viernes, junio 26 2026

Voces alzadas desde el silencio.- Mentoría femenina pro Lucía Pastor Dueñas

Hay mujeres que llegan a nuestra vida sin hacer ruido y, sin embargo, nos ayudan a mirar el camino de otra manera, desde la serenidad que aporta la experiencia y ofreciéndonos una red de apoyo que nos da confianza.

Hoy lo llamamos mentoring, porque vivimos en un tiempo que necesita poner nombre moderno a casi todo. Pero, en realidad, esta forma de ayuda ha existido siempre. Ha estado en las madres que enseñaban a sus hijas a abrirse camino, en las abuelas que transmitían sabiduría sin escribir ningún manual, en las profesoras que veían talento en una alumna antes de que ella misma se atreviera a verlo, en las amigas que se daban ánimo, en las compañeras que compartían experiencia y en las vecinas que sostenían la vida cotidiana con consejos sencillos y verdades profundas.

Se trata de darle confianza a otra mujer para que emprenda con sus propias ideas, para que pruebe, para que se atreva y para que, si un día siente que se ha equivocado, encuentre a alguien que la ayude a reconducir la situación sin hundirse ni avergonzarse.

Durante años nos han enseñado a ser fuertes, a poder con todo, a no molestar, a no preguntar demasiado, a no parecer inseguras. Nos han enseñado a demostrar, a resistir, a sonreír incluso cuando estamos cansadas. Pero pocas veces nos han enseñado a pedir orientación sin sentirnos pequeñas. Pocas veces nos han dicho que apoyarse en otra mujer también es una forma de sabiduría.

Por eso me parece tan importante hablar de estas redes invisibles que, muchas veces, nos salvan de la soledad. Una conversación sincera. Una experiencia compartida. Una mano tendida en el momento justo.

Porque todas, en algún tramo de la vida, hemos necesitado que alguien nos dijera: «confía un
poco más en ti». Y todas, quizá sin saberlo, hemos podido ser esa voz para otra mujer. Una mentora no tiene por qué ser alguien con un gran título, un despacho importante o una vida resuelta. Puede ser una madre, una profesora, una amiga, una hermana, una compañera, una vecina o una mujer que simplemente ha vivido antes una determinada experiencia y decide no guardársela solo para ella.

Acompañar es ayudar a que la otra persona encuentre su propia respuesta. La duda, cuando se comparte, se convierte en una experiencia aprovechable para las dos partes. Enseña a quien acompaña y también a quien aprende. Y nos lleva a una conclusión sencilla: somos humanas.

Me gusta pensar que cada conversación honesta entre mujeres puede ser una pequeña forma de
reparación. Muchas hemos crecido comparándonos, compitiendo, sintiendo que había poco espacio y que había que ganárselo todo con esfuerzo doble. Pero cuando nos reconocemos, cuando celebramos el avance de otra mujer sin sentirlo como una amenaza, algo se ordena dentro y fuera de nosotras.

No se trata de otorgar seguridad desde fuera, sino de ayudar a la otra persona a recuperar la confianza en sí misma, recordarle los valores y conocimientos que ya posee y acompañarla para que pueda sacarlos adelante.

Y también hay algo hermoso en reconocer que quien acompaña también aprende.

Porque ninguna persona está completa del todo. Ninguna persona lo sabe todo. Ninguna ha llegado a un lugar donde ya no necesite escuchar, revisar, crecer o dejarse tocar por la experiencia de otra. A veces creemos que ayudar es solo dar, pero muchas veces también nos devuelve algo: memoria, humildad y conciencia de nuestro propio camino.

Este acompañamiento no debe verse como algo excepcional, sino como una forma de vida en la cual todos los seres que vivimos en sociedad somos valorados por igual y actuamos en conjunción para mejorar.

Muchas veces se ha dicho que las mujeres somos grandes enemigas de las mujeres, pero eso no es necesariamente cierto. Lo que sí es cierto es que, en contextos muy competitivos, pueden darse situaciones desagradables entre hombres y mujeres, entre hombres, o entre mujeres. Precisamente por eso, cada vez más, como personas, tenemos que ofrecer posibilidades a la otra persona, sea hombre o mujer.

En este caso hablamos del mentoring: de dar la suficiente confianza para que alguien pregunte lo que necesite y sienta que su voz es valorada. Porque nadie nace aprendido. Todos hemos vivido, sufrido o disfrutado algún proceso de aprendizaje. Por eso importa tender una mano, escuchar de forma activa, compartir, aprender y agradecer, recordando que no estamos para competir, sino para sumar.

Cuando una mujer acompaña a otra, no le entrega solamente conocimientos. Le entrega confianza, escucha, memoria y valor. Le recuerda que no tiene que saberlo todo para empezar, que no está obligada a caminar sola y que equivocarse no la hace menos capaz, sino más humana. Acompañarnos es una forma sencilla y profunda de cuidarnos, de reparar viejas heridas y de abrir caminos para quienes vienen detrás. Porque ninguna luz crece apagando la de otra. Al contrario: cuando una mujer sostiene a otra, la vida se ensancha, la voz se afirma y el camino se vuelve más habitable para todas.

@Lucía Pastor Dueñas

@Imagen Pinterest


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