Una niña rubia le da unas flores a su abuelita y un muchacho guía a la suya de la mano, mientras otros abuelitos arrastran un carrito de bebé y uno lleva la bicicleta del nieto a hombros. “Gracias, abuelos”, se puede leer al lado de esta imagen tan tierna que el artista Paco Roca pintó en la estación de Plaza Castilla por encargo de Metro de Madrid. Es un mural precioso, de ocho metros de largo, en el que da gusto ver a esos viejecitos con gorra y esas viejecitas con collar de perlas. Se trata, según la información oficial, de un “homenaje al conocimiento, el esfuerzo y el cariño que nos brindan las personas mayores”, y bien lo merecen teniendo en cuenta que, a fecha de enero de 2023, habían muerto más de 34.000 personas en las residencias de ancianos, el 67 por ciento de todas las muertes por COVID 19. Si ese dato es estremecedor, ¡qué decir del hecho de que en Castilla y León los fallecidos fueran casi la mitad de los residentes (el 49,1%) o que el 76 por ciento de los fallecidos en las residencias de Madrid no fueran trasladados a los hospitales!, según datos de la propia Comunidad.
Muchas de esas víctimas habían sido, pocos años antes, las que sacaron el país adelante tras la crisis financiera e inmobiliaria de 2008 –dato que a menudo olvidamos-, pues tuvieron que poner sus pensiones a disposición de sus hijos para sobrevivir durante unos años en los que en más de un millón de hogares todos los adultos se quedaron en el paro, más de dos millones y medio de personas cayeron en la pobreza severa y fueron expulsados de sus hogares y la pobreza infantil creció un 56 por ciento, mientras se reducían drásticamente los gastos sociales (del 12,7 por ciento del PIB al 10,5 en 2016).
Aprecio el homenaje a los abuelos como personas que cuidan y son cuidadas, parte aún del engranaje productivo porque hacen posible que los padres y madres trabajen y sus nietos consuman, pero, por una parte, los cuidados que reciben no suelen ser de hijos y nietos, sino de mujeres inmigrantes, a menudo sin papeles, que, en casi la mitad de los casos, trabajan sin contrato ni, por tanto, derechos laborales, y salarios que son un 40 por ciento más bajos de lo que correspondería al sector. Puedo decir que conozco a varias personas que han elegido a esas mujeres para cuidar de sus padres y, al mismo tiempo, aúllan contra la inmigración y abogan por limitarla y aún por devolver a su país a todos los irregulares, en un caso flagrante de hipocresía y sinsentido.
Les gustará saber que, según las últimas proyecciones de población del INE, cuando ellos envejezcan habrá seis millones de españoles con más de ochenta años, de los cuales 54.000 tendrán más de cien. Un tercio de los hogares españoles estará formado por una sola persona y, en la mayoría de los casos, esa persona será un anciano que puede morirse con la tranquilidad de haber mantenido a salvo su identidad patria, quizá musitando una jota, pero nadie lo sabrá porque su cadáver no se encontrará hasta que no empiece a descomponerse y el hedor alerte a los vecinos. No hay muchos datos al respecto, pero sí que está ya sucediendo a más de cien personas cada año sólo en Barcelona, según los bomberos de esa ciudad y, de hecho, ya han aparecido en España varias empresas que se dedican a lo que llaman “limpiezas traumáticas”, es decir, a reacondicionar los domicilios en los que encuentran los cadáveres para que puedan reutilizarlos sus herederos; el servicio cuesta entre 500 y 6.000 euros y es muy activo en verano, cuando “hace más calor y huele más”, según cuenta el responsable de una de ellas, DEP Limpiezas Especiales, en un artículo de El Confidencial.

