Charco de Ranas es una obra teatral en tres actos ambientada en una distopía corporativa sobre poder, inteligencia artificial y supervivencia que nace de una pregunta esencial: ¿qué nos hace humanos? No se trata de una cuestión abstracta, sino de una interrogación que se encarna en cada decisión de los personajes y en cada paso hacia su degradación.
En mi primera incursión dentro de la dramaturgia, he intentado alejarme de los condicionamientos de la novela, que definen mi trayectoria como escritor, gracias al estudio de diferentes autores y metodologías como la de Lajos Egri. He concebido la obra como una alegoría trágica contemporánea en la que los personajes no representan individuos concretos, sino estructuras de poder. La animalidad no es un rasgo superficial, sino un lenguaje simbólico que revela la jerarquía, el instinto de dominación y la progresiva pérdida de responsabilidad ética. En este ecosistema cerrado, la humanidad no se define por la inteligencia ni por la capacidad técnica —la Inteligencia Artificial las supera—, sino por la conciencia moral, la capacidad de elegir y, sobre todo, de renunciar.
El eje simbólico más evidente, aparte de la IA-Asno, es la máquina de venta de años. En ella se condensa un capitalismo exacerbado que convierte la vida en mercancía siguiendo el enfoque de Guy Debord. No hay imposición directa: el sistema persuade, ofrece soluciones inmediatas a necesidades reales, y en ese gesto revela su mayor perversión. El tiempo —lo único verdaderamente irrecuperable— se fragmenta, se vende, se consume. La tragedia no radica en la existencia de la máquina, sino en la naturalidad con la que es aceptada y en la que se delegan las decisiones sin tener en cuenta los criterios éticos.
La estructura de la obra teatral responde a un movimiento circular. Comienza y termina con una operación matemática aparentemente banal: la multiplicación por cero. Este gesto no es casual. La progresión aritmética inicial sugiere acumulación, crecimiento, avance; sin embargo, el resultado final —cero— anula todo el proceso. Es una metáfora de la lógica que rige el sistema: cuanto más se posee, más se persigue, pero el desenlace es siempre la anulación. El poder, la riqueza y la prolongación artificial de la vida no conducen a una plenitud, sino a un vaciamiento.
Charco de Ranas no propone una respuesta definitiva a la pregunta inicial, pero sí sugiere una advertencia: quizá lo que nos hace humanos no sea nuestra capacidad de crear, sino nuestra capacidad de detenernos antes de convertirlo todo en nada. Adjunto incluyo las dos primeras escenas de la obra teatral que deseo seduzcan al lector a continuar con la lectura.
Acto I – Escena 1
Despacho presidencial de una multinacional tecnológica. Un espacio lujoso, de gusto barroco, más cercano a la escenografía de un monarca que a la austeridad corporativa imperante en el resto del edificio.
Entra un hombre de unos cuarenta años, alto, delgado, con el cabello cuidadosamente engominado. Es el presidente TIGRE. Viste un traje azul de raya diplomática, corbata a juego, camisa blanca impecable y gemelos dorados. Ocupa el espacio sin prisa. Se desplaza con movimientos lentos y dominantes hasta situarse frente a un espejo dorado. Sostiene la mirada de su propio reflejo: frontal, hambrienta, contenida, porque sabe que el ataque debe llegar en el momento oportuno.
TIGRE:
Vamos…
Cuarenta y seis por doce: quinientos cincuenta y dos.
Dividido entre ocho: sesenta y nueve.
Más treinta y siete: ciento seis.
Menos sesenta y cinco: cuarenta y uno.
Por cero… cero.
Pausa.
(En voz alta)
Hoy es un día histórico.
El día más importante desde la fundación de la compañía.
Pausa.
(Con un ademán casi mesiánico, abre los brazos frente al espejo)
Y es gracias a vosotros.
Al esfuerzo incansable con el que, todos unidos, hemos alcanzado la excelencia frente a nuestros competidores.
Silencio.
(En susurros)
¿A vosotros?
Rebaño de patanes.
De incompetentes.
Tres años.
Tres miserables años para transformar un chiringuito de frikis en la estrella del sector.
Sangre.
Sudor.
Y lamerles el culo a los inversores.
Silencio.
(En voz alta)
Hoy no es un día cualquiera.
Sentimos orgullo.
Los albores de una era dorada.
Los medios nacionales nos posicionan en el tablero.
La mejor compañía tecnológica.
La revista Fortune nos consagra.
Un jugador clave, afirman los analistas internacionales.
La llave de los próximos años.
Los inversores han abierto el grifo.
Y ahora el agua corre.
Europa.
América.
Asia.
Ya no hay fronteras vedadas.
La presa nos aguarda.
Y nosotros hemos aprendido a morder.
Silencio.
(En susurros)
¿Lo ves, padre?
No necesité tu mano.
Ni tus banqueros.
Ni el silbido de tu cinturón.
Solo aguardé.
(Se gira levemente hacia el público)
¿Dónde resuena ahora tu apellido?
¿Dónde tu cátedra de superioridad?
Yo os lo diré.
Se deshace lentamente.
Como el azúcar en la saliva.
En una habitación blanca,
sin memoria,
sin reino,
sin nombre.
Silencio.
(En voz alta)
Sostenibilidad.
Trabajo en equipo.
Eficiencia.
Innovación digital y energética.
Hacer del mundo un lugar mejor.
Pausa.
(Sonríe)
Basta con que lo crean.
Llaman con los nudillos a la puerta del despacho. Una voz exterior.
VOZ:
Disculpe, señor presidente.
Es la hora.
TIGRE:
Que esperen.
Todavía no he terminado.
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