El joven Felisberto, mientras se esforzaba por seguir con las teclas del piano destintado de un cine-platea los pasos de Buster Keaton, no sabía que el Felisberto más mayor escribía cuentos difusos, de salones amplios y quintas olvidadas. Ahora le sonreía a sus greñas y los picos de sus bigotes una señorita de añil, que arrastraba las erres como una francesa, pero pronto ni eso, y cuando adagiaba una escala, tras un tropezón de un compinche de Buster, se vio solo en una sala que era grande como un estadio de football. De repente, le arremetieron unas ganas inmensas de no seguir tocando, para qué, para nadie, y aunque las banderitas grises de las imágenes en movimiento seguían llameando aquí y allá, como si fueran retazos sibilantes de un infierno gris, cerró con el mayor estruendo posible la tapa descolorida del piano y recorrió en todos sus límites el espacio de aquel cine o lo que fuera aquello, robado al vacío y a la incertidumbre de la tarde-noche de Montevideo.
Había una puerta. Una única puerta en todo el cine, ya oscuro cuando el lienzo de la pantalla había terminado de vomitar su agüilla grisácea. Por allí que entró Felisberto, para seguir por un pasillo estrecho donde casi se tropieza con un señor peinado como el primer Kafka, con una raya alta en medio, y con un joven vestido de acomodador —o de domador de leones— que le indicó, mientras tanteaba las paredes acolchadas, la salida de aquel túnel. Desembocó en una pieza descomunal, repleta de toda la gente que de repente no le acompañaba, de joven, en el cine-platea. Lo esperaban. Lo pusieron frente a un piano, este sin desconchones ni vertientes de ceniza. Repentizó las caras, como quien musita una balada de Chopin, y estaban allí todos: una mujer que parecía sofocarse a compás, un hombre con dos relojes (uno para consultar y otro para que colgara del bolsillo del pantalón), una vieja con dentadura de joven y, justo al lado, una joven con dentadura de vieja…
Se fatigó en el recuento. Quien no estaba era ella. La señorita de añil de sus sueños de juventud, la que arrastraba las erres a la francesa y sonreía a sus greñas y su bigotito picudo. Buscó y buscó, mientras le iban pidiendo no ya piezas de música sino lecturas de cuentos, pero no aparecía. De tanto en tanto, volvió a vaciarse la estancia, de una penumbra ya enfermiza, y no alcanzaba a ver a dónde regresaba tanta gente de antes y de ahora, toda esa corriente de siempre, pero fijó la mirada en el jardín que oscurecía fuera de los vitrales y, en vez de ver la típica estatua con palomas, le llamó la atención un balcón que se descolgaba sin parar. Y allí, justo allí estaba ella, la señorita de añil, postrada como una muñeca sobre la balaustrada, mientras él se dedicaba a vagar por el salón ya vacío, transformado nada más en un caballo bitono.

Felisberto Hernández (1902-1964), pertenece a esa genealogía rara, oculta casi, de músicos-escritores (como el centroeuropeo E. T. A. Hoffmann, o Joyce, o Julián Ríos; como el sudamericano Alejo Carpentier) en los que la escritura es una continuación de un plan musical y la cifra de lo ideal acaba por devorar la contaminación mundana de lo literario. La fantasía o el impromptu son el único género de estos especímenes, y en ello Felisberto es un maestro. Compuso cuentos donde una (aparentemente) desaliñada melodía acaba por seducirnos, sin que nos interesen otros accidentes, como la trama, la perspectiva de los personajes o cualquier consideración temática. La troquelación de arriba reúne, para trazar el inquieto rostro de Felisberto Hernández, elementos de su vida, pero también de El acomodador, El balcón, Hortensias, La mujer parecida a mí y Nadie encendía las lámparas, todas ellas narraciones punteras de sus distintas épocas. Sus obras completas abarcan más de setecientas páginas de cuentos, todos fieles a su autor. Italo Calvino prologó sus obras en la traducción italiana, y no dudó en llamarlo francotirador.
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