Ese animal que nos habita dentro
Ese animal que nos habita dentro
no utiliza la voz para imponerse a otros
con extraños laberintos arabescos
de palabras, donde es fácil perderse
entre vocales, que reciben golpes a diario,
hora tras hora.
La única señal de que se sigue vivo,
entre tanta vorágine de letras,
no radica en las manos que aún persiguen
el ahogo certero,
ni en esa dentadura que tritura
un sombrero de copa
del cual surge la sombra
de la que está hecha la materia gris
que aún no conquista a las palomas
o al menos a su sangre.
La libertad, ese animal de cuatro patas
que no sostiene unas alas en la espalda,
muge sus caprichos de algodón entre las hojas
como diccionarios viejos que apenas se reconocen
en los dedos, acariciando páginas
que pasan con esa locura de un Dios indivisible
que ya no escucha su voz ni sus pisadas
y nada ni nadie lo mantiene
a esa vida sin voz que empieza,
empieza a morir a gritos.
@José María Ysmer
@Imagen Pinterest
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