Archipielago

Difusa: La talla justa by Paula Castillo Monreal

Mi padre se burlaba de cualquier cosa que dijese mi madre. La primera vez que la mandó callar, estábamos en una cena de amigos. Yo estaba al otro lado de la mesa, donde se sientan los niños en las cenas de amigos, pero le oí. Y vi el gesto de mi madre y cómo su cara y su risa llena de colores y vida se tornó gris. Yo también me convertí en gris, esa noche y muchas más.

La vi pequeña, minúscula dentro del abrigo grande, los puños doblados, el forro brillaba azul asomando la huella de la plancha. Los hombros caídos le daban un aspecto de derrota. La vi de lejos, ella vencida. Yo que tanto deseaba el encuentro, quedé destrozada ante su estampa. Él, erguido, ancho de espalda, ligeramente encorvado, los zapatos relucientes. Mientras caminaba hacia mis padres me miraba los pies. Ella, mi madre, que me había visto de lejos, sonreía. Él, no. Nunca supo lo que era la risa, solo cuando se reía de ella, o de mí, o de cualquiera.  La miré, pero no le devolví el gesto. El abrigo le llegaba casi a los pies. A él no le importaba que ella vistiese un abrigo al que le sobraban tres tallas, no le importaba que pareciese un fantoche. Sus zapatos no brillaban, él ya no se molestaba en limpiárselos, antes nos los limpiaba a todos. Los domingos por la noche sacaba brillo a todos los zapatos de la casa mientras mi madre preparaba la cena: «primero, antes de dar el betún, hay que quitar el polvo, después pasar el cepillo con energía para sacar el brillo y, por último, como si fuera una caricia, la gamuza», así nos decía. Recuerdo el olor a betún y a pescado frito, o a tortilla con pimientos. Era una fiesta. Ella podía provocar en cualquier momento una fiesta, también una batalla. Siempre tuvo un carácter fuerte. Desde el fondo del armario escapaba de sus gritos. A veces, también gritaba yo con ellos, para dejar de oírlos. No recuerdo si siempre se gritaron. Sí cuando enmudecieron.

Los ojos de la hija. Los oídos de la hija.

Aquella mañana al llegar junto a ella le coloqué los hombros del abrigo en su sitio, le sacudí la solapa de polvo y la espalda de motas de caspa, le arreglé la pintura que se había puesto de más en las cejas, le ahuequé el pelo y la besé. No le dije que estaba guapa ni que la quería, ni que me alegraba de que viniese a pasar unos días conmigo. Solo me despedí de mi padre, le cogí la maleta que sostenía con la urgencia de soltarla, y mi madre y yo nos fuimos caminando muy despacio hacia el coche.

No dejaba de darle vueltas; habíamos quedado a comer con unos amigos, y no podía llevar a mi madre con ese abrigo, yo no era como mi padre, a mí no me daba igual su aspecto. Estaba enfurecida.

—Vamos a parar un momento en una tienda de ropa —le dije.

—Como tu quieras, hija —me dijo.

—Te voy a comprar un abrigo.

—Pero ya tengo el mío.

—Ya, pero uno bonito que sea de tu talla y esté nuevo, que el tuyo se ve muy viejo.

Y se encogió de hombros.

Por fin logramos que uno le estuviera bien. Ponía posturas raras para que ninguno me gustase. Dejaba caer los hombros hacia delante más de la cuenta, sacaba chepa o exageraba y subía el pecho. También ponía caras: sacaba la lengua y abría mucho los ojos. Ella se reía cuando veía su imagen grotesca en el espejo. Yo no me reía con ella, le dije que dejara de hacer el tonto, que necesitaba un abrigo nuevo, que parecía mentira que mi padre la dejase salir con ese abrigo. Él, impecable siempre, la llevaba hecha un desastre. Se lo grité delante de la dependiente. Salimos de la tienda con el abrigo nuevo, mi madre, impecable. Las dos serias, sin mirarnos.

El día que la llevé de nuevo a su casa iba resplandeciente, guapa. El abrigo beige entallado, justo por la rodilla, como era la moda. Un pañuelo le adornaba el cuello. El pelo limpio, cardado. Las cejas pintadas y los labios rosa claro, como a ella le gustaban. Ahí estaba mi madre, ella, la de siempre, guapa.

—¿Has visto qué guapa? —le dije a mi padre que a penas la miró.

—Bueno, ella siempre está guapa —dijo sin mirarla, —aunque me gustaba más cómo le quedaba el abrigo azul.

Y se encogió de hombros y me hizo una mueca.

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