sábado, julio 11 2026

Las cuevas del Virunga. by M. D. Álvarez

Otro de los muchos casos en los que se vio envuelto Víctor fue la búsqueda del famoso arqueólogo británico Howard Carter. Sí, el mismo Howard Carter, descubridor de la cámara secreta de Tutankamón allá por el año 1922.
Se cuenta que el afamado arqueólogo se había lanzado al descubrimiento del sarcófago de una deidad desconocida a la que, según parece, adoraban los primeros humanos y, por tanto, sería una inestimable proeza hallar tan gran patrimonio. Se adentró en la Cuenca del Congo y no volvió a salir. Su familia pidió ayuda a Víctor, pues conocían su habilidad para resolver misterios, así que compró un billete en el RMS Scythia, de la Cunard Line.
Partió desde Boston e hizo escala en Vigo una travesía de dos semanas que Víctor aprovechó para distraerse del duro golpe de perder a su amada.
Una vez en Vigo, compró un Rolls Royce Phantom con el que atravesó España de norte a sur en cinco días. ​»El Rolls Royce Phantom rugió al dejar atrás las murallas de Vigo. Durante cinco días, Víctor fue una exhalación de plata y cuero cruzando la península, desafiando los polvorientos caminos de Despeñaperros hasta divisar la costa africana. El luto por su amada no lo abandonaba, pero la urgencia de la familia Carter actuaba como un anestésico necesario.
Al mediodía del quinto día, embarcó en el vapor Miguel Primo de Rivera, que partía desde Algeciras hacia Tánger, donde pernoctó en el Hotel Continental. A la mañana siguiente, el aire húmedo y el intenso aroma de los tes lo acompañaba. Mientras desayunaba, observó a Drey: un impetuoso guia cuyos mapas estaban gastados de tanto ser doblados y cuyas esperanzas se desvanecían frente a un comprador cobarde que se exasperaba en cuanto salieron a relucir las penalidades de una expedición científica al Congo. Cuando el cliente se alejó, Víctor se acercó al ingeniero y se presentó.
—Buenos días, me llamo Víctor Vorodier y he escuchado su conversación con ese individuo. No quisiera pecar de ingenuo si le digo que me encantaría realizar esa expedición con usted.
El guia lo miró de arriba a abajo y dudó un momento, pero Víctor ya estaba sacando la billetera, extendiéndole un cheque por una jugosa cantidad.
—¿Cuándo partimos? —preguntó el guia.
—¿Cuándo tenían pensado partir? —preguntó Víctor.
—En cuanto tenga los preparativos y suministros listos —respondió el guia—. Perdón, soy Elías Drey.
Víctor sonrió y dijo: —Lo sé, Elías Drey Aiestaran, nacido en Cartagena, ¿verdad?
El guía lo miró, pero no conocía de nada a aquel hombre; sin embargo, este parecía conocer su segundo apellido y su lugar de nacimiento. Aquello lo desconcertó.
—Oh, tranquilo. El apellido lo he sacado de su tarjeta de visita y el lugar de nacimiento, bueno, lo he deducido. Dejémoslo así, de acuerdo.
Elías, todavía con la mosca detrás de la oreja, dudó, pero no tendría otra oportunidad como aquella de probar el nuevo semioruga Citroën-Kégresse. Ocasiones como aquella no se ofrecían a la ligera, así que estrechó la mano de Víctor con fuerza.
La expedición partiría en dos semanas, así que Víctor visitó la bohemia y cosmopolita Tánger, con el Café Hafa y su Petit Socco.
Su destino: las cuevas del Virunga, entre los volcanes Nyiragongo y Nyamuragira. Sería un largo camino, nada más y nada menos que 5,500 kilómetros, entre vastas llanuras de grava, rodeando mesetas rocosas, áridas y mares de arena con dunas móviles, pasando por la sabana en transición con terrenos más llanos y vegetación herbácea, hasta llegar a la Cuenca del Congo, donde la selva tropical densa se revelaba sofocante y húmeda.
Víctor cogió su petate y se despidió de Elías, encomendándole regresar en 40 días. Elías lo observó adentrarse en la selva; no las tenía todas consigo, pero regresaría en 40 días.
Víctor se adentró en la sofocante jungla, guiado por la brújula que le regaló su hermana Nadia para la expedición.
