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EL REGRESO by Conchi Ruiz

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La carretera se iba terminando y su línea recta se bifurcaba en dos, indeciso miró a un lado y a otro por si algo le hacía recordar cual escoger, la finalidad de ambos era muy distinta, uno el mar a lo lejos apenas una raya verdosa como horizonte a su derecha, a la izquierda una montaña a distintas alturas grises y negras, puntiagudas y muy pronunciadas como desafiando al paisaje. Paró el coche y cruzando los brazos recostó sus dudas en el volante ¿Cuál escoger?

Lo realmente cierto era que la noche no tardaría en llegar y se quedaría a merced de sus incógnitas oscuras. Era muy amante del mar, pero tampoco importaban sus gustos en aquellos momentos en que tantas cosas importantes estaban en juego. Ya rodaba el coche cuando por sus ventanillas abiertas, además de un aire húmedo, penetraba el olor a salitre y un murmullo como si la tierra entrara o saliera de la curva en la lejanía. Olor a mar, sí, ahora estaba seguro de que había escogido el camino correcto. Las luces largas del coche se empañaban de humedad mientras el limpiaparabrisas se esforzaba en dejar el exterior a la vista. Cerró la ventanilla y aceleró. A lo lejos una pálida y desganada luz sin intenciones de luchar contra la oscuridad se apagaba o encendía desde el pequeño faro el espigón a final de las rosas avisando que estaba allí y que servía para algo, para aquellos atrevidos que contra viento y marea lanzaban sus barcos de recreo al mar y a los que reposaban de su esforzada tarea de pescadores. Los más prudentes no se alejaban y sorteaban las olas altas, otros entre voces y gritos de victoria las buscaban a golpe de timón.

Durante un rato se quedó contemplando la escena que sólo ponía de manifiesto la imprudencia de aquellos, los protagonistas de la obra siempre inacabada porque no iban mucho más allá, volvían para amarrar sus barcos en salientes de hierro en la pared de la misma roca y allí se quedaban balanceándose al son insistente del mar. Se recordó a si mismo años atrás en la misma aventura, con Aurora.

La tasquita seguía en el mismo lugar, más deteriorada, con adornos de abandono y quejidos de puertas en los vaivenes del viento. Un trozo metálico del techo se iba desprendiendo y golpeaba como si diera las horas o minutos de su tiempo.

El interior le hizo recordar que ya habían pasado bastantes años desde la última vez, veinte ¿tantos?

– Max, ¿eres Max? – La voz sorprendida detrás del mostrador.

– Eloy, eres tú? – Salió de detrás del viejo mostrador y se abrazaron sacudiendo enérgicamente sus espaldas sin palabras.

– ¿Te has perdido?

– Casi, no sabía que camino escoger hasta que me llegó al olor a mar.

– ¿Cuantos años? – Eloy preguntaba mientras se tocaba la incipiente calva.

– Veinticinco más o menos ¿no te dicen nada mis canas?

La risa de Eloy era jovial.

—¿Y Aurora?

Un silencio siguió a su pregunta.

—No lo sé – El silencio que siguió se podría cortar.

—Vamos a tomar una copa Max

……

Años atrás Max sintió la atracción del mar y pasaba horas viendo navegar los barcos, elevar las velas al viento recreándose en el vaivén y volver a la quietud una y otra vez.

Un día cualquiera de abril con las calmas del estrecho alquiló un velero en el puerto de Cádiz, su documentación para navegar estaba en regla y todo en su interior palpitaba de ilusión por cumplir su sueño, no se alejó mucho, las velas se resistían, con esa suavidad que se tiene en los primeros momentos cuando las circunstancias te animan a la rapidez y la prudencia te contiene, lanzó sobre el espigón las cuerdas de amarre y ajustándose la gorra todavía pálido miró al horizonte “!allá vamos!”, desde ese momento se prometió que se compraría su propio barco.

