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EL LECTOR (final) by Beatriz Berrocal

Imagen tomada de Pixabay

Continuación y final del relato: El Lector.

Partes anteriores publicadas

16 de junio : https://masticadores.com/2022/06/16/el-lector-by-beatriz-berrocal/

30 de junio: https://masticadores.com/2022/06/30/el-lector-continuacion-by-beatriz-berrocal/

Este relato ha sido publicado en el libro Cuentos BI, de Editorial Magma en 2019

Bus regresa a la sala y ve que el hombre sigue dormido, su respiración es acompasada y profunda, entonces, de puntillas regresa al dormitorio y abre el armario que hay en la pared frente a la cama. No quiere revolver nada, ni siquiera sabe por qué está haciendo eso, es como un impulso que le lleva a curiosear sin ninguna intención determinada.

Hay ropa, mucha ropa con cierto olor a naftalina trasnochada, prendas que apostaría a que llevan años sin descolgarse de la percha en la que cuelgan, chaquetas, pantalones, camisas que acumulan polvo en las hombreras, que presentan arrugas entre cuyos pliegues se cuelan recuerdos dormidos de épocas pasadas. En los cajones: ropa interior, sábanas, toallas (algunas con la etiqueta y el precio en pesetas), y bajo unos paños de cocina aparece la cartilla del banco con diez billetes de cincuenta euros.

El ruido en la sala le hace cerrar rápidamente el cajón y regresar al lado del hombre que le mira como si no recordase quién es.

—¡Anda! Si todavía estás aquí. Me he quedado un poco traspuesto. Ya sabes, los viejos somos como los niños, dormimos a deshora, a ratos pequeños por el día, y a lo mejor luego pasamos la noche en blanco. Pero… es lo que hay, amigo, si no te gusta, haberte muerto antes. ¡Ah, pero claro, eso tampoco lo quisimos! Pues, ahora, a apechugar con el peso de los años. Pero… ¿Qué te estoy contando a ti si eres un crío? ¿Cuántos años tienes?

—Diecinueve.

—Lo que te digo, un crío. ¿Y llevas mucho en la capital?

—Dos meses.

— Oye ¿y yo tengo que pagarte a ti o al ayuntamiento? A ver, porque con la pensión de miseria que tengo, no me da para muchos excesos, y parece que no, pero la casa, la luz, las basuras, el agua, la contribución… Todos los días viene alguien a picar en la puerta para cobrar, porque a mí lo de pagarlo por el banco no me ofrece confianza, el que quiera, que venga a buscarlo.

—No, no tiene que pagar a nadie, esto es gratis.

—¡Gratis! Hace años que no escucho esa palabra, esto es una lotería que me ha tocado. Estoy deseando ir a por el pan para comentarlo con los vecinos, ya verás cuando se enteren. ¿Y dónde hay que solicitarlo? Porque yo no lo he pedido en ningún sitio. Será ir allí y preguntar por el servicio este de aprender literatura a través de la lectura, digo yo ¿no?

—Bueno… no exactamente, pero… Es que… todavía estamos empezando, y no conviene divulgarlo mucho porque… somos pocos y claro…

—¡Ah, vale, vale! Entonces yo, ni media palabra, la ley de la oferta y la demanda, ya entiendo.

—¿Quiere que leamos otro poco? ¿Sigo con El principito o pasamos a algún poema?

—O como si no leemos y me sigues contando cosas de ti. La lectura me gusta, pero me hace más falta la conversación, no creas, porque así no me duermo. Hay días que no salgo de casa y me da la impresión de que se me va a olvidar hablar, por eso prefiero que vengan los cobradores, así hablo algo, porque con los vecinos me llevo bien, pero son todos de mi quinta y el que no ve, no oye o no entiende –dice entre risas que tratan de disimular la pena.

Y vuelan las palabras por las vidas de ambos. El indiano le habla de sus tiempos de albañil al otro lado del océano, de lo difícil de los comienzos, de la dulzura de la familia recién formada, de la nostalgia que no se cura nunca… Luego, la enfermedad le arrebató la mitad que le sigue faltando, la mujer de su corazón, la que no puede olvidar, y el hijo trató de llenar su tiempo con los nietos, poca cosa: llevarlos y traerlos del colegio, acompañarlos a los partidos, a las clases particulares…, ayudar un poco cubriendo horas que los padres no podían dedicarles, hasta que crecieron y volaron lejos del nido, es el destino de la juventud, desplegar las alas y emprender el viaje en solitario.

