domingo, julio 5 2026

RECUERDOS DE UN AMOR by Daniel Cuñarro Bango

     Santi entra en la cocina y apoya la cadera contra la mesa. Dana está fregando su taza de café y no se molesta en mirarlo. En otro tiempo hubiera abrazado su cintura, habrían reído juntos y hecho el amor allí mismo.

     —¿Se puede saber por qué has colgado el Papá Noel de la ventana? —dice Santi. Dana cierra el grifo y se seca las manos como si no lo tuviese al lado —. ¿Me estás escuchando?

     —Claro que te estoy escuchando —dice Dana —. Pero no me gusta que me griten.

     —No te estoy gritando. —Dana sale al pasillo y Santi la sigue. En el ángulo que hay detrás de la puerta principal, junto al zapatero, alguien ha montado su árbol de Navidad. Las luces parpadean y se reflejan en bolas y espumillones. La estrella está inclinada hacia la derecha porque nunca han sido capaces de enderezarla.

     —¿De qué coño va esto? —dice Dana.

     —No sé, dímelo tú.

     —¿Yo?

     —Si yo no he puesto el puto árbol ya me contarás.

     —Estás loco tío.

     —No sé qué pretendes con todo esto, pero me ca… —Calla porque en el salón empieza a sonar un villancico. Se giran en su dirección e intercambian una mirada significativa. Dana se pega a Santi y él, sin pensarlo, la toma de la mano porque hay alguien en el salón. Alguien que no debería estar ahí. Dana no rechaza su tacto y enlaza los dedos con los suyos. Santi da un paso hacia el salón y Dana lo retiene. Luego lo deja ir y camina tras él. Se asoman al salón y no están preparados para lo que ven: de las paredes, de los muebles y del techo cuelgan las bolas, osos y guirnaldas que deberían estar guardados en una caja del desván. Del hilo musical suena White Christmas y la llama de la vela que, por tradición, siempre es roja, permanece encendida.

     —¿Qué está pasando Santi? —dice Dana. Santi guarda silencio porque no sabe qué decir. Apaga el reproductor y el silencio es mucho más inquietante. Siguen unidos por las manos y a ninguno parece molestarle. Desde la cocina les llega el sonido de una risa grave y chirriante, envejecida por el tabaco y el alcohol. Le acompaña una tormenta de cascabeles que no suenan alegres ni cantarines.

     —¿Habéis sido buenos mis niños? —dice una voz igual de rota que la risa —. Porque aquí tengo vuestros regalos. Solo tenéis que venir a buscarlos.

     —¡Corten! —dice el director. Dana se aparta de Santi y él siente el peso de su ausencia. Cierra la mano con la que sostenía sus dedos porque carece de sentido esperarla —. Empezamos de nuevo ¿vale? —El director se acerca a Santi y él ve que Dana pide un café —. Cuando entres a la cocina tienes que estar confuso y enfadado. Ya no os amáis, y que tu novia haya colgado un Papá Noel en pleno verano te abruma. —Detrás del director un asistente ofrece a Dana un vaso de cartón. Dana sopla antes de dar el primer sorbo y aún así tuerce los labios en una mueca de dolor. Santi pierde el hilo de las palabras del director hasta que le golpea la espalda —. Pues vamos allá. —El director ocupa su lugar junto a las cámaras y Dana se limpia los labios antes de entrar en la cocina. Quizás en otra vida Santi hubiera podido abrazarla, reír con ella y hacer el amor. Se acerca a la ventana de la que cuelga Papá Noel y mira al exterior con tristeza porque allí hasta el sol que brilla en el cielo es irreal.


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