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Como escribir una Novela histórica by j re crivello

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FlemingLAB Taller de Escritura posee dos talleres dirigidos online y presencial j re crivello en España y Gocho Versolari EEUU (contacto fleminglabworck@gmail.com)

Al escribir una Novela histórica o un relato que contenga dichos elementos, en FlemingLAB Taller de Escritura consideramos que podemos viajar en el tiempo hacia delante o hacia un futuro de ciencia ficción. O también practicar la autobiografía en el cual el personaje habla o construye un monologo en el cual muestra sus preocupaciones principales, o el mundo que le rodea.

Para ello es importante ser fiel al estilo elegido y al personaje en cuestión. Por ejemplo, si deseamos hacer hablar a Carlos II: El hechizado (1665-1700), podemos situarle de esta manera:

“He llegado a los 37, hoy he firmado mi testamento, a mi muerte un Borbón ocupará el trono de España. La dinastía de los Austria desaparecen con mi vida y en mi vida se aleja el presente. ¿Qué pensarán de mí en los próximos siglos? Débil, enfermizo. Hechizado –dirán-.

Esta última palabra es la que me define. A veces intento penetrar en su significado, quizás responda a un hechizo en el que cayeron los que me precedieron, casarse entre primos, o tíos, o sobrinos entre sí. La historia de esos acuerdos para preservar mi dinastía son las que acaban con ella. En mi se ve la España de la cerrazón, la que mira el reino desde una sólida unión pero que incluye su debilidad. Podría haber sido un bufón, o hasta un alma desaparecida en la orografía, pero el destino me ha reservado ser el último, aquel que asiste y observa. (Leer relato completo en Barcelona)

Aconsejamos manejar diversas pautas:

  • Combinar géneros.

Es la manera de escribir más versátil, en ella podemos depositar todas las formas que nos agraden o sean más cómodas, por citar: Umberto Eco ambientó una historia policiaca en 1.327 en El nombre de la rosa y Pérez-Reverte creo un relato de aventuras enmarcado en el Siglo de Oro en El capitán Alatriste.

  • Acotar los periodos donde establecemos la historia

La escenografía, la ambientación, los documentos, las ideas que planean debajo de la novela son importantes. Escribir con una base histórica supone mucho trabajo y disponer de unos esquemas que dirijan nuestros personajes.

  • El lenguaje de la época

Este aspecto en novelas de gran densidad es un trabajo añadido, si es un Relato Breve, la intensidad y los diálogos o la fuerza de la acción no permiten al lector darse cuenta de esa carencia del escritor, pero es una dificultad que con cierta habilidad enmascaramos.

  • La Ucronia.

En el partimos mediante esta técnica de un suceso real y cambiamos el resultado a una situación completamente nueva, con ello nos situamos en otros espacios históricos paralelos. Un ejemplo que podemos citar es El hombre del castillo Philip K. Dick se imagina una América derrotada e invadida por la Alemania nazi.

  • No dejes que la documentación invada y sumerja la historia

       Al escribir Kennedy (Obscenity) j re crivello utilizó largas jornadas en búsqueda de      documentación en inglés para construir el relato, pero esta abundancia de claves le asaltaban continuamente en la trama y era extremadamente difícil distinguir la historia real, de la ficción, o núcleo que guía la novela. A veces esta puede llevarlo al escritor al fracaso o a la una enfermedad psicológica que llamamos stress.

Les ofrecemos un material complementario en el cual guiarse:

El hombre del castillo Philip K. Dick

Título original: The man in the high castle Traducción de Manuel Figueroa  © 1962 Philip K. Dick  © 1976 Ediciones Minotauro  – Buenos Aires

– Yo prefiero el arte ciudadano – dijo el hombre.

– Sí – dijo Childan, ansiosamente – Escuche, señor. Tengo un mural de época, original, en madera, cuatro secciones, que muestra a Horace Greeley. Verdadera pieza de colección.

– Ah – dijo el hombre con los ojos brillantes.

