-Qué caja tan bonita, pero está vacía -dije con curiosidad.
-No pienses. Solo llénala con aquello que te haga latir el corazón.
-No seas tan misteriosa, abuela.
Ella rio. Y yo miré aquella cajita blanca sin saber bien bien qué pondría en ella.
Hacía ya dos años de aquel día y, si alguien abría la caja en estos momentos, tiraría todo su contenido a la basura, pero para mí, para mí todo lo que contenía eran verdaderos tesoros.
Guardé en ella los angelitos que llegaban a casa en primavera. Eran las semillas de los dientes de león, pero yo quería creer que si eran capaces de entrar por la ventana y era yo quien los encontraba, era porque estaban allí especialmente para mí. Entonces pasaban a vivir en mi cajita.
Convivían con un par de conchas playeras que encontró Nando de pequeño, cuando todo su mundo se reducía a nosotros. Y con un imperdible que unió el te quiero escrito en una tarjeta malva a un maravilloso ramo de margaritas del mismo color, además de la tarjeta y una de las margaritas disecada. También había espacio para el bolígrafo con el que rubricamos nuestro compromiso y la pinza que cortó la unión entre Nando y yo al nacer. La abuela, como todas las abuelas, tenía razón: aquello que te haga latir el corazón. Aquello que guardamos para recordar la felicidad de cada momento.
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