Volver a la infancia suele proporcionarme cierta lucidez. Gracias a que todavía conservo una buena memoria episódica y a que no me cuesta, en absoluto, evadirme a ese lugar recóndito donde residen mis momentos más entrañables, puedo regresar a mis primeros coqueteos con el cine, con el de verdad. Y recuerdo esas noches de invierno, cuando me quedaba con mi abuela materna al calor del brasero e inventaba mil historias, que ella escuchaba con infinita paciencia. Una de las veces, jugábamos a las cartas, mientras el sonido de la televisión nos acompañaba. Algo llamó nuestra atención y ambas nos quedamos absortas, mirando la pantalla. Era una película, pero no tenía nada que ver con las que yo conocía. Nos acomodamos y así, entre comentarios y preguntas curiosas, mi abuela y yo disfrutamos de un clásico de suspense italofrancés. Ninguna de las dos nos fijamos en el título, ni en el nombre de la actriz principal; tampoco, en el director. Pasado el tiempo, llegué a obsesionarme con ese film. Quería dar con él, volver a visionarlo, pero mi descripción no bastaba para acertar en la búsqueda. Después de quince años, me interesé por François Truffaut y, por fin, me reencontré con “La novia vestía de negro” (1968) y con Jeanne Moreau.
Jeanne Moreau (1928-2017), considerada por Orson Welles como “la mejor actriz del mundo”, nació en París y comenzó su andadura teatral en 1947. Participó en obras como “Pigmalión”, “La gata sobre el tejado de zinc caliente”, “La noche de la iguana” y “La máquina infernal”. Hizo más de ciento treinta películas, destacando como musa de la nouvelle vague francesa y trabajando con cineastas célebres; entre ellos, Louis Malle, Jacques Demy, Roger Vadim, Jean-Louis Richard y el ya mencionado François Truffaut, con quien también rodó la controvertida “Jules et Jim” (1962). De igual modo, con Marguerite Duras, Agnès Varda, Michelangelo Antonioni, Luis Buñuel, Peter Brook, Elia Kazan, Rainer Fassbinder, el mismo Orson Welles y una larga lista.
Hasta cumplir los ochenta estuvo unida a la interpretación cinematográfica y, sin duda, protagonizó grandes obras que marcaron un antes y un después. “Ascensor para el cadalso” (1958), impactante y angustiosa a partes iguales, y “Moderato cantabile” (1960), que le valió su primer reconocimiento en Cannes; “La noche” (1961), ganadora del Oso de Oro en el Festival Internacional de Cine de Berlín, o “Los amantes” (1962), con una escena final que provocó el escándalo en ciertos círculos conservadores. Así mismo, “Diario de una camarera” (1964), donde la lucha de clases y el fetichismo se dan la mano, o “Nikita” (1990), dirigida por Luc Besson.
Fue la primera actriz francesa en ser portada de Time, en 1965, y jurado en repetidas ocasiones en diversos festivales de carácter internacional. No sólo se atrevió con el teatro y el cine, también colaboró en cortometrajes y en series de televisión, como narradora en un videojuego; y popularizó canciones como “Oú-vas tu Mathilde”, con su voz sensual y perfectamente afinada. Sin embargo, puede que su faceta de guionista y directora pase más desapercibida, ya que podemos nombrar apenas tres películas. Sólo rodó “Lumière” (1976), en la que reunió a Lucía Bosé, Francine Racette y Caroline Cartier para recrear una conversación sobre sus experiencias; “La adolescente” (1979), que escribió conjuntamente con Henriette Jelinek y donde contó con la presencia de Simone Signoret; y “Lillian Gish” (1983), durante su estancia en California, cuando entrevistó a la legendaria actriz y de ello surgió un documental. Ella pretendía continuar con sus filmaciones, pero no pudo hacerlo por falta de apoyo y financiación. En 2005 fundó una escuela de cine en el oeste de Francia, Les Ateliers d’Angers; y con anterioridad, ayudó a jóvenes cineastas, guionistas y a producciones de autor, a través de la Commission d’avances sur recettes y de la Fundación Equinoxe.
Desde los dieciséis años, al asistir a una representación en el París ocupado por los nazis, quiso ser la Antígona que se enfrentaba a los dioses y gritaba lo que otros silenciaban. En algunas de sus entrevistas confesó que se negaría a aceptar papeles donde tuviera que interpretar a mujeres decadentes, solas, alcohólicas, suicidas, por el simple hecho de haber llegado a la menopausia y no constituir un objeto de deseo. Al parecer, este fue el motivo que le llevó a rechazar a la señora Robinson en “El graduado” (1967) y a la enfermera Ratched en “Alguien voló sobre el nido del cuco” (1975). En 2006, aseguró que, aunque en el cine actual existía una amplia variedad cultural, detectaba en los creadores cierto miedo a la originalidad y una marcada resistencia a los cambios. Además, declaró que la tendencia de la industria se encaminaba hacia el mercado, obviando la calidad. No obstante, creía que todo esto pasaría y que la minoría acabaría imponiendo su opinión, como sucede siempre.
Se caracterizó por dar la espalda a las convenciones y fue el símbolo de una nueva feminidad, del erotismo inteligente, que iba más allá de lo puramente estético. Al recibir el Premio Donostia en el Festival de San Sebastián (1998) insistió en que su belleza residía en su curiosidad por la vida. Peter Lindbergh la fotografió con setenta y cinco años, como una oda a la transformación del físico y a la libertad que concede la edad. Su retrato contiene un monumento a la cultura, sin retoques, con manchas en la piel y maquillaje imperfecto; la valentía de mostrarse tal cual era.
Aún tengo presente ese 31 de julio de 2017, cuando volvía de la playa y escuché la noticia de su muerte. Su inimitable voz, ronca y grave, se apagó; pero no su legado, ni su recuerdo. Para ella, el cine no fue su carrera, sino su vida.
María Rodríguez Velasco. Escritora y actriz.
Nace, crece y, actualmente, vive en Aceuchal, un pequeño pueblo de la provincia de Badajoz. Licenciada en Psicología por la Universidad de Salamanca y Máster en Neuropsicología y Educación por la UNIR. Colabora en la revista cultural digital Amanece Metrópolis reseñando obras de teatro, novelas y poesía; también, ha participado escribiendo relatos cortos en la sección de bloggers de la Editorial Acto Primero. Es integrante de la Asociación Acebuche-Teatro desde hace más de una década y ayudante de dirección en su cantera infantil. Ejerce profesionalmente como orientadora en los Equipos de Orientación Educativa y Psicopedagógica de la Junta de Extremadura, en diversos centros.
Apasionada del cine, la música, la lectura y el teatro, que le han aportado sosiego, sentido común y horizontes infinitos donde proyectar sueños y realidades posibles. La interpretación y el escenario le han permitido viajar lejos y profundizar en las entrañas de muchos personajes; en definitiva, explorar la inteligencia emocional.
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