Marina por Ricardo Mazzoccone

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Marina no había salido de su casa en meses. Estaba deprimida y ya nada le importaba.

Nadie imaginaba el dolor en el alma que le habían dejado las pérdidas.

Solo respiraba, pensaba y no podía entender como su vida se había derrumbado.

Una mañana Gerardo, su esposo, salió para ir a trabajar y nunca regresó. Las autoridades lo
declararon desaparecido pues no pudieron dar con su paradero.

Estuvieron casados nueve años. Su alma quedó maltrecha, su cabeza llena de preguntas y su vida se cargó de miedos.

Al poco tiempo, su madre rodó por la escalera. La operaron pero no sobrevivió. Tenía ochenta años. Su padre había muerto años antes y su hermano se había ido a Bélgica a trabajar.

A pesar de todo, siguió adelante como pudo.

Meses más tarde se quedó sin trabajo ante las inasistencias reiteradas. Su voluntad se arrastraba por el piso. El día la despertaba con un sólido dolor en el pecho que le pesaba mil kilos. Se levantaba cuando podía, deambulaba como un alma en pena por la casa y se volvía a acostar para mirar por la ventana como la vida pasaba.

El otrora orgulloso hogar se convirtió en una tapera, oscura, sucia.

Cuando se le acabó el dinero, dejó de pagar la luz y el gas. Comía lo que podía, remendaba su ropa,
vegetaba todo el día y se enfrentaba al dolor cada noche, a la luz de una vela, de la luna o del farol de la calle.

Una mañana, Marina amaneció tirada en el piso de su cuarto… Cuando despertó, se levantó con prisa y fue a saludar a sus padres. Entró corriendo y a los gritos en la habitación. Voló sobre la cama.
Comenzaron los besos y las risas.

Pero faltaba alguien…Llegó un minuto después y se unió al festejo del nuevo día Rufus, su perro.
Su madre se levantó para preparar el desayuno.

La niña se quedó con su padre y el perro, jugando.

Unos minutos después estaban todos en la cocina, tomando su café con leche humeante y comiendo las
tostadas con manteca y dulce de durazno.

Conversaron animadamente mientras Rufus, que estaba debajo de la mesa, comía lo que le daba Marina.
Por ser domingo, su madre prometió fideos caseros con estofado de pollo y flan de postre.

—¿Puedo ayudarte, má?

—No, mi amor, sos muy chiquita y tengo miedo que te ocurra algo en la cocina. Andá a la vereda a jugar un rato. Seguro que alguna amiga tuya ya salió.

La niña abrazó a su madre, corrió a tomar unas tizas de su cartuchera para jugar a la rayuela y salió a la calle, feliz. Decidió sacar algunos globos que habían quedado de su cumpleaños días atrás. Ya en la vereda, Marina se quedó inmóvil. No podía creer lo que estaba viendo. Entró a su casa llorando y a los gritos.

—Mamá, mamá, afuera no hay colores, mamá. Todo se volvió gris, el cielo, las paredes, todo es gris…Es cómo en la película que miraban ustedes ayer sobre el fin del mundo…

Marina despertó.

Se levantó frotándose la nuca. Su cabeza había golpeado con el piso. Salió de su cuarto y fue al baño a lavarse. Buscó algo para el dolor pero no tenía una maldita aspirina, siquiera.

Se vistió con lo primero que encontró y salió a la calle recordando el sueño de cuando era pequeña.
Se encontró con un desierto de cenizas y soledad. Las casas habían ardido en algún momento de la noche. Solo ruinas había.

El cielo temblaba con los humos y las sombras. El viento prefirió quedarse quieto. El desagradable olor a quemado se metía en las venas.

Antes era un barrio desangelado. Ahora, un lugar perdido en la nada. La mujer corrió a su casa que había sucumbido al fuego, también. El grito desgarrador no se escuchó en ningún lugar.

Y volvió a gritar y lo hizo otra vez…otra vez…otra vez…

Despertó en el piso del baño y allí se quedó, sin pensar pues nada cabía en su mente.

De pronto escuchó el largo quejido de la puerta principal.

—Alguien entró—Susurró.

Rápidamente se escondió detrás de un armario. Escuchó pasos. El miedo comenzó a rugir dentro de su cabeza mientras su cuerpo temblaba.

—Marina, Marina…¿Dónde estás?—Se escuchó. La mujer no reconoció la voz.

—Soy yo, Gerardo.

La mujer irrumpió en llanto y salió de su escondite para abrazarlo. Se aferró a él como cuando alguien se aferra a una roca para no caer al precipicio. No dejaba de gritar y llorar.

—¿Dónde te habías metido? ¿Por qué me dejaste sola? Estoy volviéndome loca, mi amor.

—Tranquila cielo, ya estoy acá. No te preocupes por nada. Vamos a la cama, necesitás descansar.
Fue entonces que la tomó de la mano y lentamente la condujo al cuarto.

—Prométeme que nunca más te vas a ir, por favor.

—Te lo prometo.

Pero cuando pasaron por la cocina, Marina vio su cuerpo tirado en el piso.

El terror la invadió. Corrió hacia la ventana y afuera no había nada, solo oscuridad y silencio…
Cuando abrió los ojos, pudo verse en una cama enorme. También así era el ventanal por donde entraba el cielo.

Miró a su alrededor y allí estaba Gerardo, durmiendo en un sillón. En ese instante, entró su madre al cuarto.

Al verla con los ojos abiertos, despertó a Gerardo quien saltó hacia la cama para abrazarla.

—Hola, mi amor, ¿Cómo estás?

Su madre lagrimeaba.

—Bien, no sé. ¿Qué hago aquí? ¿Qué me ocurrió?

—Tuviste un accidente en el cuarto. Te caíste y te golpeaste con la mesa de noche. Te fracturaste el cuello.

Siempre te dije que de mármol eran un peligro.

La mujer se paralizó.

—Eso quiere decir que…?

—Si amor. Ahora estamos todos juntos otra vez.

—Pe…¿Pero eso quiere decir que vos también…? No fue que me abandonaste.

—No, como voy a hacer eso si sos el amor de mi vida. Esa noche estaba triste y preocupado porque me
habían despedido del trabajo. Iba caminando por el puente cuando un borracho se subió a la pasarela, me atropelló y me tiró al río. El agua me llevó lejos. Eso es lo que ocurrió. Pero bueno, ya pasó…Amor…Nos tenemos que ir.

La mujer sonrió, se levantó y se sintió liviana como una nube. Antes de salir a la calle, se paralizó.

—¿Saben? Tuve unos sueños muy extraños.

—Si, soñaste con el pasado y el futuro. Y este es tu presente. Aquí el tiempo no entra, los relojes están detenidos. No debés preocuparte por nada. Gerardo y su madre la tomaron de la mano y la puerta se abrió. La luz la cegó.

Cuando pudo ver, el barrio, la calle, las casas no estaban. Delante de ella solo había un jardín brillante, pletórico de luz, flores, aves…

—¿Y Rufus…?

No terminó de preguntar que lo vio montado sobre el viento, corriendo hacia ella con la alegría de
siempre.

@Richard/24.- Ricardo Mazzoccone cuento e imagen


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