Los niños están arrodillados en mitad de la calle, a dos pasos de la acera. Uno de ellos, el más rubio, llora en silencio. Abre la boca y arruga los ojos presa de un sufrimiento que transforma en lágrimas. Le faltan dos dientes y, del codo derecho, gotea sangre. La herida se alarga hasta la muñeca y la mantiene en alto con la mano libre. El otro niño, de ojos saltones y mucho más grueso, lo observa con tranquilidad. Entre ambos hay una bicicleta azul con el manillar doblado y la rueda delantera torcida.
Sin detenerse, Kristen los contempla consciente de que es la causa del accidente. Le resulta fácil recordarlos durante la tarde del otro tiempo, dejándose caer por la cuesta y aguardando su turno entre chillidos impacientes.
—Si tuvieras un súper poder —dice ahora el más grueso—, ¿cuál elegirías? —El otro niño sigue con la boca abierta, aullando en silencio su dolor—. Yo me pediría retroceder en el tiempo. Lo pararía todo y volvería atrás para matar a papá. Sí: lo mataría. —Gira la cabeza hacia Kristen—. No tendrás pegamento, ¿verdad? Mi hermano se ha roto. Está roto y necesita pegarse.
El niño herido se levanta. Lleva pantalones cortos y las rodillas también las tiene magulladas. Tantea con los dedos la herida del brazo y hace desaparecer el índice en su interior. Kristen no escucha el sonido que provoca, pero nota el sabor de la sangre en la boca. Escupe a un lado y la saliva es roja. Echa a correr y no tarda en detenerse. El pegamento se ha vuelto tan pesado que Kristen parece arrastrar un banco de piedra. Jadea intentando recuperar el aliento y estalla el primer trueno. Suena lejano, y una legión de nubes grises y rabiosas avanza hacia la ciudad.
Kristen sigue adelante y pasa bajo la sombra de los tilos que flanquean la avenida. Llega a la biblioteca y el viento hace crepitar las banderas. Kristen busca a la anciana porque sabe que debe encontrarse con ella. No la ve salir de la biblioteca ni la encuentra por los alrededores. Cambia el pegamento de bolsillo y se sube los pantalones tirando de las hebillas. El viento zarandea los tilos y arranca largos susurros de las hojas. Una bolsa de plástico rueda por la carretera y se pierde al final de la calle. Kristen la sigue y encuentra a la anciana sentada en el borde de la acera. Tiene las piernas extendidas y el bastón caído a sus pies. Sostiene a su yorkshire contra el regazo.
—No tendrás pegamento, ¿verdad? —dice la anciana. Levanta la cabeza del perro por una oreja—. Se me ha caído y se ha roto. —Intenta pegar la cabeza del animal en el cuerpo y se vuelve a caer—. Sé que puedes arreglarla. —Recupera la cabeza y se la ofrece—. Está roto, ¿lo ves? —Kristen se aleja de la anciana lo más rápido que puede.
No es una de las primeras gotas en caer, pero sí la primera que Kristen siente en la cara. Es dura y fría. Se pone la capucha de la sudadera y escucha los golpes de la lluvia. El aire apesta a petricor y de la carretera ascienden nubes de vapor. La temperatura desciende y los pantalones se le pegan a los muslos. No tardan en florecer charcos tan grandes que en ellos se reflejan las nubes y los edificios. Parecen ventanas a mundos diferentes.
Kristen cobija las manos en los bolsillos de la sudadera. Su color se ha oscurecido y huele como si fuera la piel de un animal muerto. Se detiene en el semáforo y espera a que aparezca el coche: una masa de hierro azul que ruge bajo la lluvia. Las gotas brillan con la luz de los faros y se convierten en cometas brillantes. El conductor lleva el torso desnudo y la observa mientras estrella el coche contra un edificio. El ruido es tan intenso que semeja la erupción de un volcán de porcelana. Kristen da un paso en su dirección y se detiene. El viento le arroja la lluvia contra la cara y se la limpia con el dorso de la mano. El corazón le late en los oídos y siente que el pegamento se mueve en el bolsillo. Convencida de que alguien intenta robárselo, se gira. Pero no hay nadie detrás. El conductor abre la puerta del coche y se arrastra fuera. Kristen no espera a oírle decir que se ha roto y necesita pegarse, y sale huyendo.
Continuará…
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