El valle estaba envuelto en una espesa niebla, tanto que se podía masticar. El sol era incapaz de hacerse ver aquella maña-
na. Comenzaba a llover y cada vez lo hacía como más intensidad. El suelo alfombrado de verde empapaba cada paso que daba Rosa. Allá a lo lejos, entre la niebla, llegaba a sus oídos el sonido casi imperceptible de unas campanas. No tenía prisa, así que la joven de largos y rubios cabellos decidió seguir el sonido de aquellas campanas. Su instinto le decía que si sonaban campanas era porque había una celebración. Las botas de Rosa cansadas de andar comenzaban separar las suelas del resto por donde ahora entraba el agua sin cesar. Sus cabellos empapados mojaban su blusa azul y de arriba abajo sus tejanos. Las campanas cada vez se escuchaban mas cerca, sólo por ellas se podría adivinar la existencia de una iglesia, una ermita….porque apenas se podía ver más allá de sus zapatos. Cada vez se hallaba Rosa mas cerca del río, la sinfonía de sus aguas envolvía todo el espacio de una manera muy especial. Así, mojada de cabeza a pies, continuaba su camino.
Casi sin darse cuenta, Rosa se halló ante una pequeña construcción de piedra.
Frente a la mirada clara de Rosa, cuatro columnas adosadas de dos en y rematadas con hermosos capiteles vegetales. La niebla no permitía ver más.
En el interior, el más absoluto silencio. Y además ni un alma había allí dentro. Sólo un banco de piedra frente al altar. A am-
bos lados de éste dos estrechas ventanas y, junto a éstas, dos pétreas y erosionadas esculturas. La representación de San An-
tonio y de la Virgen con el Niño. El ara era también de piedra. Rosa entró extrañada al no ver a nadie. Caminando despacio se acercó al altar dejando en el camino un gran reguero de agua. Rosa se arrodilló y alzó la mirada hacia la Virgen con el Niño Jesús en el regazo ,y también encontró ésta el rostro sereno de San Antonio que esbozó una leve sonrisa.
Así, mojada como estaba se aisló por completo, no escuchaba ni siquiera las campanas que misteriosamente continuaban sonando. Con voz queda comenzó…
Dios te salve, María…
En ese instante, dos pequeñas velas situadas bajo las imágenes se encendieron solas. No sólo eso, los pétreos ojos de la Virgen comenzaron a brillar y también los del Niño Jesús. Los escasos colores que aún conservaba de su policromía original se hicieron más intensos. Poco a poco y según Rosa continuaba abstraída en sus oraciones la estancia se iluminaba más y más. Las paredes desnudas aparecían ahora con medía docena de cuadros. Frente a Rosa y sobre el ara, aparecía un crucifijo tallado en madera. Su Cristo miraba al cielo mientras la sangre que discurria por su cuerpo parecía licuarse. Mientras ella continuaba orando sus cabellos y su ropa comenzaron a secarse. No sentía frío alguno, aún más sentía calor. Las campanas de la espadaña seguían repicando, llamando a misa…el aire se había llenado de aroma a incienso y el tintineo del incensario se percibía como único sonido en el interior de la ermita mezclándose en las oraciones que Rosa verbalizaba de manera casi imperceptible en comunión con aquellas imágenes que parecían volver a la vida, a la vez que la llama de las velas se movía sin que se notara brisa alguna.
Las campanas cesaron su sonido, en el exterior no llovía, la niebla desaparecía por momentos y el sol de mediodía se colaba por las ventanas de la ermita.. Los intensos rayos alcanzan cada una de las imágenes que vuelven a su estado habitual, del crucifijo de madera ya no manaba sangre y éste, en medio de la nube creada por el incienso se elevó al cielo. Las paredes de piedra de nuevo desnudas sin cuadros. La ropa y las botas de Rosa continuaban secas al tiempo que ésta salía de su abstracción sentándose en el único banco.
Llamó la atención de Rosa el sonido de unas gaitas que se aproximaban a la ermita. Se acercó a la puerta y para su sorpresa un numeroso grupo de gente llegaba acompañando a la música. Parecía una romería. Las campanas volvieron a sonar como de costumbre aunque los huecos de la espadaña estaban vacíos, no había campanas….
Rosa no recordaba nada, tan sólo que había entrado en la ermita para rezar aprovechando que la puerta estaba abierta. Se notaba distinta en su interior, pero muy bien como más viva. Sin saber porque, desde aquel día Rosa comenzó a visitar la ermita cada siete días exactos. Sus pies, su cabeza y su corazón la guiaban a aquel hermoso lugar lleno de paz, de la más absoluta quietud y recogimiento.
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