miércoles, junio 10 2026

LA ISLA QUE ERA VERDE by María José Neira Garnelo

   Anoche papá se despertó sobresaltado diciendo que lo llamaba. Hace días que no duerme bien y se levanta de madrugada cada vez con mayor frecuencia. La semana pasada amanecí con una música suave que venía del salón. Bajé con cuidado de no hacer ruido y me lo encontré bailando con una escoba al son de una canción de Cesárea Évora, aquella que le cantaba cuando eran jóvenes. ¿Te acuerdas de cuando mamá presumía de que iba a verla todos los días? ¡Cómo no se iba a enamorar de él, tan atractivo y zalamero que no paró hasta conquistarla!

   Yo creo que él es feliz a su manera, viviendo en la creencia de que mamá sigue con nosotros, pero me parte el corazón verlo sonreír mirando al vacío. Algunas mañanas le dice que esta vez se ha pasado con el café, que no hay quien lo tome de lo fuerte que le ha salido, mientras va troceando un mango para desayunar.

   Hoy voy a prepararle una feijoada para que se anime, aunque a mí no me sale tan bien como a nuestra madre. Echo de menos los domingos, cuando nos hacía cachupa en casa de los abuelos y nos reuníamos todos allí al volver de la iglesia. Parece que la estoy viendo, con su delantal rojo bien colocado para que no se le estropeara su vestido de fiesta, apurándonos para que nos sentáramos a la mesa antes de que se enfriara la comida.

   Tampoco soy buena cantante. Ella sí que lo hacía bien, especialmente cuando cantaba mornas; decía que le recordaban a nuestra tierra, que tanto añoraba. A mí me encantaba despertar con su voz angelical, pero tú te ponías de un humor de perros; siempre has sido un dormilón y no soportabas que te levantaran cuando aún estabas en el último sueño.

   Mamá siempre llevó bastante mal que no vinieras con nosotros, aunque lo aceptó con resignación; nunca la oí quejarse, pero cuando hablaba de su hijo mayor a sus amistades lo hacía con el semblante nublado y a la vez iluminada por un rayo de admiración hacia su primogénito, orgullosa de cómo te habías abierto camino. Y cada vez que venías de visita preparaba tu llegada con antelación para que encontraras tu hogar de la infancia esperándote. ¡Hasta sacó del baúl tus peluches una vez y los puso sobre la cama con unos cartelitos que escribió dándote la bienvenida! Aquella vez tú nos fallaste y ella lloró cuando supo que no venías.

   Su alma era transparente, no podía ni quería ocultar la felicidad que la embargaba; tampoco se sentía más débil si veíamos su sufrimiento.

   Papá, sin embargo, se guarda todo dentro de sí y la pena carcome su ser. No pide nada más que una mano que le ayude a levantarse y otra que le dé de comer. Hace siglos que dejó de ser el hombre alegre que volvía de la fábrica con ganas de abrazar a sus hijos y a su mujer. Por ellos hacía horas de más que le pagaban míseramente. Dejó su tierra adorada y nos trajo aquí, después de sufrir en soledad la ausencia de sus seres queridos. Nuestra madre nos contó lo mucho que había sufrido, que habían sufrido los dos, primero la hostilidad inicial hacia el extranjero y luego la incomprensión de parte de los suyos, que no vieron con buenos ojos que se viniera solo.

   Algunas veces se me queda mirando y me llama Olinda, y yo tengo que decirle que no, que mamá ya no está. Y le recuerdo que yo soy su hija Neusa, la pequeña, la que llevaba en la parte trasera de su bicicleta cuando íbamos a coger agua a la fuente, la que no se dormía si no le contaba otra vez la historia de los deus grazinhos de terra que eran nuestras islas.

   Fue él quien me inculcó el amor por la palabra. Me escucha atentamente mientras tomamos un café después de comer y le leo mis relatos. A veces me corrige los errores que cometo por desconocimiento de las realidades de la tierra donde nacimos, yo ya pertenezco más a la tierra que nos acogió. Por eso escribo sobre estas cosas, porque, cuando las personas como nuestro padre se vayan, no nos quedará aquí más que el recuerdo vago de un pasado que se difumina en el viento y desaparece, y la isla que ni es cabo ni es verde, pero que antaño tuvo ese color, será un territorio desconocido para nuestros descendientes.

   ¡Qué difícil fue para él y otros tantos emigrar y establecerse aquí! Muy poca gente sabe lo felices que eran en la mina, aunque parezca increíble. Y qué alegre se encuentra ahora, porque aquí es uno más de ellos. Jamás nos sentimos discriminados en esta tierra berciana, aunque últimamente se oyen notas discordantes de almas que están negras, pero no con la negrura noble del carbón que picaban nuestros padres, sino con la del odio incomprensible que se agarra al alma y la pudre, y entonces la comprensión deja paso al rechazo.

   Ayer me preguntó por ti y me pidió que te llamara. Tiene muchas ganas de volver a verte. No sé por qué, pero de un tiempo a esta parte un presentimiento oscuro me persigue y temo que lo que quiere sea despedirse antes de partir. Hace un buen rato que se quedó dormido y sonríe de vez en cuando en sueños; me recuerda a la perrita Lola, la que teníamos de pequeños, que movía el rabo mientras dormía, soñando que jugaba.

   Papá Joao estará ahora en la mina con sus compañeros, todos iguales, con la cara tiznada de negro carbón o en una marcha multitudinaria recorriendo las calles de Madrid y cantando el himno a santa Bárbara. O quizás haya vuelto a su isla amada y esté bailando una coladeira con su mujer.

 


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