Este relato de Guadalupe Cisneros-Villa ha sido mencionado en tercer lugar en el reciente certamen de cuentos de la Editorial Libros Mablaz, 2026. En La Cadena la vida es un misterio que se desenvuelve de forma circular e inesperada.
La caja estaba vacía desde hacía veinte años.
Clara la guardaba en el tercer cajón de su escritorio, debajo de contratos y carpetas impecables. Nadie sabía que existía. A veces, cuando la oficina quedaba en silencio, la sacaba y la sostenía entre las manos. No necesitaba abrirla. Sabía que estaba vacía.
A los dieciséis años también había sentido ese hueco, aunque entonces no tenía nombre.
Sus padres no gritaron cuando lo supieron. Se sentaron frente a ella como si discutieran su futuro académico. Hablaron de la beca, del esfuerzo, de lo que significaba ser alguien en la vida.
-Un bebé ahora sería un obstáculo – dijo su padre.
No le preguntaron qué quería. Le preguntaron qué era lo correcto.
Y ella, hija obediente, asintió.
El embarazo transcurrió en silencio. Cambio de escuela, citas médicas discretas, conversaciones que evitaban el después. El día del parto, la habitación era demasiado blanca. Clara apretó las sábanas sin gritar.
Cuando escuchó el llanto, intentó incorporarse.
-Es mejor así – dijo la enfermera, que no le veas.
-Por favor… déjenme darle algo – susurró Clara.
Su madre le entregó la medalla que había llevado desde niña: un ángel de plata, gastado en los bordes.
-Ponla con ella.
Clara no vio el rostro de su hija. Solo escuchó el llanto alejarse.
Y luego, silencio.
Se graduó con honores. Se convirtió en abogada, luego en socia. Sabía negociar, prever pérdidas. Se casó con Andrés, brillante en finanzas. Vivían frente al río. Viajaban. Planeaban.
Cuando decidieron tener hijos, Clara se sentía feliz.
El primer aborto fue, solo, una palabra médica. El segundo, una noche en urgencias. El tercero dejó un silencio en su cuerpo.
-Lo intentaremos otra vez – decía Andrés.
Pero después del cuarto intento, el médico fue claro: las probabilidades eran peligrosas.
Clara empezó a calcular edades en secreto. Dieciocho. Diecinueve. Veinte. Tal vez estudiaría. Tal vez se parecería a ella.
Algunas tardes entraba a una iglesia cercana. No rezaba. Miraba el Cristo crucificado y lloraba en silencio. No hablaba de castigo, pero la idea flotaba.
Decidieron adoptar. Formularios. Entrevistas. Espera. La respuesta llegó más pronto de lo que esperaban.
-Hay una joven – les dijo la trabajadora social -. Está a punto de dar a luz. Ha decidido dar al bebé en adopción. Clara sintió un temblor.
-¿Está segura?
-Sí. La decisión es final.
Esa noche soñó con un llanto en un pasillo interminable.
Llegó el día que tanto esperaban. El hospital olía igual que entonces.
Estaban en una sala pequeña. Andrés caminaba; Clara miraba la puerta. Cuando la enfermera apareció con el niño envuelto en una manta blanca, el mundo se redujo a ese pequeño bulto.
-Felicidades- dijo la enfermera.
Clara lo tomó. Era ligero, tibio. Abrió los ojos un instante, como si la reconociera.
Algo se deshizo en su pecho.
-Hola – susurró, Clara, sonriendo.
Al acomodar la manta, vio algo en su cuello. Pensó que era un broche. Apartó la tela con cuidado.
Allí colgaba una medalla de plata.
Un ángel con los bordes gastados.
El ruido del hospital se volvió lejano. Sus dedos temblaron al tocar la hendidura casi invisible que ella misma había hecho de niña.
No preguntó nada.
El bebé se movió y emitió un quejido suave.
Clara cerró la mano alrededor de la medalla y luego la soltó. Después lo abrazó contra su pecho.
Esta vez no había sábanas que la retuvieran. No había voces decidiendo por ella.
-Estoy aquí – dijo apenas.
Mientras el niño respiraba apretado contra su corazón, Clara comprendió que algunas decisiones no desaparecen: sino esperan.
Y esta vez, no lo iba a soltar.
fotografía de Feliciano F: González
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