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Fiesta de cumpleaños By Paula Castillo Monreal

Aquel día teníamos que esperar en el comedor a que llegara mi padre. Mi madre, que no dejaba de revolotear de un lado a otro de la cocina, llevaba el delantal anudado al cuello. Si la miraba de frente, parecía el buche hinchado de una paloma. No dejaba de picar perejil y añadir ajo y cebolla en diminutos trozos a la sartén. Sus movimientos eran precisos, cortos; le apretaba la falda. Estaba concentrada y no nos prestaba la mínima atención. Era un día especial para ella. También debería de serlo para mi hermana y para mí: mi padre cumplía cuarenta años. Ese día fue sin duda uno de los días importantes de la vida de mi madre.

Mi hermana, que no paraba quieta, imitaba sus pasos intentando ayudarla. Yo las miraba desde el fondo del comedor que teníamos frente a la cocina –no era una habitación distinta, pero estaban separadas por un arco; a mi madre siempre le gustaron las cocinas grandes con comedor incorporado–, sabía que en cualquier momento ambas tropezarían y el grito de mi madre haría llorar a mi hermana. Ana lloraba por todo. Y es que a mi madre no le gustaba que nadie anduviese cerca de ella mientras preparaba un plato tan especial como lo eran las judías con almejas; el plato preferido de mi padre. Siempre lo habían preparado juntos hasta ese día; él se encargaba de las almejas, y mi madre de las judías y de ensamblar el plato. A mi madre no le gustaban las judías, a mi hermana y a mí, no nos gustaban las almejas, pero eso no tenía importancia porque mi madre aprendió a cocinar todos los platos que le gustaban a mi padre sin que importasen nuestros gustos.  A mi padre le encantaba ponerles una gotita de limón a las almejas cuando se abrían las valvas, y nos enseñaba cómo les daba un escalofrío y se movían. Nunca consiguió que me gustasen. Por eso estaba enfadada con mi madre, por preparar una comida que solo le gustaba a él.

            Cuando el plato estuvo casi listo, apagó el fuego de la cacerola con las judías, y el de la sartén con las almejas rendidas y ocultas bajo el perejil.  Por primera vez se miró el reloj; mi padre tardaba demasiado, no era su costumbre. Siempre que pasaba dos días fuera de casa estaba loco por llegar. Vendía bloques de termoarcilla, pero no le gustaba dar conferencias ni salir de su rutina. Volvía harto de los hoteles y las comidas fuera de casa. Por eso mi madre le había preparado su plato favorito. Por eso y porque teníamos que celebrar su cumpleaños.

            —Bueno, niñas —nos dijo mientras se quitaba el delantal de buche de paloma, —contadme cómo os ha ido en el colegio—. Y se sentó frente a mí sin mirarme.

            Mi hermana hablaba sin parar, mi madre miraba el reloj, y yo la miraba a ella. Y empezamos a inquietarnos. Mi madre y yo nos inquietábamos con facilidad, pero tengo que decir que cuando el reloj marcó las dos y media de la tarde, tuve un mal presentimiento. Mi padre no se retrasaba nunca, y mucho menos lo iba a hacer el día de su cumpleaños. Le pregunté a mi madre si podíamos tomar una coca cola mientras esperábamos, y accedió. Ella se abrió una cerveza y removió la sartén con las almejas. «Se están quedando secas», dijo en voz baja.

            —Yo quiero comer ya —protestó mi hermana. —¿Podemos comer ya la tarta de chocolate, mamá? —Insistió.

            Yo también protesté y le dije que no quería las almejas, ni las judías ni nada. Quería irme de allí. También le dije que no quería que llegase mi padre, que nos lo pasábamos mejor sin él porque entonces ella bebía cerveza y contaba chistes que nos hacían reír, y podíamos reírnos, aunque estuviésemos comiendo. Después de un silencio que se me hizo eterno, me prohibió volver a decir semejante majadería. También comenzó con la retahíla de que qué iba a hacer ella sin él –movía la sartén después de cada frase–, que no podría pagar el colegio al que íbamos y que seríamos unas niñas huérfanas de padre, y que si no nos daba todos los caprichos que pidiésemos. Dejó con tanto ímpetu la sartén, que se manchó la blusa. Cuando las manecillas del reloj marcaron las tres en punto, mi madre volvió a encender los fuegos, vertió un poco de vino en las almejas y añadió un vaso de agua a las judías. Se quedó allí, delante de la cocina hasta que todo comenzó a hervir, y sentí lástima de ella. No se merecía que mi padre no llegase puntual el día de su cumpleaños. Ella le había hecho una comida especial solo para él. Se había arreglado como a él le gustaba, con la falda beige apretada y la blusa de seda roja que ahora tenía una mancha. A mi madre le favorecía el rojo. Después de que todo hirviese otros dos minutos, apagó los fuegos, nos puso otra coca cola repartida entre mi hermana y yo, y ella se bebió otra cerveza. Sonó varias veces el teléfono, pero ninguna nos levantamos a contestar. Yo no dejaba de mirar a mi madre que se encendió un pitillo. Mi madre solo fumaba cuando no estaba él; se salía al jardín en puro invierno. Hoy no, hoy no le importaba que la cocina oliese a humo de cigarrillo. Yo creo que mi madre pensaba que él no volvería. Miramos el reloj a la vez: las tres y media. Mi hermana había dejado de llorar y el hambre le dio sueño. Mi madre se levantó de nuevo, se cambió la blusa por un jersey y volvió a encender los fuegos; añadió medio vaso de agua a las judías y un poco más de vino a las almejas secas, diminutas.  Esta vez se sentó junto a mí y me dio la mano. Mi madre nunca me daba la mano, yo supuse que era porque estaba un poco achispada. Me cogía la mano y me la besaba, y me acariciaba la cara y me miraba con mucha tristeza. Las almejas crujían mientras se les ennegrecía la concha. No dejaba de salir humo de la sartén. Mi madre comenzó a llorar de pena porque decía que no podía acariciarnos delante de él. Él tampoco la acariciaba a ella delante de nosotras. Le daba un manotazo si ella le tocaba. Tocarse era una guarrería, decía. Yo también empecé a llorar por el humo que desprendían la cacerola y la sartén. Las judías ardían pegadas al fondo. Las almejas desaparecieron dentro de su propia concha. Mi madre, enjugándose los ojos, apagó los fuegos y tiró la cacerola, la sartén y la blusa a la basura. Volvió a la cocina, abrió el horno y sacó la tarta de chocolate que tanto nos gustaba. La partió en tres trozos.

            Nos la comimos a mordiscos abrazadas en el sofá.

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