En segundo lugar, preferiría ver a esos ancianos leyendo, paseando, sentados en una terraza con sus amigos o haciéndose un selfie, pues ellos –lo que no son o no ejercen de abuelos- son los verdaderamente denostados socialmente. Los abuelos caen bien, pero si son sólo ancianos, es decir, personas que “van por delante” –según la etimología de la palabra- pero improductivas, entonces no; entonces se les considera una carga para la sociedad y una amenaza para la sostenibilidad del sistema de pensiones. Ya no incitan a la ternura sino al fastidio. En el mejor de los casos, no existen. Ni siquiera se sabe cómo llamarlos: mayores, adultos mayores, ancianos, miembros de la Tercera Edad, personas en el otoño o en el invierno de la vida, la edad de oro… Los abuelitos sí, se sabe lo que son y se les aprecia por ello. Los casi tres millones de personas con más de 65 años que en estos momentos viven solas en España no encajan en la postal.
La sociedad divide claramente a las personas por su capacidad de ser productivos, incluso al margen de la edad; nos ofrece como modelo a Robert de Niro en “El becario” –un viudo de 70 años que vuelve a trabajar en una web de moda y se convierte en imprescindible-, no como Jack Nicholson en “A propósito de Schmidt” –en crisis existencial a causa de la jubilación-. Los que no tienen nietos de los que ocuparse, pueden hacerlo de los ajenos, como el viejecito de la película “Up”, ¡porque algo tendrán que hacer para ganarse su lugar en el mundo!
Lo peor es que, como decía Oscar Wilde, “la tragedia de la vejez no es que uno sea viejo, sino que uno es joven”. Incluso con enfermedades o achaques múltiples, los ancianos son –casi he de decir somos- los mismos que fuimos. No hay un momento concreto en el que una deja de ser quién es para sólo ser el despojo de lo que fue, ni siquiera el momento de la jubilación.
No es algo nuevo, por más que ahora tengamos las palabras gerontofobia y edadismo. La diferencia es que en épocas pasadas, desde la Antigüedad a la Edad Moderna, los ancianos eran divididos por su capacidad física: los que llegaban a la vejez (es decir, los que superaban los cuarenta o cincuenta años) en buenas condiciones, eran respetados –incluso venerados en las culturas orientales- y considerados fuente de sabiduría y prestigio; los que no conservaban sus fuerzas, sin embargo, eran una carga y no era infrecuente el senicidio.
Ya es hora, creo yo, de valorar a las personas al margen, no sólo de su edad, sino de su utilidad. Mi madre, que fue una abuela más que ejemplar, no soportaba que la llamaran así quienes no eran sus nietos y recuerdo el día en el que el pintor Vela Zanetti, que nunca fue abuelo, ingresó para ser operado de cataratas: tuve que hablar con una enfermera para pedirle que no volviera a llamarle abuelo o a darle palmaditas a riesgo inminente de que saliera de la cama y se liara a bastonazos.
Los viejos tienen necesidades específicas, sí, pero también una vida y una personalidad propias. Por eso, urge cambiar de mentalidad y dar pasos hacia adelante. Si ya los viajes que el Imserso que se empezaron a organizar en 1985 han cambiado la vida de millones de personas, agradezco a Rodríguez Zapatero la Ley de Dependencia de 2006, me pareció fundamental la ley aprobada hace dos años para regular la eutanasia y permitir que los ancianos –aunque no sólo- puedan decidir cuándo y cómo irse cuando no haya futuro, y me parece fundamental la ley que se está redactando para que todos puedan tener acceso a cuantos cuidados necesiten sin tener que abandonar su propio hogar y que, si desean ir a una residencia, ésta se parezca más a un piso compartido que a un aparcamiento pre-mortem. También debería prepararse a los jóvenes de hoy para que, en el futuro, se conviertan, no en ancianos útiles, sino felices, entre otras cosas enseñándoles a ser lo más independientes posible –la mayor parte de los viudos no saben cocinar ni las viudas arreglar un enchufe- y a hacer, como dijo Gabriel García Márquez, “un pacto honrado con la soledad” para afrontar sus últimos años de vida.
Esther Bajo
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