– Y un gramófono de 1920 transformado en mueble para bebidas.

– Ah.

– Y escuche, señor: un retrato autografiado y enmarcado de Jean Harlow.

El hombre miró a Childan con ojos desorbitados.

– ¿Los visito entonces? – dijo Childan aprovechando este correcto instante psicológico. Sacó una lapicera y, una libreta de – notas del bolsillo interior de la chaqueta -. Tomaré el nombre y la dirección, señor, señora. La pareja salió de la tienda y Childan se quedó un rato inmóvil, con las manos a la espalda, mirando la calle. Si tropezara con negocios así todos los días, pensó. Pero había

algo que le importaba más que los negocios, el éxito de la tienda, la posibilidad de tratar socialmente a una pareja de jóvenes japoneses, capaces de aceptarlo como hombre más

que como yank, o por lo menos como comerciante en objetos de arte. Sí, esta gente de la nueva generación que no recordaba los días anteriores a la guerra y ni siquiera la guerra

misma era la esperanza del mundo. Las diferencias de posición no tenían significado para ellos.

Un día se acabaría, pensó Childan. La idea misma de posición desaparecería para siempre. No habría gobernados y gobernantes. Sólo gente. Y sin embargo, temblaba de miedo imaginándose en el momento en que llamaría a la puerta de la pareja. Miró la libreta de notas. Los Kasura. U ofrecerían té, sin duda.

¿Sabría comportarse? ¿Sabría cómo actuar, qué decir en cada momento? ¿O se deshonraría, como un animal, dando un paso en falso? La muchacha se llamaba Betty. Había tanta comprensión en aquella cara, en aquellos ojos dulces. Apenas había estado un rato en la tienda, pero había alcanzado a ver todas las esperanzas y fracasos del yank.

Las esperanzas… Childan sintió de pronto que la cabeza le daba vueltas. Eran esperanzas que bordeaban la locura, si no el suicidio. Pero sin embargo había relaciones entre japoneses y yanks, se sabía, aunque casi siempre entre un japonés y una yank. En este caso… La idea lo estremeció. Y la muchacha era casada. Apartó bruscamente aquellos pensamientos involuntarios y se puso a abrir las cartas de la mañana.

Le temblaban todavía las manos, descubrió. Y recordó entonces la cita de las dos de la tarde con el señor Tagomi. He de encontrar algo aceptable, se dijo, decidido. ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Qué? Un llamado telefónico, consultas y olfato para los negocios, y quizá pudiese descubrir un Ford 1929 restaurado, completo, hasta con capota (negra). Se ganaría el apoyo incondicional del señor Tagomi, para siempre. Quizá pudiese desenterrar también un avión correo trimotor descubierto en un granero de Alabama, o una cabeza momificada de Bufallo Bill con melena blanca, flotante. Algo que difundiera el nombre de Childan como conocedor máximo en todo el Pacífico, incluyendo el Japón.

Para inspirarse encendió un cigarrillo de marihuana de la excelente marca El País de las Sonrisas

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Kennedy (Obscenity) j re crivello

22 noviembre 63

“Me incline hacia atrás. Estaba presa del pánico, veía al agente intentando trepar por la parte trasera del coche y a mi marido con la cabeza reventada por detrás. La sangre me cubría la mano derecha y al estírame en esa dirección tal vez creía que me liberaría del próximo disparo que intuía vendría desde delante a mi derecha. Nunca hasta ahora había confesado que el disparo último había reventado la cabeza de K, liberándole del ahogo de la primera bala que entro por su espalda. Aquellos segundos, en que me estiraba sobre el coche los recordare siempre ¡siempre!

