sábado, septiembre 19 2026

El secreto de la gratitud by Jaime Nubiola

“La gratitud es el único secreto que no puede revelarse por sí mismo”. Mientras regresaba en tren de Pamplona a Barcelona venía repetidamente a mi memoria esta frase de la poeta Emily Dickinson a su mentor literario. Me ha conmovido el generoso agradecimiento de mis antiguos alumnos con los que me he reunido y, en particular, de quienes han asistido a las dos charlas que ayer impartí en el colegio Izaga. ¡Qué reconfortante es el agradecimiento y qué poco cuesta!

Sin embargo, parece a veces que a algunos la gratitud les resulta humillante o quizá la dan por descontada, como les pasa a veces a los niños que no dan las gracias o a los viejos cascarrabias que están siempre de mal humor y reciben con áspero desagrado hasta las muestras de afecto. ¡Qué pena esa falta de sensibilidad de niños y ancianos! Todas las madres del mundo se empeñan en que sus hijos aprendan a dar las gracias, pues a base de dar las gracias se hacen agradecidos.

Quienes somos ya adultos hemos de empeñarnos en agradecer los servicios que otras personas nos hacen, aunque sean pequeños: desde el camarero que nos sirve un plato en el restaurante hasta el peluquero que nos corta el cabello, pasando por el taxista que nos lleva al aeropuerto o al que en casa nos acerca algo que necesitamos. No importa que esos servicios sean retribuidos o que sean en el ámbito doméstico: al dar las gracias —y recibirlas— humanizamos nuestra relación, nos hacemos más humanos.

A mí me emociona siempre la gratitud, aunque sea en una película, porque me parece una afirmación radical de la humanidad, de la dignidad de las personas humanas: si uno se fija, puede advertir que no dan gracias los animales por mucha atención que se les preste. De modo semejante, me apena siempre la ingratitud. Sé bien que no es exigible el agradecimiento —eso es parte de su encanto—, pero cuando falta esa correspondencia afectiva, nuestras relaciones humanas se empobrecen mucho, se deshumanizan.

Casi siempre basta una sonrisa amable, un cálido «muchas gracias» y, si es el caso, un abrazo. No es ningún secreto.

Barcelona, 18 de enero 2024


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