Uno.
Aquella casa parecía llamarme desde sus ventanas de cortinas corridas. Parecía abandonada o eso atestiguaban los matojos de malas hierbas que crecían en el pequeño jardín, por llamarle de alguna manera, y en el sendero estrecho que llevaba ante la puerta.
También llamaba la atención la madera de esta con la pintura descascarillada.
Ascendí los dos únicos peldaños. Ya me encontraba en el exiguo descansillo. Dude ante la entrada aparentemente cerrada. ¿Por qué esa obsesión por entrar? Lo ignoraba.
Empuje la puerta sin ninguna convicción, se abrió con un chirrido que me puso los vellos de punta. Miré hacia el interior de la casa sin atreverme a cruzar el umbral. No había ningún tipo de movimiento, tampoco sonidos. Mis ojos vieron un suelo astroso en el zaguán, polvo y más polvo. Al frente una escalera que giraba en una elipse, que desaparecía en el piso superior. Algunos escalones
estaban hundidos. A la derecha una habitación.
Por fin me decidí a entrar en la casa. Decidí dejar las escaleras para después y entrar en la habitación. Era amplia, ocupada por un sofá de piel agrietada que una vez estuvo teñido de color granate. La habitación tenía unas estanterías cargadas de libros cubiertos de polvo. En el suelo había cascotes que
habían caído del techo. El techo estaba hundido en algunas zonas.
Me acerqué a las estanterías, tomé un libro entre mis manos. El polvo me hizo estornudar. Miré la portada. “Los miserables”. Observé los libros, todos parecían clásicos. Había unos portarretratos encima de una mesa auxiliar. Tomé unos de ellos entre mis manos, la imagen estaba algo desvaída por los efectos del tiempo. Conocía a aquellas personas con vestimenta de los 70. Los miré incrédulo.
Entonces sucedió algo extraño, me dio por mirar tras de mí, en el suelo lleno de polvo y de escombros no encontré mis huellas. El pavimento seguía estando virgen, como si nadie hubiera pasado por allí. Sufrí un ataque de ansiedad, retrocedí varios pasos hasta tropezar con el sofá granate. Allí, en el suelo, había una gran mancha oscura, el polvo y el tiempo no la habían podido ocultar. Me agaché y la toqué con los dedos. Un sudor frío recorrió mi cuerpo, sentí sensación de irrealidad, tuve arcadas y, acto seguido, los recuerdos empezaron a golpearme con fuerza.
Creí caer hacia atrás, pero realmente lo que hice fue retroceder en el tiempo…
Continuará…
@Antonio García.
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