Sí, ya sé que lo haces, que me besas. Pero no es de eso de lo que hablo.
No son ese tipo de besos los que me colman las ganas que te digo.
Las caricias que acompañan al sexo, naturalmente, me encantan, me encienden, me ascienden tan arriba que, después, no queda más alternativa que bajar, que caer.
Esos besos no tienen valor, no me alcanzan, no me sirven.
Al principio sí servían, aunque fuera en la cama, en el sexo, arriba. Entonces todo era alquimia, curiosidad, intuición y deseo.
Ahora el sexo es sexo y se acaba.
Es bello, pero carece de sustancia. Inodoro, incoloro e insípido como el agua del grifo en el centro.
Es trámite, confirmación de que continuamos aquí juntos y nada más.
Los besos que estallan para el sexo se consumen en sí mismos, se gastan enseguida y no me provocan más allá del orgasmo.
No germinan, porque están secos de futuro.
Bocas frías, labios secos. Impotentes para la búsqueda, la invención, el descubrimiento… No acaban de ir al encuentro.
Para que germinen y provoquen y descubran deben nacer en otro sitio, más tarde, más allá, porque sí, a las cuatro de la tarde.
No del contacto casual de un pie con una rodilla flexionada. No de un inesperado cambio de postura.
Tienen que surgir de una mirada sorprendida, fuera de programa.
En medio de una ensalada o al salir tiritando de la ducha.
Me cepillo el pelo, por ejemplo, y te descubro asomado detrás del espejo. Entonces me haces una mueca absurda, te haces el payaso, me haces reír y me besas.
De eso hablo.
Me acompañas a la parada del autobús y, al pasar por la agencia de viajes, fantaseamos unas vacaciones en Japón. Entonces, de pronto, llega mi autobús y tú estás aún en Oriente. Yo salgo corriendo, y tú detrás de mí y te subes, con el vehículo en marcha. Y entonces, como si tal cosa, lo haces, me besas.
Por ejemplo.
O me sorprendes a traición por la espalda mientras escribo, y masajeas mi cuello y yo cierro los ojos y me dejo.
Eso también es besar como yo digo.
¿Romanticismo frívolo, crees?
¿Fantasías de fuegos de artificio, dices?
¿Que el sexo en la cama, y el trabajo y el autobús y la ensalada en la vida, piensas?
No. El trabajo y el autobús y la ensalada son más trabajo, más autobús y más ensalada con los besos que yo digo, porque después, por la noche, en la cama, alumbrarán en ecos, reproducirán las ondas. La piedra en el lago, ya sabes…
Pero esos besos obligados, no, gracias.
Aquellos que, en vez de celebrar la fiesta, recogen despojos, no.
Para eso prefiero prescindir, qué quieres que te diga. Que tú también prescindas y, sencillamente, no me beses.
¿Lo entenderías?
Vibraciones compartidas, quiero. No tener que explicar jamás una mirada.
“¿Por qué me miras así? ¿Qué es lo que esperas?”, me preguntas a veces.
Esa mirada es un grito que deberías haber adivinado y atajado antes. Una vez que no has conectado y ya te he mirado y has preguntado, ya no sirve, es inútil.
Es el grito del que cae hacia una muerte segura pero, de todos modos, grita para dejar constancia; no de su caída, sino del propio grito, de que nadie se ha molestado en evitar que saltara.
¿Que no es importante? ¿Que no trasciende?
¿Que, a estas alturas, tú y yo no podemos -o no debemos- permitirnos absurdos pataleos, exabruptos sensibleros?
¡Como si fuera una vergüenza admitir que también yo, a pesar de todo, de todos los años, de todos los libros, de todo lo dicho y redicho… me muero por un beso de esos de Cenicienta!
Y que sean muchos y húmedos y tibios.
Que no conduzcan necesariamente al lecho; que lleven a él por insondables carreteras secundarias.
No mero punto de partida, ni meta ni encrucijada ni dirección obligatoria.
Que respondan a un impulso y, sobre todo, que estén vestidos siempre de fiesta.
Y cuando digo beso, se entiende que digo risa, digo alegría, digo complicidad y digo cuerpo.
Y, por supuesto, digo amor.
¿Por qué no puedo decir amor? ¿Porque se ha gastado la palabra?
Pues, mira, hoy lo digo, manifiesto y necesito.
Es cierto que no es importante y no ocurre nada si no me besas. Nada en absoluto.
Te sigo queriendo y cocinamos juntos y nos reímos a veces y vamos al cine. Tú me cuentas tus sueños y yo a ti los míos, interpretamos símbolos recurrentes y trabajamos y hablamos de los amigos y traemos del supermercado todas las latas que tenemos que traer.
Lo que te digo, no pasa nada.
Es solo que, a veces, me asalta la nostalgia y el traicionero hueco protesta sin permiso.
Sabes que suelo acallarlo y “a otra cosa, mariposa”.
Pero hoy, ya ves, tal vez por la lluvia inminente o el fin del verano, no sé, ha surgido, le ha sido dado su momento y ha chillado en silencio para que tú lo oyeras.
Reproche infantil, es cierto. Indigno manifiesto.
En fin, no tiene importancia. Pero, de todos modos…
¡Qué pena, qué jodida pena que nunca me beses!
@Yoly Hornes
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.