El siguiente relato lo he escrito esta misma tarde. Y todavía no sé de qué va, irá surgiendo a medida que lo escriba. Sólo sé que es mi relato número ocho en Masticadores y que se titula “En el bosque”.
En el bosque
Los padres no nos dejaban ir al bosque. Decían que allí había un monstruo. ¿Qué es un “monstruo”? Nunca nos lo dijeron. Podría ser un dragón o una serpiente gigante. O, tal vez un lobo que se comiera a los niños. Nunca lo supimos. Sólo nos prohibían ir al bosque.
Así que Clak y yo decidimos que era hora de investigar. Y trazamos un plan. Un plan infalible. Saldríamos por la noche y no se lo diríamos a nadie.
La noche es el mejor momento para las aventuras. Yo llevaba mi navaja multiusos y Clak cuerdas. Si cazábamos al monstruo tendríamos que atarlo. Y traerlo como trofeo para demostrar nuestra hazaña. Hacía frío y estaba empezando a nevar.
Cuando entramos en el bosque Clak encendió la linterna. Pero yo le dije que la apagara. El monstruo no debe darse cuenta de que entramos en sus dominios, tenemos que cogerle por sorpresa. Al cabo de unos minutos nuestros ojos se acostumbraron a la penumbra y pudimos adentrarnos en la espesura. Sin hacer ruido, en silencio.
Llevábamos un rato caminando entre los árboles, suficiente como para saber que nos habíamos perdido. No teníamos ni idea de cómo volver a casa, y el frío era cada vez mayor. Cuando, de pronto escuchamos un murmullo, como un tarareo. Me recordó a mi tío cuando prepara la sopa, que tararea una melodía extraña. Creo que le ayuda a concentrarse en la cocina.
Unos pasos más adelante vislumbramos un resplandor. ¿Sería el monstruo? Avanzamos un poco más, redoblando nuestro sigilo, evitando el más mínimo ruido. Detrás de unos matorrales lo vimos. Una vaguada, un claro del bosque, una cabaña de madera y una hoguera junto a un montón de cachivaches esparcidos por el suelo. El viejo llevaba un sombrero de piel y fumaba una pipa mientras tarareaba algo parecido a una canción.
- Acercaos, muchachos. Acercaos a la lumbre si no queréis que se os congelen las manos. —Nos dijo el viejo sin dejar de hacer lo que fuera que estuviera haciendo—Hace tiempo que no recibo visitas. Hoy seréis mis invitados, ¿Os apetece una sopa para entrar en calor? Creo que tengo también algo de chocolate. A los chicos os gusta el chocolate ¿Verdad?
Nos acercamos despacio, sospechando lo peor. Yo sujetaba con fuerza la navaja, dentro del bolsillo del abrigo. Nos sacó dos taburetes para que nos sentáramos y fue entonces cuando por fin le vimos la cara. Casi totalmente cubierta por una poblada barba y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda. A pesar de su aspecto salvaje, sus tristes ojillos nos tranquilizaron. Eran los ojos de un anciano que ha sufrido mucho en la vida.
La sopa estaba buenísima, mejor, mucho mejor que la de mi tío. Mientras cenábamos, el viejo nos contó la historia del “monstruo”, un viejo oso que atemorizó a la comarca en tiempos de nuestros abuelos. Todo el que se adentraba en el bosque desaparecía, no se volvía a saber nada de él. Ni rastro. Los lugareños supusieron que era el oso el que los devoraba. Contaban historias terribles de la crueldad con la que el “monstruo” despedazaba a sus víctimas antes de dar buena cuenta de ellas.
- Pero del oso ya no queda más que la piel. Una vieja piel con la que me abrigo las noches de invierno. Y cuando salgo a cazar venados, porque me sirve de camuflaje. ¡Ja, ja, ja! ¿Os siguen asustando en el pueblo con las historias del “monstruo”? ¿Todavía siguen con eso? Mejor, así me dejan en paz los curiosos. Prefiero vivir solo, a mi manera, sin dar cuentas a nadie.
Se estaba haciendo tarde y Clak y yo decidimos que ya era hora de volver a casa. El viejo nos dio agua y unas galletas para el camino. Y nos indicó cómo volver sin perdernos. Le agradecimos el trato amable, la cena y las historias del oso, y nos dijo que volviéramos cuando quisiéramos para seguir hablando, que seríamos bien recibidos. Pero que no dijéramos a nadie que le habíamos visto ni que habíamos hablado con él.
La vuelta no fue tan fácil como nos dijo el viejo. Clak encendió la linterna y yo deseé haber traído la brújula que me regalaron en Navidad. Seguimos caminando un buen rato pero todos los árboles parecían iguales, todos los matorrales, el mismo matorral. No se veía la luna ni las estrellas. Estoy seguro de que caminamos en círculos porque acabamos volviendo al claro de la cabaña del viejo.
Pero el viejo ya no estaba, y la hoguera estaba apagada. Yo estaba muy cansado y le dije a Clak que lo mejor sería pasar la noche en la cabaña. Y esperar a que amaneciera y poder volver con la luz del día. Entramos en la cabaña, había un camastro en el que me recosté y quedé profundamente dormido. Es lo último que recuerdo.
No sé cuanto tiempo ha pasado. Ahora vivo solo en la cabaña. Ni rastro del viejo ni de Clak. Todos los días salgo a caminar por el bosque. Ya he perdido la esperanza de encontrar la salida. Por mucho que camino, el bosque nunca termina. Voy dejando marcas y tomando referencias para no caminar en círculos. De día me guío por el sol. Ya he caminado todo lo posible hacia el sur, y hacia el norte, y hacia el este y el oeste. Es inútil. Es imposible salir del bosque.
He aprendido a cazar y tengo una pequeña huerta con lo que el viejo dejó plantado. Y hay un manantial justo detrás de la cabaña. Tengo la esperanza de que en el pueblo sigan contando la leyenda del “monstruo” y, tal vez, un par de niños curiosos se adentren en el bosque. Y traigan una brújula o un teléfono móvil o dejen miguitas para volver. Porque si no… me los tendré que comer
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