El Hombre Silueta era sus extremos. Para él el fondo era la forma y comprimía todo, dentro y fuera, sobre su fina piel. Su sombra, que estaba vacía, era solo la línea de su contorno y, cuando tenía sed, lo que bebía era el cristal, dejando al aire el agua con forma de botella. Además, como una recta que vista de frente parece un punto, el Hombre Silueta no era una sola persona, sino la acumulación de infinitas puestas en fila. Aquel hombre, que por tanto era humanidad, además de vacío resulta que estaba solo.
La manera más exacta de definir a la Mujer Universo era por lo que no era. La delimitaba la gente que no la conoció, lo que jamás hizo en su vida, lo que ni siquiera tuvo ocasión. Su silueta era el universo con su perfil recortado y todo lo ajeno a ella lo llevaba guardado en su interior. Ella era en sí misma el contraejemplo de su existencia.
Un día se encontraron. Ella con su interior de noche lo envolvió y él le enseñó las caricias. Se enamoraron pero no podían estar juntos: aunque encajaran perfectamente sus límites se lo impedían. Apasionados, los rompieron y, como un globo al pincharse, dentro y fuera se fundió al instante. Al integrarse el uno con el otro, ella quedó embarazada.
Juntos dieron vida a una nueva forma de ser.
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