sábado, septiembre 19 2026

LA REINA DE ÁFRICA by María José Neira Garnelo

 

Llueve con fuerza, las gotas serpentean por el cristal buscando caminos separados, que a veces confluyen. Veo a mi madre cómo me observa mientras me visto. Las dos nos desperezamos, cansadas.

A medida que cumplo años cada vez me cuesta más recuperarme de una noche de trabajo. Paso las horas somnolienta, envuelta en la humareda de los puros de los blancos que pagan por verme. Lo hacen para olvidar, aunque sólo sea por un rato, que en su casa los espera una pálida esposa de mediana edad con la figura perdida después de alumbrar a cuatro niños; una mujer gorda y con olor a cena recalentada.

El humo, el alcohol y el cansancio han hecho mella en mi voz. Después de la función de esta noche espero dormir todo el día, sin que me despierte el chico de los periódicos, ni tampoco los vecinos con sus riñas constantes.

Ya no soy la niña temerosa de los blancos; ahora convivo con ellos y me esfuerzo por superar el asco que me producen; mientras, ellos se empeñan en utilizar conmigo un tono condescendiente y protector que no oculta un claro sentimiento de superioridad.

Mi madre siempre me decía que anduviera con pies de plomo, que disfrazan de caridad el desprecio, y que nos tratarían como a nuestros antepasados esclavos si no fuera por lealtad a su fe.

Mi madre, ya anciana, permanece a mi lado y me cuenta las historias que mi bisabuela le transmitió en un tiempo remoto.

Son relatos que comienzan en una aldea perdida de un continente lejano, la vida de una familia respetuosa con la naturaleza, en armonía con el resto de los habitantes del poblado y sus hermanos animales.

Un día llegaron unos hombres malvados y la paz se rompió en mil pedazos; quemaron sus casas y se llevaron a los más jóvenes en un barco que jamás volvió. Los ancianos se quedaron en la orilla, con los ojos fijos en la embarcación hasta que ésta se confundió con la línea del horizonte. Cuentan que sus lamentos se oían por encima del quejido de los elefantes y los gritos de las hienas, y que estuvieron quince días con sus noches llorando, hasta que el cansancio los doblegó y, postrados en la tierra, murieron de tristeza por la ausencia de sus seres queridos.

Noches y días, días y noches llamándolos, y el silencio y la oscuridad como única respuesta.

Oigo sus voces mientras las gotas de agua golpean los cristales con violencia, como si fuera su llanto que me llega desde la lejanía.

¡Oh, sí! ¡La lluvia golpea los cristales como si fueran sus lágrimas!

Pasaron muchos años y el llanto de aquellos jóvenes dejó de oírse. Tras perder toda esperanza de volver a su tierra, se resignaron a inventar otro mundo y otra vida, formaron sus propias familias y se olvidaron para siempre del canto de las mujeres de piel de ébano y del rugido del león.

Yo nací en una plantación donde mis padres se habían conocido trabajando como esclavos. A consecuencia del duro trabajo que hacía mi padre, enfermó pronto y nos dejó a mi madre a y mí a una edad injustamente temprana.

Las dos malvivíamos en una cabaña al lado de la mansión del amo. La casa estaba hecha de troncos, tenía unas ventanas diminutas que apenas dejaban entrar la luz y por suelo la tierra húmeda. El viento y el agua entraban por las rendijas del tejado y compartíamos ese mísero techo con insectos y otros animales tan indefensos como nosotras. De madrugada nos llevaban a la plantación y recogíamos el algodón de sol a sol, hasta que caíamos rendidas en el jergón de paja que hacía las veces de cama.

El amo Hayes no era un mal hombre, sólo nos pegaba de vez en cuando. Azotaba a las mujeres igual que a los hombres, pero no nos dolía mucho, al fin y al cabo también se azota a las mulas cuando no quieren andar. En aquella época algunos hombres intentaban escapar hacia el norte, pero muy pocos lo conseguían y su destino era mucho más trágico si los cazaban; los enviaban directamente a Parchman como castigo, donde trabajaban todo el día dinamitando la montaña para hacer túneles para el ferrocarril o limpiando zonas pantanosas, expuestos a enfermedades terribles como la malaria.

            Unos años más tarde, las condiciones fueron mejorando. Los domingos íbamos al servicio de la iglesia a escuchar al reverendo Jackson. Nos relegaban a los bancos de atrás, pero eso no nos importaba. Antes de salir de casa mi madre peinaba mis tirabuzones y me ponía unas ramitas de verbena en el vestido; ese era nuestro perfume, el aroma de los pobres. Al acabar volvíamos a casa por el camino de los melocotoneros, saltando y cantando, y dábamos gracias al Señor porque ese día no había que trabajar.

Al acostarme, mi madre me contaba la historia de una reina que vivía en África, que murió de tristeza al quedarse sin sus hijos, y yo me quedaba dormida acunada por su voz.

¡Oh, sí! ¡Mi madre mecía mis sueños entre flores de algodón y yo me dormía con el eco de su voz!

Cuando crecí, mi madre decidió que lo mejor para mí era casarme. Me decía que lo importante era encontrar un buen hombre, el amor ya llegaría después. Pero yo debí de nacer en una noche con pocas estrellas, porque no encontré ninguna de las dos cosas. La mala bestia con la que me casaron me daba unas palizas terribles con cualquier excusa y se gastaba el poco dinero que teníamos en alcohol y en el juego.

Supongo que Dios me hizo dos favores la noche que mi marido volvía del bar y se cayó, dándose un golpe en la cabeza que lo mató en el acto, porque si no, lo hubiera hecho yo con mis propias manos. Y también me regaló esta voz con la que me gano la vida, gracias a la cual mi madre y yo comemos a diario y pago las facturas del médico cuando ella se pone enferma.

Hace tiempo que ella apenas habla; está sentada a mi lado y de vez en cuando me coge el brazo, con la mirada perdida en el espejo. Enciendo un cigarrillo y le pido disculpas por el humo que la hace toser, aunque no comprenda mis palabras. Dejo que coja el cepillo y me peine, como cuando era pequeña, pero ahora mi pelo es liso y ya no tiene el color del ébano. Sus manos arrugadas me recuerdan los surcos de los campos que tanto trabajamos y se deslizan delicadamente sobre mi cabeza, dejándolas caer después sobre mis hombros. Mientras tanto, entona una canción que les oía a los hombres en las tierras nevadas de flores blancas al sol. Es una especie de lamento sin respuesta. Yo le contesto, y juntas formamos un coro de penas agitadas por el mismo son.

Apuro el cigarro antes de salir, la llevo a la cama para que descanse, y le cuento otra vez la historia de la bella y joven reina que hace mucho tiempo vivía en África.

Me ajusto la falda ceñida y me aclaro la garganta. Una neblina ligera cubre los focos del escenario; el olor del tabaco y los gritos del público me elevan al cielo sobre los tacones que impostan mi paso.

Bajo las luces deslumbrantes de los focos, mi blues y el quejido de una guitarra.

¡Que callen las voces, se apaguen los focos y se ahoguen las risas!

Y sólo se oiga el llanto de la reina, que llora por su estirpe.


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