
El Cacho no era un asiduo visitante del bar. En los últimos meses apareció por ahí solo dos veces.
La primera llegó como si estuviera desesperado por ir al baño, pero se sentó a la mesa de los jugadores de truco y empezó la historia, tan atropellado, que tuvieron que prestarle atención.
Iba en la chata por el camino de tierra, cuando unos hombrecitos le hicieron señas para que se detenga. Eran medio grises, medio verdes y no hablaban, pero podía escucharlos dentro de su cabeza.
Le comunicaron que sabían que era el mecánico del pueblo y tenían un problema.
Como el Cacho es solidario, aceptó la invitación y subió a la nave. Por supuesto ni el motor había encontrado.
En ese punto ya no lo dejaron continuar, el gordo Omar le soltó —seguro les dijiste que las bujías estaban empastadas.
Esa fue la señal para que todos estallaran con los chistes.
—¿Les aconsejaste que le peguen una aceleradita hasta Júpiter? — preguntó el gordo.
Desde ese día, el Cacho fue bautizado como el marciano. Los pibes del barrio le pintaron un plato volador en el portón del taller y no se lo vio más por el bar. Hasta hoy.
Esta vez entró sacando pecho, como si hubiera ganado la lotería.
Se plantó frente a la mesa de truco, los miró desde arriba y tiró el diario sobre las cartas.
En la portada se leía «Incidente con extraterrestres en Roswell».
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