Bus le cuenta de su vida en Silvera, de su hermana pequeña, que no se separaba de él ni un momento, de su madre que trabajaba en el campo, de su padre que era pescador desde pequeño y quería que Bus lo fuese también aunque nunca lo consiguió…

Al finalizar la sesión, ambos quedan pensando en lo singular del día. El indiano, sin dar crédito todavía a esa primera vez que la suerte le sonríe y Bus flotando entre la bondad sincera del hombre y los quinientos euros que ha visto en el cajón y que podría transformar fácilmente en un billete de regreso a la tierra que jamás debió abandonar.

—Rima IX de Bécquer: «Besa el aura que gime blandamente las leves ondas que jugando riza; el sol besa a la nube en occidente y de púrpura y oro la matiza; la llama en derredor del tronco ardiente por besar a otra llama se desliza; y hasta el sauce, inclinándose a su peso, al río le besa, vuelve un beso».

—Hermoso, sencillamente hermoso. No me digas que no es un placer escuchar estas maravillas. ¿Te he dicho ya lo que te agradezco estas tardes de lectura recuperada?

—¡Sí, mil veces!

—Pues es poco, porque los libros acompañan mucho ¿sabes? Son como amigos que abres cuando quieres y vienen a cubrir ausencias insustituibles pero que, con su ayuda, son más llevaderas. Lo malo es cuando la visión se apaga y no ves ni las letras más gordas, es como si la soledad te golpeara dos veces. Pero bueno, no sé qué hago yo hablándote de ausencias a ti, que llevas tus historias a cuestas y sin quejarte de nada. Cuéntame, hombre, me gusta saber de tu vida, aunque no lo creas, me ayuda a distraer la mía. ¿Te vas encontrando mejor en la capital? ¿Te tratamos bien? ¡Que no me entere yo de que te ponen el menor problema!

—Tranquilo, estoy bien, vivo en una casa con una familia estupenda que me ha acogido con mucho cariño, no me falta de nada, como bien y duermo cada noche en una cama limpia y caliente, no me puedo quejar.

—Me alegro mucho, a veces salen noticias que a uno le cuesta creer, pienso yo que no serán ni verdad siquiera, porque no es posible que a la gente que llega aquí se le trate tan mal. Yo estuve veinte años en Argentina, trabajando como un condenado hasta que logré sacar a la familia adelante, la de allí y la de aquí, porque dejé a mis padres y a dos hermanos a los que enviaba cada mes lo que podía para que no se muriesen de hambre.

—¿Cómo conoció a su mujer?

— Mira, era la mujer más bonita del mundo, con los ojos negros como el carbón y un pelo que le llegaba hasta la cintura, ondulado y tan suave que me volvía loco. La conocí en uno de los bares a los que iba a comer, ella era la hija de los dueños. La vi y ya no pude pensar más que en ella. Al año nos casamos. Tuvimos un hijo, la alegría de nuestras vidas, listo como el hambre, bueno, hoy es director de uno de los bancos más gordos que hay.

—Pero regresaron a España.

—Sí, regresé porque no conseguí sacarme la patria de las venas, ya ves, y porque me tiraba mucho mi familia de aquí, porque quería estar junto a mis hermanos y ver envejecer a mis padres. Estaba ya bien establecido allí, pero… Lo dejé todo por regresar, mi mujer no tenía ya más familia que algunos parientes lejanos, así que nos plantamos aquí con unos ahorros y toda la ilusión del mundo. Es la mejor decisión que he tomado en mi vida.

Un momento de silencio se establece entre los dos que, a pesar de estar juntos, tienen sus mentes en lugares lejanos: uno en el pueblo costero que añora cada día más y otro en el viejo Buenos Aires que le dio tantos momentos felices.

—Mira, Bus, y esto que te voy a decir es tirar piedras en mi tejado, porque te aseguro que tus visitas me han devuelto la vida, pero no hay nada que valga la pena como para separarse de la familia, de la tierra propia.

