viernes, julio 3 2026

Sofia por Ricardo Mazzaccone

La llegada de Sofía al pueblo había pasado totalmente desapercibida. El olvido crecía con el tiempo.
Tan solo era una mujer más entre la gente que caminaba por el andén de la estación, a paso lento, ocultando sus ojos detrás de unas enormes gafas oscuras.

En la boletería preguntó por un hotel económico y hacia allí se dirigió. Al llegar rentó un cuarto, el número seis. Subió la escalera, abrió la puerta y corrió para darse una ducha. Se secó y desnuda como estaba se metió en la cama. Se quedó tapada, mirando la nada y perdiendo la noción del tiempo.

La noche llegó en puntas de pie y el cuarto se llenó de oscuridades y más silencio. De pronto, una misteriosa niebla comenzó a flotar cerca del viejo piso de madera. Asustada, prendió la luz del velador, tomó un viejo libro y comenzó a leer. Con el correr de los minutos, la niebla desapareció y Sofía se relajó. Encendió un cigarrillo y envuelta en una frazada se acercó a la ventana para fumar.
Miró a la luna con los ojos llenos de lágrimas y le preguntó en voz alta.

—Vos que has visto tanto… ¿Cuánto durará esto? ¿Hasta cuándo debo vivir así?

¿Por qué lo hice? ¿Se detendrá?

Sumamente angustiada se metió de vuelta en la cama y se tapó hasta la cabeza. Luego de un rato se durmió. Cerca de las diez de la noche se despertó por el hambre. Se vistió y salió. Las calles estaban casi desiertas. Un par de hombres solitarios caminando con paso apurado, algún auto que pasaba a baja velocidad, dos jóvenes en moto, uno en bicicleta y una jauría de perros detrás de una perra alzada era todo lo que encontró a su paso.

Luces apagadas, puertas cerradas, negocios con las persianas bajas era la postal de ese momento. Solo pudo ver ojos escudriñando por las ventanas en penumbras. Al llegar a una esquina, vio cuatro bombillas de luz encendidas que iluminaban una puerta. Era un bar antiguo con paredes de ladrillos.
Entró y lo encontró concurrido; varias mesas ocupadas y en la barra no había lugar.

Era un salón enorme, de blancas paredes y pisos de madera. Del techo colgaban luces blancas, rojas, amarillas y azules. Sofía, complacida, ocupó una de las mesas y aguardó a que se acercara alguien para tomarle el pedido.

Una joven muy bonita se acercó y la saludó.

—Hola. ¿Puede ser un churrasco con ensalada y agua mineral? Por favor.

—Enseguida—respondió de forma amable.

Se quedó mirando a todos y escuchando la voz de Nina Simone, que llegaba de altoparlantes bien escondidos. Sintió la energía de la gente y la música acariciándole la piel. Con la comida se le quitaron los dolores de estómago. Al terminar pidió un café y la cuenta, sabiendo que el dinero que tenía no le alcanzaría.

Cuando la moza se acercó, ella la miró y le dijo.

—Quiero serte sincera. No me alcanza el dinero para pagarte. ¿Puedo hablar con el dueño?

—A ver, le pregunto. Esperame acá.

A los pocos minutos se le acercó un hombre de unos cincuenta años, atlético y jovial.

—Hola, buenas noches. Mi nombre es Armando. Decime en que te puedo ayudar.

—Hola, mi nombre es Sofía. Antes que nada, quiero pedirte disculpas por este momento. Quiero contarte que acabo de llegar al pueblo, no tengo dinero y busco trabajo. Es más, me gusta mucho este lugar, rodeado de montañas. Que lo atraviese un río lo hace aún más bello. Y justamente estoy buscando una ciudad donde radicarme. Entonces… Me gustaría preguntarte, dado que soy cantante, si puedo pagar la cena cantando ahora. Y si pudieras darme trabajo, te lo agradecería infinitamente.

Armando la miró, sonrió y aceptó la propuesta. Decidió hacerlo cuando vio en los ojos azules de aquella bella muchacha, un brillo desconocido, misterioso.

—Ok, me convenciste. Te cuento que antes teníamos espectáculos en vivo así que ahora le pido a mi gente acondicione todo para que puedas cantar.

—Mil gracias—dijo Sofía emocionada.

Media hora después estaba todo listo.

Fue Armando quien la presentó al público presente. De pronto, detrás de la oscuridad se escuchó una voz que erizó la piel de todos. La voz era potente y ligera al mismo tiempo, de ángel y demonio.
Se hizo un silencio absoluto, el perfecto para escuchar cantar al alma de Sofía.

Interpretó tres viejas canciones; una de Edith Piaf, otra de Ella Fitzgerald y la última de Sara Vaughan. Cuando calló, todos aplaudían de pie, emocionados, hipnotizados. Sofía agradeció, pidió un vaso de agua y un taburete para sentarse.

—Muchas gracias a todos. Muchas gracias. Quiero contarles quien soy.

Soy tan solo una mujer que hace muchos años quizás, fue famosa y reconocida. Pero ya no y tampoco me queda esa vanidad. El tiempo me enseñó que cantar es una forma de escapar, como decía Edith Piaf. Y yo escapo cada vez que canto. Hace mucho tiempo ya. ¿Pero saben qué? Estoy cansada de escapar, pero no puedo dejar de hacerlo.

Hizo un silencio y comenzó a recitar.

“Solo quiero regalarle al viento una lágrima

y al lienzo una sonrisa de niño.

Poesías al mar y caballos a la libertad.

Una hamaca al infante,

una lágrima al acordeón

Un grito al silencio, una fogata al frío.

Solo quiero regalarle a la guitarra,

mi voz para cantar”

A continuación, comenzó a cantar A Natural woman de Aretha Franklin. Era como si las almas de las mujeres estuvieran cantando a dúo. Poco antes de terminar, entró un hombre al bar y se quedó de pie a centímetros de la puerta de entrada.

Su aspecto era por demás lúgubre y sombrío. Llevaba un largo abrigo, botas y un sombrero de ala ancha. No se le veía el rostro. Cuando Sofía lo vio, dejó de cantar y se quedó inmóvil. Cuando pudo hablar, dijo con voz abatida.

—Por un momento creí que no me hallaría. Eso hubiera significado que moriría aquí, entre ustedes, algún día. Pero no, no será. Tonta de mí al pensar que después de tantos años desistiría de reclamar lo que es suyo: yo la vendí mi alma en una noche de desesperación, al final de la segunda guerra mundial. Si mi querida gente, parezco de treinta, pero tengo cien, o más años, no lo sé. Es más, ya ni recuerdo porque se la vendí.

Muchas veces pensé en dejarme atrapar por él y terminar con esto, pero apenas lo veo, lo primero que se me ocurre es escapar y seguir escapando. Tal vez algún día se canse. Ojalá. No quiero morir sin mi alma.

No me queda nada material ya. Solo llevo conmigo mis lágrimas de cristal bien escondidas para que él no me las quite. Son mías, son mi tesoro. En cada una de ellas hay un recuerdo feliz.

Emocionada se inclinó ante todos y saludó con la mano. El aplauso sostenido estremeció a Sofía que se acercó a cada uno para darle un beso. Salió por la puerta de atrás y se encontró con el amanecer en el campo. Caminó con su soledad a cuestas, escuchando antiguas voces cantando nuevas canciones.

Solo quería seguir escapando y llegar al sol que se asomaba en el horizonte…

Mientras, en el bar, el diablo bebía un whisky. Era tan solo un alto en el camino.

Tenía la eternidad para alcanzarla.

@Richard


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