viernes, julio 3 2026

Alma Luna por Manuel Sánchez

Alma Luna fue mi primera novela y simboliza a nivel personal mucho más que un drama contemporáneo. En Alma Luna quise escribir sobre la herencia emocional de las familias, sobre las cicatrices invisibles que atraviesan generaciones y continúan latiendo incluso cuando creemos haber escapado de ellas. La novela nace de una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto podemos liberarnos del pasado sin reconciliarnos antes con nuestros fantasmas? Desde las primeras páginas, Alejandro, el protagonista, reconoce que una parte esencial de su vida quedó sepultada en el recuerdo de Alma Luna, un lugar que es al mismo tiempo aldea, cementerio y metáfora espiritual.

La obra se estructura como un viaje hacia la memoria. Alejandro regresa a su ciudad natal para reencontrarse con Paula, la medio hermana con la que mantuvo una relación marcada por el resentimiento y las heridas familiares. Ambos son hijos de un mismo padre, Claudio Robles, un hombre contradictorio, seductor y devastador, capaz de construir afectos y destruirlos con la misma facilidad. En realidad, toda la novela gira alrededor de la figura ausente y omnipresente del patriarca. Claudio representa una masculinidad impulsiva y egoísta, heredera de la posguerra, obsesionada con la supervivencia, el deseo y el dinero. Alejandro lo define como un hombre “listo como el hambre”, alguien que “sabía cómo engatusar”.

Sin embargo, Alma Luna no es únicamente una novela familiar. También es una reflexión sobre la identidad y la soledad. Cada personaje arrastra una fractura íntima. Alejandro vive perseguido por la nostalgia y el sentimiento de pérdida; Paula, por el abandono y la rabia; Carmen, la madre, por la resignación silenciosa; y el abuelo Abel por la tristeza de contemplar cómo la familia se desmorona lentamente. De hecho, uno de los temas centrales de la novela es la transmisión del dolor entre generaciones. Las heridas no desaparecen: cambian de forma y se heredan.

Quise además que Alma Luna fuese un territorio casi mítico. El cementerio abandonado, la aldea derruida y los fantasmas que recorren sus calles funcionan como símbolos de la memoria colectiva. Paula afirma que acude allí “en la búsqueda del perdón”, y esa idea atraviesa toda la novela. Los personajes no buscan únicamente respuestas; necesitan reconciliarse con aquello que fueron y con las decisiones que los condenaron.

Desde el punto de vista estilístico, la novela se apoya en una prosa muy sensorial y atmosférica. Siempre he sentido fascinación por los olores, la textura de los objetos, la lluvia sobre las calles vacías, los sabores de la infancia o el tacto de la madera vieja. El espacio físico tiene una enorme importancia narrativa. Las casas, las cafeterías, los campos de maíz, el cementerio de Alma Luna o los bares de carretera no son simples decorados; poseen memoria y condicionan emocionalmente a quienes los habitan.

Formalmente, la estructura en estaciones —primavera, verano, otoño e invierno— simboliza el ciclo vital de los personajes. La primavera corresponde a la inocencia y las  ilusiones; el verano, a la pasión y las decisiones impulsivas; el otoño, al derrumbe y la pérdida; y el invierno, a la memoria y la necesidad de reconciliación. No es casual que la novela termine regresando al punto de origen: los seres humanos avanzamos, pero siempre cargamos con las huellas de quienes fuimos.

En esencia, Alma Luna habla de supervivientes. De personas imperfectas que aman mal, se equivocan, traicionan y, aun así, continúan buscando afecto y redención. Quizá por eso los fantasmas de Alma Luna no producen miedo. Lo verdaderamente inquietante no es la muerte, sino aquello que dejamos sin resolver mientras seguimos vivos.

Capítulo I – La cita

Mi nombre es Alejandro, dicen que una vez estuve muerto, no lo recuerdo. Hoy vivo, toco mis manos, me palpo el rostro y mis ojos oscuros acarician el color de la luz. En otra época, fui un hombre diferente. Mi cuerpo ya no es el de antaño, cuando me miro en el espejo, el reflejo es el de un desconocido; únicamente me reencuentro en los ojos, unos ojos trémulos con ganas de vivir.

Es una agradable tarde de primavera en el parque. Alejado del ruido, aguardo en la terraza de esta cafetería de mi pequeña ciudad natal, a la que no había vuelto desde mi juventud. Espero a una mujer especial. Es una cita imprevista, no nos vemos desde hace dos años y, de repente, me ha rogado que viaje y la espere hoy en este lugar. Estoy sentado en una arboleda con olores a infancia, abrigado por el recuerdo de los años en los que, ingenuo, aspiraba a comerme el mundo. Son las mismas tonalidades, las mismas caras, rostros gastados que todavía me reconocen y saludan, como si ayer me
hubiera cruzado con ellos. Y, sin embargo, ellos no recuerdan como yo, no los embarga esa melancolía perenne ni la soledad del olvido. No perciben el perfume de los sueños rotos ni la fragancia de las ilusiones perdidas en el crepúsculo de la madurez.