Aurora contemplaba la escena sentada sobre una roca azotada por el mar y que el musgo de las mareas bajas la pintaban de verde y resultaba un tanto peligroso caminar sobre ellas. Adoraba el mar, pero le imponía su grandeza y jamás quiso aventurarse a navegar. El barco se acercaba.

—¡Aurora, anímate a venir conmigo! – Max le hablaba a gritos ahogando los golpes de mar en las rocas.

—¡No Max! Sabes muy bien que no la haré nunca y vuelve pronto que está subiendo la marea y te costará amarrar el barco al espigón – Autora tenía que esforzar su voz entre el hueco de sus manos para apagar los golpes de las olas contra las rocas.

Eloy miraba la escena sonriendo desde la puerta del bar con paredes adornadas con grandes conchas pintadas

—¡Venga chicos, venid a tomar algo ¡- Cada día era igual, nunca había conocido a una pareja tan dispar pero tan llenos de un amor especial que los hacía libres y por lo que él conocía, felices.

……….

La mar seguía alborotada, Aurora bajó al camarote y allí estaba todo tal como él lo había dejado, en orden, pero se sentía incapaz de tocar aquellos mapas, dibujos extraños, libros, infinidad de papeles, fotografías y maquetas de barcos.

Cerró los ojos y sentada en el suelo junto a la quilla volvieron los recuerdos.

—¿Me dejarás llevar el barco Maxi?

—¡Oh, no!, ¿te imaginas donde podríamos aparecer?

—¡Por favor, tengo que aprender!

—¡Ya lo creo!, pero antes con todos los papeles en regla y tu licencia.

Aurora contrariada callaba, subida a su roca preferida contemplando las maniobras de los veleros saltando las olas mientras pensaba “tendré la licencia y podré llevar el barco”

… …

Eloy sirvió otra cerveza a Max y ambos guardaron silencio. ¿Qué había sucedido con Aurora? Max tomó un sorbo mirando el líquido espumoso como si nunca lo hubiese visto antes.

—Aurora, en uno de mis viajes, se embarcó en el velero, sola, nunca lo había manejado y quería demostrar que podía hacerlo. Consiguió su licencia y pensó que ya estaba todo hecho. Me pidió ayuda para aprender y yo posiblemente la humillé como si fuera incapaz de hacerlo y me fui en viaje de negocios, eché de menos las llaves del barco, aprovechó mi ausencia y se lanzó a la mar en tiempos de mareas peligrosas y duras. En un remolino, el mar se la llevó, intentó elevar la vela central pero sus fuerzas no se lo permitieron, naufragó y fue rescatada todavía con vida por un barco pesquero, el mástil se había quebrado y caído sobre ella. No se pudo hacer nada. ¿de quien fue la culpa? Posiblemente mía que no la enseñé y quiso demostrar que ella también era capaz, es posible. Me fui a Inglaterra, traté de olvidar y hacer una nueva vida, pero han pasado los años y sigo dentro de la marea de mi conciencia ¿Qué puedo hacer?

—De momento descansar en la habitación de arriba como otras veces, mañana verás las cosas de otra manera y ella, Aurora, descansará en paz sabiendo que tú la llevas en ti. Hazme caso amigo, la vida sigue y el mar estará ahí siempre – Le dio una palmada en la espalda.

…….

Amanecía y el Sol en el lejano horizonte lanzaba sus rayos soberbios sobre un mar quieto, sin furia, que formaba parte de su vida. Una extraña paz inundaba sus sentimientos, posiblemente llegó el momento de pensar que la vida sigue, como dijo Eloy y dejar enterrado entre las olas culpabilidades y arrepentimientos.

De nuevo la carretera se abría ante sus ojos y las montañas se fueron acercando poco a poco, el olor a salitre iba desapareciendo y el rumor de las olas también. Un pensamiento le vino a la mente ¿Y por qué no volver a la vida?

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