Daniel es un devorador de tiempo. A puñados, con el exceso de saber que nunca va a acabarse, se lo mete en la boca como una tarta pantagruélica. Con todos los sentidos reunidos en las papilas gustativas se empalaga y traga, oyendo el susurro del deslizamiento de los segundos, el tacto rugoso y pesado de las horas en el estómago. El dichoso tiempo de sabor brillante, entre dulce y amargo, por mucho que quiera contenerlo en la punta de la lengua.
Pero desde que este se ha vuelto arena los banquetes se han transformado en otra cosa. Son una emergencia, un sin fin alarmante que no puede disfrutar.
Ya no es una tarta, un bizcocho, una masa indeterminada, es una serpiente comestible que haga lo que haga se le escapa entre los dedos de las manos y los pies. Daniel abre más la boca, gesticula, trata de sorber, de recoger lo que se resbala por la barbilla y cuanta más ansia y obsesión muestra se escapa más y más. Justo de ahí nace la desesperación, sólo se fija en lo que se marcha en vez de lo que se come y se da cuenta del desierto que se ha creado a su alrededor.
Inma le daba toques en el hombro, Sergio directamente le tiró balonazos, sus padres le gritaron, pero se cansaron, desaparecieron reducidos a sombras hasta que las dunas, sin más, los ocultaron.
Daniel sigue a lo suyo. Con el tiempo entre los dientes, sobre todo cuando el siroco tapiza el aire de rojo, y lo mastica y chirrían entre ellos, en un intento de sacarle la sal que antes le alegraba tanto y ahora apenas percibe.
¿Eso ha sido todo? ¿Un exceso culinario caducado?
No, sabe que así no va a poder contener el tiempo, la arena no se puede guardar dentro de él hay que buscar otros recipientes. ¡Guardadlo en esferas transparentes! ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Perlas temporales. Un collar que se puede enrollar sobre sí mismo para ahorrar espacio y jugar con sus formas, como los océanos están llenos de plástico tiene a mano el material que necesita para reunir el tiempo e impedir que se le escape.
Y como Daniel es concienzudo, y es lo que lleva haciendo toda su vida, dedica su tiempo en contener el tiempo. Crea un museo de bolsas, botellas, bolas, macetas, de recipientes plástico de todos los tamaños y formas rellenas de arena de segundos, horas, años…Todas apretujadas, todas como joyas doradas que imitan la cola de las serpientes cascabel cuando las agita cerca de su oído.
Pero no hay plástico suficiente, no hay manos, no hay tiempo para abrazar al tiempo.
Y Daniel ya anda encorvado, le cuesta estirar los dedos y los ojos no son muy fiables. Descorazona ver el mismo paisaje, después de tanto, después de limpiar el fondo de los mares el desierto sigue perfilando el mismo horizonte de dunas inalcanzables.
Daniel está cansado, no puede continuar más, las piernas se lo impiden así que deja que el tiempo se pierda, que le rodeé sin más. ¿¡Quién se lo iba a decir!? Recuerda en cambio caras, recuerda la velocidad de sus pasos, ahora en cambio tan torpes, y elige un espacio, un buen lugar donde sentarse, uno entre sol y sombra. Y por primera vez admira el color, el simple hecho de estar mientras un agradable calor le sube por la espalda y una lagrima le escuece por dentro.
Anabel 9Jul24.
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