Un amor, una carta, una búsqueda
sin tregua
“ Tú, semblante, tú figura y una gran dosis de valor, tenacidad y esperanza te
ayudarán a conseguir lo que más deseas”
El autor.
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1- EL COMIENZO
Estamos metidos de lleno en el invierno del año 1926, en algún lugar de la costa gallega, en algún rincón oculto de su geografía. Se presentaba una mañana más que sombría para todos los habitantes de la zona, caían sobre todos los tejados gruesas gotas de lluvia al tiempo que soplaba el viento
con fuerza no acostumbrada.
Sin embargo, todo parecía estar absolutamente tranquilo en el interior de “ Villa África”, residencia de la joven y encantadora Salomé Alborán. Miraban sus hermosos ojos como la lluvia empapaba todo a su alrededor, los árboles, el césped y hasta la muralla cubierta de musgo que rodeaba la extensa finca mientras el viento aumentaba su fuerza produciendo sonidos difíciles de soportar.
Acariciaban su finos cabellos claros las inequívocas manos de Isauro da Silva y Ribeira, la persona que le hacía compañía en éstos momentos. Isauro da Silva había llegado a éste lugar desde su ciudad natal, Río de Janeiro cuándo contaba con doce años y desde entonces vivía muy cerca de Salomé con la que había entablado una profunda amistad durante los últimos años. Desde la desaparición de su prometido, Óscar Damark, naciera entre ellos un amor muy especial. Desde ese momento Isauro
alargaba más sus visitas apoyando a su amiga en sus instantes más bajos. Fué de ese modo cómo Salomé se acercó aún más al joven brasileño. Las tardes de invierno las pasaban ambos jugando al ajedrez, al parchís, al tute y aún sin fin de juegos de mesa que ella guardaba en un bello armario de caoba. En ocasiones se leían cuentos o se contaban anécdotas de cuándo eran pequeños al calor de la chimenea echados sobre una bella alfombra persa que en ocasiones era cambiada por las sábanas de seda de la cama.
Cierta noche y bajo un aguacero Isauro llegó a la puerta de la residencia de Salomé, llamó a la puerta de hierro de la finca pero nadie acudió a abrir, ni tan siquiera se encendieron las luces cómo ocurría cuando él llamaba. Isauro esperó un buen rato bajo su negro paraguas y volvió a llamar sin obtener respuesta. Con semblante preocupado decidió saltar la tapia por el lugar dónde las ramas de un viejo roble se lo permitían. El joven estaba seguro de que su mutismo se debía a una situación de peligro. Superado el primer obstáculo corrió hacia la puerta principal. Llamó con fuerza y esperó, pero
sólo el silencio le contestó. Atisbó a través de las ventanas pero no veía nada más oscuridad, quizás la de un repentino abandono. Isauro no quería marcharse sin averiguar lo que le podía haber sucedido a su amiga del alma. Así y con ese propósito comenzó a trepar por la pared de piedra hacia el piso superior ayudado por las gruesas raíces de la hiedra que adornaba parte de la fachada. Cuándo Isauro estaba iniciando el ascenso escuchó cómo se abría la puerta de entrada. La figura de Salomé se
dibujaba en la luz amarilla del candil recién encendido. Su semblante no era el mismo, siempre alegre y sonriente. Las lágrimas secadas a cada momento dejaban su huella en las mejillas, en el cuello, en el pronunciado escote de su bata de seda azul y en sus pechos que se marcaban húmedos a través de ésta. Sin intercambiar ni una palabra fueron hacia el salón. Isauro creía comprender aquella situación, al estar sola se habría dejado llevar por los pensamientos en recuerdo de su amado desaparecido y ésto la llenaba de tristeza. Sabía que aunque sentía mucho afecto por él nunca lo llegaría a amar igual que a Óscar Damark. Isauro acercó las yemas de los dedos a las mejillas de
Salomé y con suavidad le fue secando las lágrimas. Durante unos instantes se miraron sin parpadear. Isauro acercó sus labios a la frente de su amiga y la besó, en ese momento ella levantó la cara y le dió un beso en su frente de piel morena. Salomé ya no pudo aguantar más y se abrazó a su amigo cómo nunca, un abrazo intenso pero que denotaba su inmensa tristeza. Salomé dejó que los dedos del joven recorrieran cada poro de su piel, sólo ella sabía que ésta sería la última noche en su compañía.
