—Tendremos un aterrizaje de emergencia, copiloto. Solo quiero que trates de calmarte —dijo el capitán, como si fuera fácil ver cómo el avión perdía pies de altura y, a gran velocidad.
Las agujas del regulador de presión temblaban como si fueran conscientes del destino. El piloto miró el panel: la presión hidráulica caía, las luces rojas parpadeaban, y el rugido del mar se acercaba. Cuando el fuselaje besó el agua con la fuerza de la caída, el manómetro se desplomó, marcando el final de la resistencia mecánica.
—¿¡Estás bien?! ¡Háblame!
—Alcides recuperó el sentido de pertenencia recién cuando la cabina se despresurizó y se palpó a sí mismo para saber si seguía vivo o hubo recibido algún golpe que, por la adrenalina, aún no lo ha sentido.
Los dos estaban bien, más que unos pocos rasguños y pequeñas heridas provocadas por los fragmentos del parabrisas roto.
—Debemos buscar cómo llegar a algún puerto—dijo el piloto y solo vio kilómetros y kilómetros de agua alrededor.
Cuando el avión se desplomó, las alas se hundieron y tenían que subir al bote inflable antes que ocurra lo mismo con el resto. Sin perder el tiempo, los dos se apresuraron a inflar el bote salvavidas y cargaron el botiquín de primeros auxilios, dos botellas de agua y todo el alimento que pudieron recuperar. Quizá sobrevivan unos cuantos días hasta que alguien los rescate.
Desde la cabina de aterrizaje, los encargados del monitoreo, habían dicho que el vuelo privado que se dirigía hacia Asunción, desapareció del radar.
—Control a piloto del vuelo 206, ¿hay alguien ahí?
No hubo respuestas y los dos pilotos que amerizaron ni cuenta se dieron, ya que el intercomunicador de la cabina se había estropeado.
Se turnaban para remar utilizando solo los brazos y lo hicieron por dos días seguidos, hasta que alcanzaron la orilla de algún país.
—Aleluya, hemos alcanzado la playa —sostuvo el piloto.
A continuación, arrastraron el bote salvavidas hasta más allá de la orilla y se recostaron en la arena, agotados.
No tenían mapa, brújula y ningún medio de comunicación. En ese momento en que sabían su destino y el avión perdió su rumbo, los dos solo pensaron en salvarse y por instinto, llevaron consigo solo las botellas de agua y los restos de alimentos.
Una mujer apareció y observó a ambos hombres, ellos estaban más sorprendidos que ella, puesto que apareció desnuda y ni siquiera se sonrojó por la forma en cómo los dos extraños otearon sus partes íntimas.
Se miraron entre sí y antes que una desgracia, parecía un golpe de suerte.
Hizo un gesto para que la siguieran, quizá supuso que no eran de ese lugar.
—¿Adónde vamos? —Tuvo que preguntar el capitán. No iba a apeligrarlos y todo lo que han pasado no iba a ser en vano.
Reprodujo una especie de sonidos onomatopéyicos y lo acompañó con pantomimas. Era claro que la mujer pertenecía a una tribu desconocida y si seguían, ambos correrían peligro.
—Capi —no es una buena idea —alertó Alcides.
Sin embargo, el capitán parecía envuelto en una especie de trance y continuó sin advertir las consecuencias.
—¡Capitán, qué mierda le ocurre!
El capitán, sumido por la belleza de lo desconocido, tomó la mano de la mujer y esta la guio a una especie de choza. Solo había uno en toda la playa, era lo más extraño.
¿Qué rayos sucede? —pensó. Lo extraño que el crepitar del fuego era real y el olor a carne asada inserto en la madera de cocer también.
La mujer apuntó el manjar y el capitán no dudó en arrancar un trozo y sus labios se impregnaron de un sabor agridulce. Sus ojos sufrían de nistagmo y sucumbió en un ritual silencioso. Allí, la mujer, contemplaba con asombro cómo aquel hombre devoraba la sabrosa carne.
Alcides sabía que algo no andaba bien y decidió huir de allí. Sin embargo, cuando iba a hacerlo, apareció ante él la figura de otra mujer, aún más bella que la que los condujo hasta ese inhóspito lugar. ¿De dónde había aparecido? ¿Acaso es una ilusión?
Y cuando lo tocó, Alcides también entró en una especie de hipnosis y perdió toda su autonomía. Hasta que, producto de un dolor inexplicable, despertó y se vio a sí mismo alimentarse de la pierna del capitán. También ya había comido parte de sus brazos, la espalda y los glúteos.
El capitán había muerto durante la caída y Alcides, sumido, quizá por la idea por sobrevivir, no le quedó más remedio que alimentarse de su amigo. Recién ahí, se dio cuenta que aún estaba navegando en un extenso mar y que nadie aun los rescató.
Con el pasar de los años, se había vuelto loco y por esa razón olvidó quién era y qué había sucedido.
Y cada noche soñaba con la misma mujer, con el mismo miedo… con la misma hambre.
©2026 Marcos B. Tanis.
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