Diré una verdad incómoda: La cultura del esfuerzo es un cuento que nos vendieron de pequeños y que hemos creído por mucho tiempo. A lo largo de la vida vamos comprando los cuentos que nos dicen y uno de los más dañinos es el de la cultura del esfuerzo. Si hago mis deberes y estudio sacaré diez y eso me asegurará la entrada a una buena Universidad. Si saco buenas calificaciones seré un profesionista exitoso. Si me mato en el trabajo conseguiré un ascenso. Si hago bien mi trabajo ese trabajo se verá recompensado tarde o temprano. Mentira, tras mentira, tras mentira, tras mentira.
Basta ver los políticos de cualquier país para saber que no siempre los mejores, los más trabajadores, los más esforzados son aquellos que se encuentran en la cúspide de la pirámide. A veces es mucho mejor estar en el lugar correcto, a la hora correcta y conocer a una persona que te cambiará la vida, que te dará una oportunidad no tanto por tus méritos, ni por tu potencial, sino por cualquier cosa subjetiva.
En realidad, pocos jefes valoran tener un colaborador más capaz, pues al primer indicio piensan que son una competencia contra la que difícilmente ganarán, pero la realidad no es así. La cultura del esfuerzo es uno de esos mitos que hemos repetido tantas veces que parecen reales. Esto se debe a que nos han vendido el que tenemos el control sobre nuestras vidas, pero nada más alejado de la realidad. No decides dónde nacer, ni quién será tu primera familia, no decides la genética que hay en tu ADN y que te predispondrá a distintas enfermedades, ni tampoco puedes decidir sobre los sentimientos —aunque habrá quien diga que tenemos que reprimirlos y que es la cultura del sentimiento la causante de todos los males—.
En realidad, ni si quiera podemos controlarnos a nosotros mismos. No controlamos nuestra forma de pensar o de sentir. Quién puede controlar el dolor ante la muerte de un ser querido o el amor que se siente por una madre. Quién puede controlar el pensar mal sobre alguna cuestión moral o el pensar bien sobre los inventos de la ciencia. No eso no lo podemos controlar. Lo que sí se puede controlar es la acción y la inacción -que en sentido estricto es otro tipo de acción.
No podemos controlar a los otros, ni nuestros pensamientos, ni nuestros sentimientos, mucho menos el actuar del otro o sus pensamientos o sentimientos. No podemos controlar si lloverá o si habrá un accidente de tránsito, ni si terminará la guerra de Rusia y Ucrania, ni si una persona nos abandonará u otra nos traicionará, hay tantas cosas que no podemos controlar… por eso no podemos permitir que las cosas que no controlamos nos controlen a nosotros. No podemos permitir que aquello que no está en nuestras manos envenene nuestra mente y nuestro corazón. Lo que podemos controlar son nuestras acciones y omisiones. De ahí la gran importancia de la ética.
Ciudad de México, 7 de marzo 2024
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* Teresa Esteban es escritora (terestber@gmail.com).
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