narrativa

SUEÑO 5. AUTOHIPNOSIS by Paula Castillo Monreal

Las miro desde mi insomnio tumbadas en la cama de al lado. Su respiración es lenta. Las bebés se durmieron con el pezón de la madre en los labios. El pezón que yo deseo y no tengo. Cuando protesto, Elisa me manda a la cama a dormir a pesar de saber que no duermo. La casa ha cambiado su silencio por diferentes sonidos; toses, eructos y silbidos junto con los chasquidos de las lenguas que succionan. «Clec, clec, clec». Elisa duerme sin parar, así que me siento en la necesidad de permanecer despierto y vigilar que todo vaya bien. «¿Y si alguna dejara de respirar?»  Pienso sin poder dejar de mirar el arlequín de trapo que duerme junto a ellas.

Hago caso a mi madre que me daba leche tibia de niño para combatir el insomnio, y me voy de la mano con ella hasta la cocina. Bajamos una escalera a la que le van apareciendo peldaños según vamos avanzando. Los peldaños, cada vez más altos hacen que mi madre no pueda bajarlos; tiene las piernas cortas y a su edad le cuesta moverse. Decido entonces subirla a mi espalda y así descendemos hasta que, frente a nosotros, una mujer que podría ser Elisa nos señala con el dedo: «vais desnudos» nos dice, y se ríe a la vez que se lleva un pastelillo de nata a la boca. Siento que el peso de mi madre hace que me vaya quedando sin piernas, y en medio del espanto me despierto con un eructo a leche agria.

Han cesado los ruidos. Las tres continúan respirando.  Yo, apegado a mi ansiedad, con dos nuevas preocupaciones, y sin poder contar con Elisa. Sé que estoy haciendo algo que no me gusta. Paso el día entero en el estudio y, por la tarde, antes de volver a casa, subo al jardín de la azotea para ver ponerse el sol. A veces me quedo dormido y no regreso a casa hasta tarde. Es el único momento en el que puedo dormir. La otra tarde le conté a Elisa mi último vuelo nocturno con las niñas sujetas cada una de una mano. Nos asomábamos a las terrazas de los áticos iluminadas, y se las veía tan felices aprendiendo a volar. «Si continúas con esos sueños, un día ocurrirá una desgracia» me dijo asustada.  

No le volveré a contar mis sueños. Tampoco el de mi madre.

El terapeuta me ha recomendado la autohipnosis entre sesiones para ayudarme a dormir. No creo demasiado en estas técnicas, y menos autoguiadas.  Tampoco en la hipnosis. Me ha grabado un par de sesiones, y aquí estoy, con los auriculares mirando al techo. Al muñeco de trapo prefiero no mirarlo. Ya he cerrado los ojos y siento cómo se me deshacen los pies y las piernas como si fuesen de cera. Al llegar a las caderas siento el dolor de lumbares que me produce llevar a las niñas en brazos.  Tardo un rato en relajarme y pasar a otra parte de mi cuerpo. Cuanto más lo pienso, más tensa y rígida siento la espalda. Al llegar a los ojos me digo: «date la vuelta para verte la cara», pero ya soy un santuario derretido. Las niñas caminan detrás de mí, mientras yo mato mariposas, según caen al suelo les aplasto las cabezas, y a pesar de estar muertas se reaniman y con las garras abiertas se lanzan sobre mí.

Las niñas lloran, no se sabe bien si por su muerte o por la mía.

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2 respuestas »

  1. ¡Que maravilla de serie! Nos expone a ese tejido enrarecido, con otra lógica, propio de lo sueños. Cada detalle aporta a la historia, al ambiente y al personaje. Las formas en que cada cual teje su verdad… ¡Muy bueno, Paula!

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