El final del viaje se encontraba en las faldas de los volcanes Nyiragongo y Nyamuragira, justo donde sus conos se tocan. Cuenta una leyenda de los primeros pobladores del Virunga que Nyiragongo era una diosa de fuego, cuyo nombre significa «La que echa humo». Nyamuragira, el ancestro activo, la primera es la madre de un demonio llamado Congo, que fue decapitada por su hijo, quien arrojó su cabeza al lago Kivu. El segundo es una deidad de fuego que lloró por la pérdida de la diosa Nyiragongo, su madre. Entre los dos atracaron al demonio Congo en sus faldas, donde se cuenta que hay un acceso al inframundo,
​El aire se volvió una sopa espesa de azufre y vegetación en descomposición. A medida que Víctor ascendía por la falda compartida, el verde vibrante de la Cuenca del Congo empezaba a ceder ante una tierra ennegrecida, donde las raíces de los árboles parecían dedos carbonizados intentando aferrarse a la superficie.
A medio camino entre las laderas de los dos volcanes, el terreno se transformó de un vergel a un terreno caótico, con una red de canales ocultos, fisuras, grietas y, ocasionalmente, jameos.
La lava de uno de aquellos tubos había colapsado y mostraba una gruta de unos 12 metros de altura por 4 de ancho. Víctor descubrió una escala de cuerdas atada a un gran wengué que, como un centinela, hacía frontera entre el campo de lava y la selva virgen.
Víctor descendió por la escala; al llegar al suelo, encendió una lámpara de carburo. Iluminó la gran caverna que se extendía unos 50 metros al fondo. Creyó vislumbrar un cuerpo arrodillado y lo llamó:
—Lord Howard Carter…
Pero no hubo respuesta, así que se dirigió hacia él. Al llegar a su altura, descubrió que aquel cuerpo estaba resecado; no podía saber si era el famoso arqueólogo. Así que buscó en el bolsillo de la chaqueta; allí estaba el pasaporte de Howard. Lo miró atentamente y se fijó en su postura, que era de suplicante. Se giró hacia donde el cadáver fijaba su vista; allí descubrió un sarcófago de tamaño ciclopeo. Se acercó y descubrió una inscripción en griego antiguo. El sarcófago estaba ricamente decorado con motivos mitológicos. La inscripción rezaba así: *Εδώ κείτεται ο ουράνιος αετός Αέθων, κόρη δύο τιτάνων, που καταβρόχθισε το συκώτι του Προμηθέα.*
Utilizó una pequeña brocha para limpiar el final de la inscripción y leyó.
Εδώ κείτεται ο ουράνιος αετός Αέθων, κόρη δύο Τιτάνων, που καταβρόχθισε το συκώτι του Προμηθέα με εντολή του Δία, του υπέρτατου θεού. Όποιος διαταράξει τον ύπνο του θα καεί από τον κεραυνό του.
El arqueólogo pecó de ingenuo; trató de abrir el sarcófago sin leer el resto de la inscripción y fue fulminado por el señor de los dioses. Víctor sacó el cadáver y lo enterró a los pies del gran wengué. Quiso llevarse el sarcófago, pero desistió; la humanidad no estaba lista para descubrir la existencia de dioses y seres mitológicos.
De regreso a la civilización, decidió mantener el aura de arqueólogo recio y anegado. No comunicarían el lugar donde descansaba el insigne Lord; mantendría la leyenda del arqueólogo perdido en la Cuenca del Congo.
Elías lo esperaba, como habían acordado; no preguntó nada, el rostro de Víctor lo decía todo. Lo llevó de vuelta a Tánger, hizo el viaje de vuelta sumido en el dolor. Su amada era la única que sabía cómo calmar su dolor, pero ya no estaba en este mundo. Debía lidiar con su dolor. Ya de vuelta en Boston, llamó a Nadia, su hermana, que comprendía al milímetro el dolor de Víctor.
Frente a la chimenea en Boston, Víctor acarició la brújula de Nadia. Había hallado a Carter, pero también el límite de la ambición humana. El mito de Etón permanecería bajo la lava, custodiado por el silencio. A veces, la mayor hazaña de un hombre no es descubrir la verdad, sino protegerla.
Traducción de la inscripción del sarcófago del Águila celeste Etón: Aquí yace el águila celeste Etón, hija de dos titanes, que devoró el hígado de Prometeo por orden de Zeus, el dios supremo. A quien importune su sueño, será abrasado por su rayo.
M. D. Álvarez.

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