Aquella noche, como las anteriores, el muchacho duerme entre los cartones que recoge en la calle, y por la mañana, gracias a los cincuenta euros que ha cogido del cajón del armario del indiano desayuna caliente y compra unas camisetas para irse cambiando cada día. En los baños de la cafetería se asea un poco, tal vez mañana compre un pantalón, ya va siendo hora de tener un aspecto decente.

Pasa la mañana paseando por el centro, la vida se ve de otra manera con el estómago lleno y sabiendo que en su bolsillo hay dinero para un menú del día en cualquiera de los bares que lo ofrecen barato.

Por la tarde se encamina de nuevo a la calle Lorca, sigue el barrio en obras, algunas de las fachadas ya están terminadas y lucen vistosas sus nuevos colores. Sobre el veintiuno han colocado ya los andamiajes y en el portal de al lado incluso han empezado a pintar.

— ¡Hombre, Bus!—le recibe el hombre a su llegada—. ¿Sabes lo que tengo hoy para leer?

Mira, mira.

En la mesa, le espera un ejemplar de El Lazarillo de Tormes abierto por uno de los primeros capítulos.

—Mira, leamos hoy este que me hace mucha gracia, es de cuando Lázaro deja a su madre para irse con el primero de sus amos, el ciego, que no es muy cariñoso que digamos.

Bus comienza la lectura que le resulta un poco dificultosa por ciertas expresiones en castellano antiguo:

—«Todo lo que podía sisar y hurtar, traía en medias blancas; y cuando le mandaban rezar y le daban blancas, como él carecía de vista, no había el que se la daba amagado con ella, cuando yo la tenía lanzada en la boca y la media aparejada, que por presto que él echaba la mano, ya iba de mi cambio aniquilada en la mitad del justo precio. Quejábaseme el mal ciego, porque al tiento luego conocía y sentía que no era blanca entera, y decía: ‘¿Qué diablo es esto, que después que conmigo estás no me dan sino medias blancas, y de antes una blanca y un maravedí hartas veces me pagaban? En ti debe estar esta desdicha’».

—¿Te das cuenta? El ciego nota que Lázaro le está sisando dinero de las limosnas que les dan, el hombre no ve pero se da cuenta igual —trata de explicarle al chico que no ha leído muy conforme—. ¿Te resulta pesada esta lectura? ¿Quieres que leamos otro poco de poesía?

—Lo prefiero, sí, la entiendo mejor. Hasta para los niños me gusta la poesía. Hace días vi un libro que me gustó para mi hermana: La princesa que quería escribir, en sus versos decía que la niña no necesita un príncipe que la rescate de su castillo sino que lo importante es que haga las cosas que

más le gusten. Mi hermana quiere ser escritora. No he vuelto a ver el cuento, pero si un día lo encuentro se lo compraré aunque sea con el último dinero que me quede.

Y entonces, las golondrinas de Bécquer regresan a los balcones de la calle Lorca y se llevan de la tarde las enseñanzas de Lázaro.

No tarda ni la rima completa en llegar el sueño y Bus aprovecha para volver al armario y contar los billetes que quedan en la libreta del banco, sólo seis de cincuenta euros, si coge más se va a dar cuenta el abuelo, pero si no… ¿Cómo renunciar ahora a la comida segura, a la ropa limpia y hasta a una cama para dormir como había pensado para esa noche?

Una vez más, sólo una más.

Llanto por Ignacio Sánchez Mejías:

«A las cinco de la tarde.

Eran las cinco en punto de la tarde.

Un niño trajo la blanca sábana a las cinco de la tarde.

Una espuerta de cal ya prevenida a las cinco de la tarde.

Lo demás era muerte y sólo muerte a las cinco de la tarde.

El viento se llevó los algodones a las cinco de la tarde.

Y el óxido sembró cristal y níquel a las cinco de la tarde.

Ya luchan la paloma y el leopardo a las cinco de la tarde…».

Es muy triste este poema —dice Bus mirando al indiano.

Todas las despedidas son tristes, es inevitable. Un amigo se va y deja un vacío que a ver cómo te las ingenias para llenar, es así.

Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Bus duerme en la cama de una pensión muy sencilla, pero limpia, con sábanas que nada tienen que ver con los cartones que otras noches le han arropado ni con las mantas ásperas del calabozo. Por la mañana paga y aun puede asearse en el baño compartido y tomar un café caliente en el bar de abajo. La vida tiene otro color, e incluso las voces de la conciencia se escuchan un poco menos con el estómago lleno y silbando una canción marinera arrullada por el recuerdo de las olas del mar Allende.

Después de tomar un bocadillo doble, acude a la calle Lorca. Para entrar al portal pasa por debajo de las escaleras del pintor que le advierte que eso trae mala suerte.

Llama a la puerta pero en vez de abrirse la del B, una rendija de luz surge de la puerta C.

—El indiano hoy no está, tenía cita con el médico, y dejó esto para ti.

Un vecino coetáneo del indiano le entrega un paquete envuelto con papel de regalo que Bus coge sin entender nada. No hay tiempo para preguntas, la puerta se cierra con el mismo sigilo con que se abrió y el chico baja la escalera con pasos lentos y el envoltorio en las manos.

Antes de abandonar el portal se sienta en los últimos peldaños de la escalera y abre despacio el paquete.

La princesa que quería escribir se muestra frente a él con todo su colorido, y entre sus páginas, seis billetes de cincuenta euros y una nota escrita con pulso tembloroso: «Llévaselo, amigo, vuela a su lado y no te pierdas su infancia. Lee para ella y para tu madre, que lo haces muy bien».

El pintor que lo observa desde la puerta, al ver las lágrimas en los ojos del muchacho murmura:

—Te lo dije, trae mala suerte.

Bus sale del portal sin mirar atrás. No puede ver que, en ese momento, están colocando las placas nuevas con los números sobre las puertas de la calle. El 21 va sobre la que él ha visitado los últimos días, y al lado, el 21 Bis, en la que debería haber pasado las tardes desde la sentencia del juez.

En el segundo piso del edificio, el indiano mira por la ventana y ve alejarse al joven Bus con el libro bajo el brazo. Lo prefiere así, no soportaría más tiempo los pequeños hurtos ante los que fingía ser ciego de verdad. Vuelve a quedarse sin Lazarillo, fue un regalo de la vida y prefiere devolverlo porque en el fondo sabe que no es suyo.

Son las cinco de la tarde, como en el poema de Lorca a Ignacio Sánchez Mejía. «¡Qué bien lo dijo Federico, qué fastidiado es despedirse de un amigo!».

Los andamios para la reforma de la fachada cubren casi por completo la ventana, así que, cierra las cortinas y deja que el sueño lo lleve a su terreno.

—Le digo a usted que a mi casa no ha ido nadie a leerme libros.

—Claro que ha ido, mire, aquí lo tengo, desde hace dos semanas tiene asignado un chico de Silvera que forma parte del programa de servicios sociales, todavía le quedan dos semanas para terminar.

—Tiene que haber un error —insiste Don Ramón Usía, profesor jubilado, ante la empleada del ayuntamiento—. Yo vivo en la calle Lorca, 21 Bis, segunda planta, puerta B, y le digo a usted que desde que solicité el servicio y me comunicaron que me había sido concedido, ha pasado un mes y allí no ha ido nadie.

—Pero si está aquí su firma, mírelo. Usted ha firmado cada tarde la asistencia del joven para dos horas de lectura.

—¡Esa no es mi firma! A mi casa no ha ido nadie, y exijo que se me dé el servicio al que tengo derecho.

La empleada se dirige en voz baja a su compañera:

—Madre mía, esto del Alzheimer cada vez es peor, pobre hombre.

«La princesa no quiere un príncipe azul,

ni ir por el castillo con trajes de tul. Quiere ser distinta: ir a clase, estudiar,

no esperar que nadie la venga a buscar…».

Desde el aire, el río Silvera parece una serpiente enorme que le da la bienvenida a su tierra, de la que no quiere separarse nunca más.

-PÁGINA WEB:   www.beatrizberrocal.es

-BLOG:     http://comolavidamisma-beatriz.blogspot.com/

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