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Y SE QUEDARÁN LOS PÁJAROS CANTANDO by Esther Bajo

    ANISE KOLTZ Hace poco más de tres meses, cuando la primavera se anunciaba ya, murió la poetisa Anise Koltz. Dos veces, a dos personas que amé más que a mí misma, les pedí que aguantaran un poco más vivas, hasta la llegada de la primavera, imbuida por alguna inconsciente superstición (o intuición) sobre el poder curativo de esa estación o quizá por la incredulidad de poder recibir en mi casa a la muerte cuando toda la naturaleza está en pleno renacimiento. Mi súplica no fue escuchada. También tuvo prisa la muerte en llevarse a Anise antes de que diminutos brotes de lustroso verde empezaran a abrirse paso en las oscuras ramas o las hierbas prendieran entre las piedras. Quizá es que la muerte dudara de sí misma, de su propio poder ante tan formidables personas que, como Anise, fueron capaces de construir los muros de su casa con las piedras que les arrojaron, y quisiera adelantarse a la fuerza renovadora del equinoccio.
Era Anise Koltz poco conocida en España, a pesar de que en el resto de Europa recibió numerosos e importantísimos premios, por lo que me permito recordar algunos datos biográficos. Nació hace 94 años en Luxemburgo, con ascendencia checa, alemana, belga e inglesa. Empezó escribiendo cuentos infantiles y a mediados de los 60 fue cofundadora de la Academia Europea de Poesía. Empezó escribiendo en alemán, pero, después de que los nazis torturaran a su marido, abandonó esa lengua para escribir en francés.
Sus poemas son breves, rotundos, pura luz para un camino poblado de sinsentidos e insensateces. Martin Heidegger dijo que “tan pronto como un hombre nace, tiene la edad suficiente para morir”. El recientemente fallecido Antonio Gala también se refirió a esa angustia existencial cuando dijo que no debiéramos preguntarnos por qué morimos, sino por qué vivimos. “Murió vivo”, dejó escrito en su epitafio, y también serviría éste para esa mujer que vivió casi prácticamente al completo un siglo tormentoso e inmisericorde, que conoció el amor y el miedo y se dirigió con paso firme por un camino vertiginoso y sin fe hacia un destino que es la nada.
“Andar sin llegar a nada hasta convertirse en camino” Un camino, sí, es lo que sigue ofreciendo aunque ya no esté; un camino verso a verso, como diría Machado, hacia un futuro incierto. “Antes el hombre temía el porvenir –escribió-, ahora es el futuro el que teme al hombre”, y esas palabras revelan la lucidez de quien, a pesar de sus muchos años, no conoció la decrepitud.
Suele describirse su poesía como cruel, pero yo hallo más esperanza, luz y vigor en algunos de sus poemas que en todos los valores convencionales y consignas de autoayuda, como en:
“Mi puerta de entrada proveerá la madera de mi ataúd. Que la posibilidad de lo abierto permanezca”. En sus bellísimos versos no buscaba la belleza o, al menos, no se recreó en la descripción de la misma, yendo siempre más allá, más adentro –como todo poeta hace-, aunque en esa indagación dejó imágenes insuperables:
“El ave en pleno vuelo se arroja contra el sol y lo hace pedazos. Cada atardecer el paraíso arde”. Me siento inevitablemente afín en el amor y la pérdida, pues experimentó ambos en primera persona y era muy consciente de que una muere de la muerte ajena, la de los seres amados, que se convierten en una presencia interior, una voz que resuena desde dentro hasta más allá del Más Allá:
“Mi tumba nunca será demasiado grande. Tengo la cabeza llena de todos los que amo. Necesitaré más espacio para que todos ellos puedan ponerse en pie en cada uno de mis pensamientos”. Su vida no defrauda su obra; no en vano era la presidenta en su país del Pen Club Internacional, la más antigua organización de defensa de los derechos humanos, formada por poetas, ensayistas, novelistas, periodistas, historiadores y escritores de todo el mundo comprometidos con la cooperación intelectual, la independencia de criterio y la libertad de expresión. “Perdemos las respuestas en medio de las preguntas”, escribió, y considero que esta frase lapidaria encierra toda una filosofía sobre la inevitabilidad de la vida y del fin, sobre el poder de la palabra y sus limitaciones, pero, sobre todo, es una imperiosa llamada de atención sobre la necesidad de recuperar, en este mundo asfixiado por mensajes ajenos e imágenes fugaces, la reflexión.
Recomiendo, pues, la lectura de Anise Koltz, pues su voz no ha muerto; quedará para siempre como el canto crepuscular de los ruiseñores:
“Abatid mis ramas. Cortadme en pedazos. Las aves continúan cantando en mis raíces”.     Esther Bajo  

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1 Comments

  • Bestialmente genial, para mí, este «una muere de la muerte ajena, la de los seres amados, que se convierten en una presencia interior, una voz que resuena desde dentro hasta más allá del Más Allá», sin duda una llamada inevitable a sumergirse en la lectura de Anise Koltz. Muchísimas gracias, Esther. Abrazo enorme y ¡salud!

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