narrativa

LA DAMA Y EL ALFIL by  Paula Castillo Monreal

            Olía a zotal. Las cuadras aún se presentaban con el desorden de la noche. El calor de los sueños remoloneaba sobre las cabezas de los potros que no dejaban de masticar mientras asimilaban las imágenes de lo oscuro. En el exterior, los aspersores comenzaron a funcionar sobre la pista verde, a pesar del rocío que la cubría. Todo debía de estar listo para la prueba más importante del turf español, el Gran Premio de Madrid. Para los jockeys: dinero, prestigio y una plaza para el Royal Ascot.  Dos amazonas son las favoritas este año: Diana y Armonía. Dos cuadras diferentes las enfrentan. Dos sedas: damero verde y blanco, y rojo púrpura. Un único maestro para las dos: el Hechicero, el mejor. El que hacía volar a los purasangres sin fustas ni espuelas. Solo con la voz y la mano.

            Diana sentía la garganta como el cartón. Son los nervios y las horas sin ingerir una gota de agua, pensaba mientras dejaba que sus ojos recorriesen los dos mil quinientos metros que galoparía Bubble de Clicquout. En la recta norte, Armonía recorría a grandes zancadas la misma distancia. En su mente imaginó los trancos que la yegua de tres años, Sirena, necesitaría dar para entrar vencedora. La acarició antes de acercarse a la báscula y, mirándose fijamente a los ojos, se lo contaron todo.  Como llevaba tres días sin apenas comer, se permitió un sorbito de agua. Armonía necesitaba ganar. Algo de dinero para su madre, y ella no volvería a pisar Madrid. Cincuenta kilos con montura, casco y riendas. Al cruzarse con Diana, un vómito de cólera se le atragantó en la garganta. Diana, siempre tan arrogante, sin dirigirle la mirada se pesó: cincuenta y uno. Demasiados, pensó. Y en el aseo vomitó, y la garganta se le llenó de sabor a almendra. Quería ganar. Había luchado mucho y se merecía ganar.

El Hechicero las cogió de aprendices cuando apenas tenían quince años. Las enseñó a montar, a sentir el caballo con las manos y a comunicarse con ellos más allá de las palabras. 

«En la pista, solo las manos y vuestra mente están en comunicación con el animal», les decía. Y por eso las eligió, porque tenían ese don natural. «La mejor victoria es vencer sin combatir», les recordaba antes de cualquier carrera, aunque fue imposible impedir que se odiaran. Las enseñó que dependían del tiempo, nada está quieto sino en continua transformación. Debían de asimilar la distancia que correrían y trasmitirla a los potros; Y era crucial el mando sobre el animal y sobre ellas mismas. Deberían reunir cualidades como la sabiduría, el coraje y la disciplina. Y de las manos, que debían de sostener el ritmo. Si fallaban las manos, el caballo perdería la confianza. Así les enseñó. Hasta que le acusaron de brujo y le hicieron responsable de la muerte de Taliesin, el purasangre más caro del mundo. Salió del hipódromo de la mano de su hija y su mujer, y nunca más se oyó hablar de él.

            Cada amazona encima de su cabalgadura: Diana de blanco y verde. Bubble, con la gríngola verde. Armonía, de rojo púrpura. Sirena, cubierta de extravagancia. El hipódromo olía a magnolia. Las apuestas: iguales. En el aire, humo.

            Ya en la línea de salida, Diana pensó que ojalá Sirena no entrase en el cajón. Y sucedió que la tuvieron que empujar. Colérica, Armonía pensó Bubble no debería salir del box. Y allí se quedó parada cuando el portón se abrió. Comprobaron que sus mentes estaban en forma. Armonía cerró los dedos sobre las riendas y sintió el empuje que quería. Diana que consiguió remontar la torpe salida, aumentó poco a poco el ritmo, hasta colocarse detrás de ella. Las gradas del hipódromo entraron en ebullición. Bubble y Sirena se turnaban en primera posición. Jugaban. Brillaban en verde y en rojo. La grada se entretenía con ellas y las apuestas se mantenían iguales. Hasta que al llegar a la recta Norte, ambas comenzaron a pensar en su triunfo. Solo una idea fija en la mente de Armonía: el dinero que le haría mejorar de vida y olvidar al cabrón del padre. Solo una en la mente de Diana: llegar a Ascot y besarle la mano a la reina. Pero cuando faltaban apenas unos metros, la amazona que lucía la seda amarilla, se colocó en primera posición. Extendió su manto y las cegó. Desde la última posición avanzaba por el exterior. A su paso, la sombra iba dejando a los caballos y jockeys hundidos en la hierba que se volvía barrizal. Las manos de Diana y Armonía dejaron caer las riendas y los pensamientos se volvieron confusos. Los altavoces, retorciendo el gesto, gritaron que La Dama y su caballo Alfil, habían entrado en primera posición. La hija del Hechicero había volado sobre sus cabezas. Las gradas lloraban.

Solo hubo un millonario. Alguien cobró la apuesta por encargo.

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