Estas notas están escritas en el avión unos minutos antes de asistir a la toma de posesión de LBJ. Mi marido ha sido asesinado por dos tiradores y un complot se cierne en la vida de nuestro querido país”. Jackie

La nota manuscrita de Jackie tenía el sello de TOP Secret y a mano con lápiz rojo agregaba “archivar LBJ”. Mardi pudo pensar que estaba detrás del complot o que tan solo protegía a su país del escándalo de dos tiradores que desmontaban a la orgullosa sociedad. También considero que hasta después de la guerra de Vietnam, o del Watergate no fue posible que la prensa independiente tuviera el valor de mostrar estos papeles, pero seguía en pie la pregunta crucial del magnicidio: ¿Quién controlaba las cloacas del Estado en esa época? Mardi no creía que LBJ fuera el cerebro, este sitio lo ocupaba un escalón intermedio incrustado en la CIA, aunque alguien con la capacidad para manejar alianzas con los militares y hasta la mafia. Para Mardi, donde iba el dinero o el sexo estaban las respuestas y una pregunta retumbaba con más fuerza: ¿Quién puso en la cama del presidente a Marilyn? ¿Quién la introdujo para deleite y distracción del gran reformador que acabo destrozado por cuatro balas en una mañana de Dallas?

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Umberto Eco El Nombre de la Rosa

 

18 Primer día

PRIMA

Donde se llega al pie de la abadía y Guillermo da pruebas de gran dureza

.

Era una hermosa mañana de finales de noviembre. Durante la noche había nevado un poco, pero la fresca capa que cubría el suelo no superaba los tres dedos de espesor. A oscuras, en seguida después de laudes, habíamos oído misa en una aldea del valle.

Luego, al despuntar el sol, nos habíamos puesto en camino hacia las montañas. Mientras trepábamos por la abrupta vereda que serpenteaba alrededor del monte, vi la abadía. No me impresionó la muralla que la rodeaba, similar a otras que había visto en todo el mundo cristiano, sino la mole de lo que después supe que era el Edificio. Se trataba de una construcción octogonal que de lejos parecía un tetrágono (figura

perfectísima que expresa la solidez e invulnerabilidad de la Ciudad de Dios), cuyos lados meridionales se erguían sobre la meseta de la abadía, mientras que los septentrionales parecían surgir de las mismas

faldas de la montaña, arraigando en ellas y alzándose como un despeñadero. Quiero decir que en algunas partes, mirando desde

abajo, la roca parecía prolongarse hacia el cielo, sin cambio de color ni de materia, y convertirse, a cierta altura, en burche y torre

ón (obra de gigantes habituados a tratar tanto con la tierra como con el cielo). Tres órdenes de ventanas expresaban el ritmo ternario de la elevación, de modo que lo que era físicamente cuadrado en la tierra era espiritualmente triangular en el ciclo. Al acercarse más se advertía que, en cada ángulo, la forma cuadrangular engendraba un torre

ón heptagonal, cinco de cuyos lados asomaban hacia afuera; o sea que cuatro de los ocho lados del octágono mayor engendraban cuatro heptágonos menores, que hacia afuera se manifestaban como pentágonos. Evidente, y admirable, armonía de tantos números sagrados, cada uno revestido de un sutilísimo sentido espiritual.

Ocho es el número de la perfección de todo tetrágono; cuatro, el número de los evangelios; cinco, el número de las partes del

mundo; siete, el número de los dones del Espíritu Santo. Por la mole, y por la forma, el Edificio era similar a Castel Urbino o a Castel dal Monte, que luego vería en el sur de la península italiana, pero por su posición inaccesible era más tremendo que ellos, y capaz de infundir temor al viajero que se fuese acercando poco a poco. Por suerte era una diáfana mañana de invierno y no vi la construcción con el aspecto que presenta en los días de tormenta.

Sin embargo, no diré que me produjo sentimientos de júbilo. Me sentí amedrentado, presa de una vaga inquietud. Dios sabe que no eran fantasmas de mi ánimo inexperto, y que interpreté correctamente inequívocos presagios inscritos en la piedra el día en que los gigantes la modelaran, antes de que la ilusa voluntad de los monjes se atreviese a consagrarla a la custodia de la palabra divina. Mientras nuestros mulos subían trabajosamente por los últimos repliegues de la montaña, allí donde el camino principal se ramificaba formando un trivio, con dos senderos laterales, mi maestro se detuvo un momento, y miró hacia un lado y hacia otro del camino, miró el camino y, por encima de éste, los pinos de hojas perennes que, en aquel corto tramo, formaban un techo natural, blanqueado por la nieve.

