolegómenos, los detonantes, las posturas, las palabras, incluso los silencios. Querría desearlo más y sentirse más deseada por él.
Su cuerpo a veces se rebelaba y le pedía más a gritos que Marisol se esforzaba por disimular. No le había contado estos sentimientos a Gonzalo, porque no le gustaba hablar con él de estas cosas; le parecía que el hecho de hablar de sexo tan explícitamente le quitaba espontaneidad al asunto…
Hubiera querido que él lo notara solito e hiciera algo para remediarlo, que tuviera alguna iniciativa diferente e inesperada, no ser ella quien siempre provocaba los acercamientos íntimos…
En el fondo latía la posibilidad del adulterio, tener de tanto en tanto una aventura, pero cómo y con quién. Además, le asustaba la idea de hacer el amor sin amor, porque jamás lo había hecho así. Aunque hay que decir que también la tentaba la idea. Por eso la relegaba al terreno de la fantasía que, de todos modos, canalizaba cuando se acostaba con él. Así, no se sentía culpable y, de paso, enriquecía la vida sexual de ambos.
Porque, a decir verdad, Gonzalo tenía mil caras y mil cuerpos diferentes en la rica imaginación de su mujer. Así que, sin él ni siquiera sospecharlo, le hacía el amor con la crueldad de un sádico, como un caballero romántico y apasionado, como un animal en celo, como un jovencito inexperto o como un amante furtivo.
Era sólo una pequeña trampa.
Marisol se preguntaba si él también tendría este tipo de fantasías, si también haría estas pequeñas trampas en el lecho conyugal, cuando la acariciaba entre sueños de una manera extraña, o la penetraba con inusual violencia, o cuando, de tanto en tanto, le hacía darse la vuelta para hacerlo por detrás… Esta idea de las supuestas fantasías de Gonzalo le producía unos pequeños celos que resultaban tremendamente beneficiosos, porque en esos momentos ella no tenía que inventarse historias para erotizar su piel dormida.
¿Cómo sería hacerlo con un hombre real al que jamás hubiera visto antes?
Sólo se atrevió a planteárselo al encerrarse en el lavabo, mientras el operario de Movistar seguía con el teléfono, mientras ella se lavaba la cara con agua fresca y se cepillaba los dientes frente al espejo, mientras peinaba lentamente su media melena y su mirada iba recuperando su brillo habitual.
Se sonreía a sí misma con complicidad ante sus disparatados pensamientos.
Pero en su interior la decisión ya estaba tomada. Se serviría una taza de café y le convidaría otra al hombre. Mientras tanto, lo observaría para darse cuenta de si él comprendía su intención y, en tal caso, se le insinuaría.
Se sintió excitada imaginando las miradas, las inevitables frases que sería necesario pronunciar. No —pensó—, sería mejor no hablar, no pronunciar ni una sola palabra, y actuar con naturalidad después del café. Tomarlo de la mano y conducirlo en silencio a la habitación.
Pero la cama estaba revuelta y la ropa desordenada, ¡la habitación estaba patas arriba! No le parecía el escenario ideal para una aventura que sería, quizá, la única de su vida. Sería mejor hacerlo en el salón, en plan salvaje, con música de jazz (ya estaba el CD puesto, sólo había que pulsar el PLAY). Con la alfombra blanca peluda y suave bajo sus cuerpos desnudos. Un poco de sol se filtraría por la cortina, sólo lo suficiente para verse. Estaba harta de hacer el amor a oscuras. Quería verlo, registrarlo todo en su memoria, hasta los más pequeños detalles. Sería una relación apasionada y fría al mismo tiempo. Tal vez él le diría cosas, o la trataría como a una princesa… O mejor aún, la trataría como a una cualquiera y ella gemiría y gozaría sin ningún pudor, porque no volvería a verlo nunca más.
Antes de salir del lavabo, Marisol respiró hondo porque estaba agitada, y se humedecía ya su entrepierna sólo de imaginar lo que vendría. Sí, estaba dispuesta a gozar del sexo puro, sin pensar más que en ella misma y en su propio placer. ¡Era ahora o nunca!
Ya en la cocina, sirvió un café con la mano temblorosa, y escuchó ruido de herramientas junto al teléfono. Decidida y con su mejor sonrisa, preguntó, por decir algo, cuál era la avería y si era difícil el arreglo. El hombre, joven, gentil y respetuoso, respondió que ya había acabado, que se trataba de una tontería.
Esto desconcertó a Marisol, que no había contado con esa posibilidad. Y, aunque hubo una pausa mientras él cerraba el maletín, no se atrevió siquiera a ofrecerle el café. Porque el hombre ya decía: “Bueno, adiós, señora, y que tenga usted una feliz navidad”. “Adiós, gracias y felices fiestas también para ti”, se oyó decir.
La había llamado señora y la había tratado de usted. Y ni siquiera la había mirado. Bebió el café de un trago y encendió el primer cigarrillo del día. Se puso en actividad de inmediato, para no pensar en lo ridícula que se sentía. ¡Patética! La cena familiar de Nochebuena tocaba este año en su casa y ya faltaban pocos días. Ya podía ir comprando las gambas congeladas…
Sintió mucha vergüenza mientras hacía las compras en el supermercado. Y también algo así como un animalito vivo en su interior que desde ahora, lo sabía, le sería muy difícil dominar. Estuvo inquieta y excitada todo el día. Por eso llamó a Gonzalo a la oficina y le propuso salir esa noche, propuesta que él aceptó de buen grado. Habló enseguida con su madre para que el niño se quedara a dormir esa noche en su casa y ella lo llevara al cole por la mañana, cosa que alegró tanto a la abuela como al
nieto.
Dieron un paseo cogidos de la mano, admiraron la decoración navideña de las calles; luego, fueron a cenar a un buen restaurante y bebieron un vino excelente. Marisol fascinó esa noche a Gonzalo, porque estaba especialmente hermosa y seductora, con el vestido negro tan ceñido y escotado, y con ese brillo prometedor de delicias en la mirada que no le veía desde hacía una eternidad.
Casi no durmieron esa noche, pues una y otra vez hacían el amor. La fogosidad de Marisol mantenía en vilo a Gonzalo, que se alegraba de esta orgía inesperada con su propia mujer, un miércoles cualquiera y a las cinco de la madrugada.
Ella se durmió agotada y satisfecha, mientras él encendía un cigarrillo, orgulloso de que su virilidad hubiera estado a la altura de las circunstancias. Suspiró aliviado. Esto probaba que eran infundadas sus sospechas de que ella se aburría con él en la cama. Hacía anillos de humo, convencido de que seguía siendo tan buen amante como el primer día.
Marisol aún estaba loca por él. No cabía duda.
@Yoly Hornes
@Imagen Pinterest
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.