sábado, julio 4 2026

Piedra papel o tijera por Manu

A caballo entre dos viajes de estudios me he puesto a pensar en algo que me decía una compañera hace unos días. Hemos hecho fotografías de lo que han estado haciendo, y las estábamos compartiendo con ellos en la plataforma del colegio. Pero en estos tiempos tan modernos, eso, que parece una labor sencilla, y que hacemos a diario cuando la subimos a Google Photos o a la plataforma de la nube que tengamos, cuando hay alumnos de por medio la cosa se complica.

Se complica por el tema de los derechos de imagen, así que hay que mirar con lupa quién autoriza y quién no. Recuerdo cuando empezó esa preocupación sobre los derechos de imagen, y como por aquel entonces alguien nos pedía que hiciéramos fotos de forma que no se vieran las caras. Y una compañera reflexionaba conmigo comentando que es una pena que haya generaciones de niños cuyos únicos recuerdos de los momentos compartidos con sus compañeros sean un puñado de fotos de cogotes y espaldas.

Y es verdad que da rabia, y es una pena que hayamos evolucionado de una forma en la que eso sea así. Pero estamos viendo como hay gente que se dedica a utilizar los avances como la IA para tomar la foto de alguien, desnudarla, y ofender a esa persona. O tunear, ponerle stickers, para mofarse de ella en ciertos grupos y entornos. Eso por no hablar de cómo algunos degenerados acumulan fotos de menores para acosarlos o como contenido pornográfico pedófilo que asquea. Así que por desgracia no es una tontería.

Estaba paseando justo ahora mismo, y tres jovencitas se han detenido junto al jardín botánico, vestidas casi para una boda, para sentarse a hacerse fotos. Pero no cualquier tipo de fotos. Posando, borrando y eligiendo: esta sí, esta no, ponte así o asao. No son recuerdos, porque son fotos buscadas. Fotos imagino que para subir a un perfil de redes sociales, para mostrar algo que a mí se me escapa. Pero son fotos que dentro de no mucho no sabrán ni dónde las hicieron y ni cómo se sintieron, ni con quién iban (esa persona que les hace ahora mismo la foto).

Fotos para otros. Y eso me ha hecho pensar en algo de lo que me he dado cuenta estas noches en las que me he quedado cuidando a mi madre en su casa. Encima de la mesita del salón había un montón de álbumes pequeños de fotos. Uno de esos álbumes con marcos de plata y cristal en la portada para que no haya equívoco sobre lo que hay dentro. Y tiene un álbum por cada uno de sus nietos…

Ahora que coincide el cumpleaños de mi hijo, cuando ya ha pasado un cuarto de siglo, me doy cuenta de que en aquel momento, cuando nació, la cámara que tenía era de las de antes, con carrete, y la mayoría de las fotos que tengo son en papel y no están subidas a ninguna nube.

Fotos en un álbum. Y el álbum de mi madre es diferente del mío. Fotos para ver en privado y para recordar en reposo. Verlas de una en una, en la quietud de la noche, para mí ha sido bálsamo, y me doy cuenta de que aquellas fotos tenían un sentido, y que muchas de las imágenes que ahora atrapamos carecen de contenido, carecen de vida, y son tan artificiales como las creadas por la IA porque posamos, fingimos, no captan la verdad, sino lo que se quiere que se aparente de cada uno.

Adoro los atardeceres y no paro de hacerles fotos, pero todos se parecen mucho y apenas cuatro o cinco tienen o han tenido un sentido especial para mí. Cuando miro las fotos veo la hermosura, y sé que la he visto yo, pero no recuerdo cada uno de ellos. Solo unos pocos. Y lo tienen por algo que yo sentía. O lo tienen por alguien con quien lo compartía, o alguien en quién pensaba. Y eso los hace diferentes, especiales, míos.

Hay algunas imágenes que son recuerdos, y recuerdos que forman una imagen. La que forman en mi cabeza o en mi corazón, y es como la de esos álbumes de fotos antiguas en papel, algo que tengo para mí y que muestro solo a pocas personas, aquellas que se adentran en lo que soy que cuando se sientan conmigo, que cruzan el umbral de mi puerta, la de mi corazón, a las que les abro mi alma, y se adentran en mi hogar.

Ahora las imágenes se tunean, se roban, denuncian. Se lanzan como piedras, se recortan quitando lo que no nos gusta, se difunden como si nada. Hemos convertido las fotografías, que antes servirán para recordar momentos especiales, en algo que es otra cosa. En un arma, a veces arrojadiza, a veces para chantajear, a veces para abusar. Las fotos de antes eran de papel, no digitales, y eso me trae a la cabeza ese viejo juego de piedra, papel o tijera. La tijera corta el papel y gana, la piedra machaca la tijera y gana, pero el papel abraza la piedra y gana. Así que creo que me quedo con lo de antes. No porque cualquier tiempo pasado sea mejor, sino porque me quedo con el sentido, aunque las formas hayan cambiado.

Me quedo por diferenciar entre lo público y lo privado, lo urgente y lo importante, las prisas o lo sosegado, el color o el blanco y negro. Me quedo con otras cosas que no son un juego, y cambio ese piedra-papel-tijera por esa frase que sale a veces de “piedra, papel, o me besas”. Que el papel, las letras sinceras, privadas a veces, sean más importantes que la espada que se clava por la espalda, y que algunas cosas no cambien nunca, como este café que aquí tienes ya servido por si quieres. No habrá fotógrafos, pero espero que lo recuerdes. ¿Café?☕

@Manu

@Imagen Pinterest


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