-Rica abadía -dijo-. Al Abad le gusta tener buen aspecto en las ocasiones públicas. Acostumbrado a oírle decir las cosas más ex

trañas, nada le pregunté. También porque, poco después, escuchamos ruidos y, en un recodo, surgió un grupo agitado de monjes y

servidores. Al vernos, uno de ellos vino a nuestro encuentro diciendo con gran cortesía:

-Bienvenido, señor. No os asombréis si imagino quién sois, porque nos han avisado de vuestra visita. Yo sov Remigio da Varagine,

el cillerero del monasterio. Si sois, como creo, fray Guillermo de Baskerville, habrá que avisar al Abad.

¡Tú -ordenó a uno del grupo-, sube a avisar que nuestro- visitante está por entrar en el recinto!

-Os lo agradezco, señor cillerero -respondió cordialmente mi maestro-, y aprecio aún más vuestra cortesía porque para saludarme habéis interrumpido la persecución. Pero no temáis, el caballo ha pasado por aquí y ha tomado el sendero de la derecha. No podrá ir muy lejos, porque, al llegar al estercolero tendrá que detenerse. Es demasiado

inteligente para arrojarse por la pendiente…

-¿Cuándo lo habéis visto? -preguntó el cillerero.

-¿Verlo? No lo hemos visto, ¿verdad, Adso? -dijo Guillermo volviéndose hacia mi con expresión divertida-. Pero si buscáis a Brune

llo, el animal sólo puede estar donde yo os he dicho.

El cillerero vaciló. Miró a Guillermo, después al sendero, y, por último, preguntó:

-¿Brunello? ¿Cómo sabéis … ?

-¡Vamos! -dijo Guillermo-. Es evidente que estáis buscando a Brunello, el caballo preferido del Abad, el mejor corcel de vuestra

cuadra, pelo negro, cinco pies de alzada, cola elegante, cascos pequeños y redondos pero de galope bastante regular, cabeza

pequeña, orejas finas, ojos grandes. Se ha ido por la derecha, os

digo, y, en cualquier caso, apresuraos. El cillerero, tras un momento de vacilación, hizo un signo a los suyos y se lanzó por el sendero de la derecha, mientras nuestros mulos reiniciaban la ascensión. Cuando,

mordido por la curiosidad, estaba por interrogar a Guillermo, él me indicó que esperara.

En efecto: pocos minutos más tarde escuchamos gritos de júbilo, y en el recodo del sendero reaparecieron monjes y servidores, trayendo al caballo por el freno. Pasaron junto a nosotros, sin dejar de mirarnos un

poco estupefactos, y se dirigieron con paso acelerado hacia la abadía. Creo, incluso, que Guillermo retuvo un poco la marcha de su montura para que pudieran contar lo que había sucedido. Yo ya había descubierto que mi maestro, hombre de elevada virtud en todo

y para todo, se concedía el vicio de la vanidad cuando se trataba de demostrar su agudeza y, habiendo tenido ocasión de apreciar sus sutiles dotes de diplomático, comprendí que deseaba llegar a la meta

precedido por una sólida fama de sabio.

-Y ahora decidme -pregunté sin poderme contener-. ¿Cómo habéis podido saber?

-Mi querido Adso -dijo el maestro-, durante todo el viaje he estado enseñándote a reconocer las huellas por las que el mundo nos habla como por medio de un gran libro. Alain de Lille decía que

omnis mundi creatura

quasi liber et pictura

nobis est in speculum

 

pensando en la inagotable reserva de símbolos por los que Dios, a través de sus criaturas, nos habla de la vida eterna.

 

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