Sostengo entre mis manos una carta cuyo olfato me sorprende, el olor desprendido del papel es el de ella, el de Paula, su aroma femenino. Es extraño, en una época en las que tecnologías facilitan lo inmediato, ha preferido avisarme con un método tan arcaico.

¿Por qué?, no da pistas; ningún indicio cada vez que he intentado contactarla. «Son las reglas del juego, tendrás que esperar». Ella y sus secretos. Me pregunto de qué se tratará, ¿por qué en esta ciudad? Las mujeres de cabello rojo nunca han sido de fiar, son impredecibles y peligrosas, aunque fascinantes. Necesito hablar con ella, con Paula, mi media hermana odiada, me inquieta esta cita, me apremia que sepultemos el pasado y que pongamos un final a esa amargura que nos ha destrozado durante cuarenta años. En otro tiempo, anduvimos perdidos en las entrañas de una guerra familiar; una lucha desgarradora envenenada por el odio, las miserias de unos perros despedazándose, la melancolía de la soledad, el remordimiento por la codicia de una fortuna. Un estigma grabado en la frente que no se borra por más que te frotes con jabón en el lavabo, que pesa como una losa y la arrastras sin poder dejarla atrás. Una locura en la que no hay vencedores, únicamente la amargura de los derrotados.

Claudio Robles, nuestro padre, fue un hombre fruto de la posguerra, listo como el hambre; con tesón, esfuerzo y oportunidad, se elevó desde el suelo construyendo castillos de arena con sus manos, hasta que el alcohol se convirtió en su dueño. ¿Las mujeres?, su obsesión; solteras, casadas, prostitutas y esposas; fruta verde o madura, no discriminaba. Un hombre pragmático, sin ilusiones vanas; con especial cuidado veneraba su gran pasión, el dinero, pues, en definitiva, el oro no conserva lealtades. El rostro no era duro; unos ojos vivos, sonrisa de encantador de serpientes y labia de mercader de zoco. Sí, sabía cómo engatusar. Lucía el cabello oscuro, corto y ensortijado, con un bigote apenas esbozado y una barba rala de hebras plateadas, como de pescador. Sus hijos no conservamos nada suyo. Era un hombre parco en afectos, a excepción de los femeninos, ocupado en sus cosas, adicto al trabajo y a sus otras vidas ocultas. Eso sí, dejó libres los caminos, más por indiferencia que por celo, alas extendidas para volar lejos, muy lejos.

Un ser único, Carmen, mi madre. El poso del tiempo no logró ocultar su luz, la luz de sus ojos verde mar. Siendo niños, el regalo de sus pupilas nos calmaba en la oscuridad, mecía los miedos y los adormecía. Ella encontraba el valor en el calor de los protegidos bajo sus alas, unas alas con cabellos azabache, en la curiosidad de la sonrisa, en la alegría de los pequeños detalles y en la ingenuidad de una vida sencilla que nunca alcanzó. Cuando se marchó, regresó de nuevo con pasitos cortos; hoy se llama Lucía, mi hija.

Al abuelo Abel lo mató la tristeza, oculto a través de una mirilla, al otro lado del rellano de la escalera. Con los ojos abiertos como platos y el ceño fruncido, no aceptó que su yerno abandonara el domicilio conyugal. Carmen, su hija, sentada en la cocina, contemplaba inerte el humo de una taza de café. El abuelo, simplemente, se acostó esa noche, y ya no volvió a levantarse. A él, que logró eludir las balas de la Guerra Civil en el 36 y sobrevivió al campo de prisioneros en el que estuvo años, le derrotaron unas simples maletas arrastradas camino del ascensor. El abuelo Abel usaba sombrero oscuro
con una chaqueta gastada de color hueso, rozada por el paso del tiempo, a juego con el rostro, lleno de arrugas. El abuelo era obstinado, aunque blando de corazón. Recuerdo al abuelo siempre a mi lado, llevándome al médico, acompañándome al barbero, en el asiento contiguo al buscar una plaza en la universidad o en la ventana de su casa, vigilando el tren cuando yo regresaba al hogar, jovial, radiante, agitando la mano al verme. El anciano no disfrutó de una vida fácil, aunque siempre se consideró un afortunado.

Y entonces apareció ella, Paula, con su melena roja como el fuego, sus facciones afiladas y sus ojos grises de loba, una media hermana oculta.

Novela: Alma Luna
Autor: Manuel Sánchez
http://www.manuelsanchezescritor.com


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