miércoles, julio 1 2026

Mujeres en femenino y en plural. Grandes mujeres matemáticas por Lucía Pastor Dueñas

Una historia contada a medias

En esta sección de Voces queremos dar a conocer a todas aquellas personas, especialmente mujeres, que no han tenido la relevancia que les correspondía. En otra ocasión hablamos de escritoras; hoy es el momento de las matemáticas, entendidas aquí en un sentido amplio, ya que muchas de ellas cultivaron varias disciplinas.

Durante mucho tiempo, la historia de las matemáticas se ha contado casi siempre con nombres de hombre. Sin embargo, también hubo mujeres que pensaron, calcularon, investigaron y abrieron caminos decisivos para la ciencia.

Maryam Mirzakhani, Hipatia de Alejandría, Emmy Noether, Ada Lovelace, Katherine Johnson, Sofía Kovalevskaya o María Wonenburger no pertenecen a una nota al margen.

Forman parte del centro mismo del conocimiento científico.

Pensar desde los márgenes

Lo hicieron en épocas y lugares muy distintos, aunque muchas compartieron una misma dificultad: tuvieron que demostrar no solo su talento, sino también su derecho a estudiar, publicar, enseñar o ser tomadas en serio.

Durante siglos, a muchas mujeres se les negó el acceso a universidades, bibliotecas, academias científicas o círculos intelectuales. Se extendió la idea de que las matemáticas y el pensamiento abstracto pertenecían al ámbito masculino, mientras que las mujeres debían limitarse al espacio doméstico, la educación básica o las tareas consideradas “propias de su sexo”.

En algunos casos, incluso se llegó a defender que el exceso de estudio podía perjudicar la salud femenina, volverlas “poco apropiadas” para el matrimonio o alejarlas de la maternidad. De ahí que muchas tuvieran que formarse de manera privada, autodidacta o bajo tutela masculina.

Algunas ocultaron directamente su identidad. Sophie Germain, por ejemplo, utilizó un pseudónimo masculino para poder intercambiar correspondencia científica y acceder a materiales de estudio que difícilmente habría obtenido siendo mujer. Sofía Kovalevskaya tuvo que contraer un matrimonio de conveniencia para salir de Rusia y continuar sus estudios en el extranjero, ya que las mujeres tenían enormes restricciones para acceder a la universidad.

También mujeres brillantísimas como Emmy Noether encontraron enormes obstáculos para enseñar oficialmente en universidades, pese a que muchos colegas reconocían su capacidad intelectual. Ada Lovelace imaginó posibilidades para las máquinas antes de que existiera la informática moderna. Katherine Johnson calculó trayectorias fundamentales para la exploración espacial. Emmy Noether transformó el álgebra y la física. María Wonenburger desarrolló una carrera brillante fuera de España y fue reconocida tarde. Mirzakhani abrió nuevos caminos en la geometría contemporánea.

Una cuestión que sigue viva

Esta cuestión no pertenece solo al pasado. Sigue viva hoy y continúa siendo un tema de actualidad. Las cifras muestran que todavía son pocas las mujeres que eligen estudios universitarios vinculados a la ciencia, la tecnología, las matemáticas o la ingeniería. No porque les falte capacidad, sino porque durante demasiado tiempo les han faltado referentes cercanos, visibles y reconocibles: mujeres científicas, matemáticas, ingenieras o investigadoras en las que poder mirarse y reconocerse.

De ahí la importancia de iniciativas como el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, promovido por Naciones Unidas y celebrado cada 11 de febrero. Esta fecha recuerda la necesidad de visibilizar el trabajo de las mujeres científicas y de animar a niñas y jóvenes a acercarse a las áreas científicas y tecnológicas sin sentir que esos espacios les son ajenos.

Recuperar los nombres de quienes estuvieron antes y visibilizar a quienes hoy siguen abriendo camino no es solo un ejercicio de memoria. Es también una forma de ensanchar el futuro, de permitir que muchas niñas y jóvenes puedan imaginarse dentro del conocimiento científico sin tener que sentirse excepción.

Junto a estos nombres reconocidos aparece una pregunta inevitable: si estas mujeres, pese a todos los obstáculos, lograron dejar huella, ¿cuántas otras quedaron silenciadas antes de poder mostrar su talento?

El llamado efecto Matilda nos recuerda precisamente eso: que muchos descubrimientos realizados por mujeres fueron ignorados, minimizados o atribuidos a hombres. Hablar de estas matemáticas no es solo recuperar unos nombres olvidados. Es mirar de nuevo la historia de la ciencia y reconocer que también fue escrita por mujeres, aunque muchas veces se les negara el acceso, la firma, la autoridad y la memoria. Ellas calcularon el mundo desde lugares difíciles, a veces desde el silencio y otras desde la resistencia. Recordarlas es devolverles una parte del espacio que les fue arrebatado y abrir camino para que ninguna inteligencia vuelva a quedar fuera por ser mujer.

@Lucía Pastor Dueñas

@Imagen Pinterest


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