Solamente la alfombra persa y las vivas llamas de la chimenea fueron testigos de aquella despedida. Ahora Salomé miraba tras los cristales cómo las gotas de lluvia se desprendían de las hojas de los árboles mientras Isauro besaba cada rincón de su bella figura, consiguiendo ruborizar su piel tersa y suave. Se dejaba llevar por los acontecimientos, sentía en todo su ser infinidad de sensaciones pero era cómo si no las asimilara, estaba dentro y fuera de ellas. Estaba abrazada a Isauro cuando en
realidad no podía dejar de pensar en Óscar. Salomé le dió la espalda a la lluvia y miró a los ojos negros del joven. Verás, Isauro, le dijo con voz seria y calmada, sí estoy así es por algo que sucedió poco antes de tú llegada. Te cuento: “ Llamaron a la puerta, era el cartero con su bicicleta que traía la correspondencia. Decenas de felicitaciones navideñas y una carta con un sello extranjero, concretamente de Tánger. En ese instante un sudor frío, casi helado se instaló en mis huesos de cabeza a pies, presentía lo peor¿ Me comunicarán la muerte de Óscar? Me pregunté una y otra vez dando vueltas por el salón, sólo abriendo la misiva lo averiguaría. Casi me da un ataque al corazón cuándo al fin la leí”. Léela tú a ver si entiendes lo mismo que yo, mi cabeza ahora no da para más. Isauro, a petición de Salomé inició la lectura en silencio: “ Hola Salomé, soy amigo de Óscar, Óscar Damark desde hace un tiempo. Necesita de tú inestable ayuda con urgencia. Me contó que desapareció de tú vida por razones que él mismo te explicará cuando os encontréis. Me encargó que te pidiera perdón en su nombre y que aceptaras ésta petición viniendo en su rescate. Se encuentra en
verdadero peligro cautivo de unos contrabandistas” Según Isauro iba leyendo su rostro se llenaba de tristeza dándose cuenta que lo suyo con Salomé había llegado a su fin, sabía que ella iría a buscarlo allí donde estuviera aunque ésto significara dar la vuelta al mundo. También sabía que su encuentro de esa noche era cómo una despedida quizás para siempre. Isauro continuó leyendo:”…a los que supuestamente debe dinero, mucho dinero. No lo soltarán hasta que alguien, sea quien sea, pague la deuda que ellos aseguran que les pertenece. En éstas circunstancias a él le es imposible conseguirlo y corre el riesgo de que pierdan la paciencia y acaben por torturarlo. Por éste motivo me rogó que me pusiera en contacto contigo. Él cree que en estos momentos eres la única persona con capacidad para hacerlo y, desde luego, la única que atravesaría todo el país para llegar junto a él. Confía plenamente en tí. Te rogaría que me enviaras un telegrama con tú respuesta positiva o negativa al Hotel Salim de
Tánger. Cuando reciba la fecha aproximada de tú llegada te esperaré cada día en el puerto para guiarte hasta él, sólo yo sé cómo hallar al contacto de sus captores. Hasta que podamos vernos, firma Alí Mossel”. Isauro le devolvió la carta a Salomé. Él estaba convencido de sus intenciones pero ella se lo confirmó. Iré en su búsqueda le dijo con lágrimas en los ojos. No sé cuándo volveré o sí podré hacerlo. Recuerdo que me propusiste un día ya hace tiempo comprar “ Villa África” y sé que no te hice ni caso, si aún te interesa te la vendo. Isauro aceptó al momento y concluyó diciendo, la cuidaré
cómo tú lo hacías. Al día siguiente a primera hora “ Villa África” había cambiado de dueño. Estaremos en contacto por telegrama dijo Salomé al dejar plasmada su firma delante del notario.
Salomé no deseaba demorar más su partida. Por otra parte tenía a su lado el amor de Isauro da Silva y le partía el corazón abandonarlo.
Óscar Damark, de origen suizo, había entrado en la vida de Salomé por pura casualidad, buscando un camino que según su mapa conducía a la costa. Estaba recopilando datos y flora autóctona de cara a un próximo libro. Cuándo Salomé le abrió la puerta de la finca el flechazo instantáneo entre los dos. El amor fué creciendo más y más. Nunca ella sintió por nadie lo que sentía por Óscar, ni en el grado sumo que lo hacía y ahora iría a ayudarlo haciendo, seguramente, la travesía más peligrosa de su
vida.
Campaneando las doce de la mañana en la torre de la iglesia parroquial, Salomé arrancó el motor de su flamante Fiat de 1908 comprado por ella en una subasta y rehabilitado de forma impecable. Dos bolsas de cuero eran su único equipaje. Isauro no pudo evitar pedirle que se quedara, le recordó que la carta había salido de la ciudad africana tres meses antes y que ahora las cosas podían ser muy distintas o no encontrarlo y meterse en situaciones de verdadero peligro.
Con la mano en alto se despidió dejando a Isauro y al mecánico que también acudió a la despedida envueltos en una nube de polvo del camino y de humo del tubo de escape.
Continuará..
@Carlos Cubeiro
@Imagen Pinterest
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