viernes, abril 24 2026

Sant Jordi: El lector by Félix Molina

Firmó su primer contrato tras leerse en un par de días Los hermanos Karamázov. El agente entró casi por la ventana de su pequeño apartamento, donde la calle se confundía con una duna de la playa. Luego, tras la lectura de Balzac, Los papeles póstumos del Club Pickwick y el último tomo de La Recherche de Proust en un solo fin de semana le llegó el contrato definitivo, el más suculento.

El mundo andaba entonces perdido en una realidad oscura, mil veces hilada por una constelación de escritores, la mayoría de ellos sin contrato. La única solidez, el único destello seguro de la literatura lo aportaba el puñado de lectores que pululaban por la Tierra. Todas las grandes editoriales se jactaban de tener al menos quince o veinte en nómina. Los libros llegaban directamente a sus casas, a veces por conductos cuidadosa y ocultamente construidos, porque los primeros que no querían que se les arrebatasen sus privilegios de lector eran los propios lectores. Los elegidos.

Él se había construido uno especialmente adecuado, con la máxima protección para los ejemplares (los llamaban así, en el gremio de lectores) y un mínimo desgaste de las cubiertas o sobrecubiertas. Aparte de sus sueldos rotundos, contaban con subvenciones de las propias editoriales, que ya apenas pagaban a los escritores (¡Que se buscaran ellos la vida con los lectores! era la fórmula de editor más conocida) y sí –y con exclusividad, además– a su lector o lectores, raramente más de una docena.

Al final del conducto (un prodigio de ingeniería que prolongaba un amplio gusano hueco de policarbonato con ventilación motora) los libros llegaban a un extremo en que se activaba el sensor de una lucecita, en el lugar de los antiguos equipos telefónicos. Y él sacaba a su caldeada e iluminada habitación, reluciente, recién salido de imprenta, su ejemplar de El extranjero o En el camino. No hay que decir que los escritores de su edad coetánea habían renunciado en una inmensa mayoría a escribir (aunque esencialmente seguían siendo escritores, claro), ante la falta de estímulos monetarios. Sus escritos no se imprimían. El mundo editorial se había decantado, claramente, por el lector como pieza central de su sistema y por los escritores muertos como materia fundamental de su producción. Luego, tras las lecturas, llegaban como un rayo las compras, aunque fuesen tan solo para alimentar las estanterías. ¡Qué bello era un libro!

Aquella mañana, tras el habitual destello encarnado del sensor, abrió la palanca del gusano (otro tecnicismo del sector) y le salió por la escotilla un atado de papeles, un legajo casi. Manuscrito.

No tardó en ponerse en contacto con su editorial (todas las centralitas de las editoriales priorizaban las llamadas de sus lectores) y le aseguraron que no se trataba de la originalidad de un nuevo diseño de lanzamiento. Que revisara la instalación de su conducto librario. Del gusano.

Provisto con una linterna, abrió la escotilla y fue recorriendo la parte del gusano que se hundía bajo su casa. A pocos metros de lo que debía de ser el jardín (o la playa), lo encontró. Encorvado, tapado con una manta ya casi podrida, a la luz de dispositivos que alimentaba con baterías (después desperdigadas por el conducto como colillas metálicas), se las arreglaba para ir pergeñando, letra tras letra, su tarea. Cuando lo miró a la cara, encontró unos ojos culpables, pero ilusionados: su esfuerzo no era en vano, había conseguido evadir la rudeza del sistema. Contaba, por fin, con el aliento humano de alguien que lo leía. Y ese día, más que nunca, se sintió escritor.

© félix molina

Nota. Libro de autor: Poe no ha muerto

Breve reseña: Una fantasmagoría en torno a Edgar Allan Poe y, al mismo tiempo, una colección de catorce relatos siguiendo cada una de sus vetas literarias. Nos adentraremos en un Baltimore mágico, a la luz de la locura del ingeniero London.

Sitio recomendado de compra:

«Poe no ha muerto», de Félix Molina


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