domingo, julio 5 2026

Ser un extraño por Ricardo Mazzoccone

Sin darse cuenta, Horacio se durmió entre las tumbas del cementerio. Abrió los ojos y no recordaba como había llegado hasta allí. Era de noche y no reconoció al mundo. Los silencios de la nada y el perfume a tierra mojada fue lo único que percibió. Se sentó sobre una de las frías lápidas, encendió un cigarrillo y fueron las luces que llegaban de la ciudad, las que lo dejaron inmóvil…

Después de la ruptura con Isabel, las noches solitarias se tornaron eternas. Aguardaba al sueño que se acercaba, pero en un momento se alejaba. Nunca llegaba.

—Estás muy lejos, mujer, demasiado y sé que no volveré a verte—Le susurraba a la estrella rebelde
que cada noche, brillaba única entre las nubes.

Era una cama vacía, sin miradas ni gestos, sin ruidos ni música, sin perfumes, tampoco amor, solo
dolor. Siempre se preguntaba como había llegado a estar atrapado en esta absurda pesadilla…

Cuando lograba dormir algunas horas, lo despertaba el maldito despertador a las siete. Caminaba como podía hasta la ducha y se quedaba allí varios minutos. Luego se vestía, tomaba un café, comía lo que encontraba y salía a la calle con un ojo aún cerrado. Caminaba siete cuadras hasta la estación del ferrocarril esquivando personas apuradas, baldosas rotas, charcos y caca de perro.

Llegaba al andén y comenzaba la lucha por subir al vagón; empujar y ser empujado era la consigna,
hombres y mujeres por igual. Al cerrarse las puertas, el tren comenzaba a moverse y el vergonzoso
amasijo de seres humanos se acomodaba en algún recoveco de aire. A veces no. Bajaba en la estación de la capital y subir al subterráneo era otra titánica tarea. Bajaba acomodándose la ropa y el cabello y caminaba dos cuadras hasta el edificio. Esgrimía un tímido buenos días sin mirar a nadie y se dirigía hacia su box donde encontraba pilas de hasta treinta centímetros de alto con papeles para analizar y ordenar.

Su rostro no cambiaba en ningún momento. Desde que salía hasta que llegaba, su cara de culo
parecía estar esculpida en piedra. Fueron un par de años así. Bebiendo pequeñas gotas de alegría, debajo de tormentas de nieblas y sombras. Pero todo cambió cuando al llegar a la oficina una mañana, vio en el box de al lado a una nueva empleada. Con otro ánimo, decidió presentarse.

—Hola, bienvenida, soy Horacio.

—Muchas gracias. Jimena es mi nombre.

Se acercó y le dio un beso en la mejilla.

Conversaron un rato hasta que el supervisor se la llevó para conocer a todo el personal. El muchacho sonreía. Transcurrió la semana y al final del día viernes, le preguntó.

—¿Jime? Si no estás ocupada, me gustaría invitarte a tomar algo, no sé, café, una cerveza.

—Bueno. Dame unos minutos para ir al baño, me arreglo un poquito y salimos.

—Te espero—Dijo Horacio, ahogando las ganas de saltar de felicidad.

Salieron del edificio, caminaron pocas cuadras y entraron al Bar británico que estaba atestado de
gente. Pero tuvieron suerte pues apenas entraron, una pareja se estaba yendo. Conversaron, rieron, bebieron, se conocieron. En un momento se rozaron las manos y la electricidad casi deja a oscuras el bar. No dejaron de verse a los ojos durante varios minutos. Fue un apasionado beso el que logró dejaran de mirarse.

—¿Vamos?—Dijo él, ya entrada la noche.

—Sí…¿A tu casa o a la mía?—Respondió ella.

El silencio fue invadido por fuertes golpes de corazón.

Al salir no podían contenerse. Se besaron contra los vidrios del bar, caminaron y siguieron
besándose y acariciándose, apoyados en las paredes. Cruzaron la calle y se perdieron en el parque
Lezama.

Allí se escondieron detrás de los árboles, debajo unos faroles muertos. Horacio le levantó la breve falda que traía puesta y le bajó la ropa interior. Con la mano le tapaba la boca para que no se escucharan los gemidos de placer. Y fue una vez y otra vez que la embistió brutalmente, acostados sobre la húmeda hierba. Luego de un rato, los caballos cesaron su marcha y los bríos menguaron.
Horacio se acomodó la ropa y se dispuso levantar a Jimena que seguía acostada.

Le llamó la atención que no se movía y tenía la mirada perdida.

—¿Qué te pasa, Jime?—Gritó y comenzó a zamarrearla.

Desesperado la revisó y encontró sangre. La dio vuelta y tenía un corte en la cabeza. Fue al golpear accidentalmente con una piedra. Estaba muerta. Se quedó inmóvil sin saber qué hacer. No reaccionó. A una pareja que pasaba, le extrañó la situación y llamó a la policía. De inmediato llamaron a una ambulancia y esposaron a Horacio…

El tiempo se detuvo en el penal de Ezeiza donde estuvo preso por homicidio culposo. Allí perdió los amaneceres, los atardeceres, los anocheceres, la lluvia y el sol.

—Quizás la muerte sea más piadosa que esto—Decía para sí.

Dejó de ser quien era, de ser un humano, con sueños, proyectos, deseos. También de hablar. Solo
miraba al cielo cuando estaba en el patio de la cárcel o a la noche, por una pequeña ventana. Su alma había escapado dejando su cuerpo en aquellas celdas frías. Cuando cumplió su condena, salió caminando sin que nadie lo esperara. Tomó un tren y llegó a la maldita ciudad. Caminó entre la gente y esto le trajo recuerdos que creyó perdidos. Recordó aquel hogar donde creció. Allí la felicidad los visitaba con asiduidad hasta que la muerte de su hermano echó todo a perder.
Caminaba con displicencia.

Vio a una chica, parecida a Jimena, caminando y hablando por celular. Seguramente tenía planeado
estudiar y recibirse, quizás casarse y tener hijos. También a un joven, desaliñado y sucio que
tambaleaba en la vereda, con los auriculares puestos sin otra meta en la vida que conseguir drogas o alcohol.

Miró hacia las ventanas de los departamentos y se imaginó mil cosas; conversaciones, gritos,
cantos, silencios, llantos, gemidos, ruidos a golpes, televisores encendidos sin nadie que lo viera, radios encendidas, perros ladrando, niños llorando. Dejó de hacerlo al recordar que él había matado y eso no lo hacía libre. Fue prisionero de sí mismo.

Había truncado una vida, un futuro, destrozado una familia, esfumado sueños de hijos, nietos,
reuniones familiares, vacaciones en el mar, abuelos. Se transformó en un perfecto extraño pues matar no se puede superar, no se puede seguir adelante, no se puede reparar. Su vida había terminado aquella noche con Jimena Y solo quedaba huir. Y él huyó.

Un desconocido se quedó con su cuerpo, un peregrino que deambula eternamente debajo de
somnolientas luces que esconden fantasmas, demonios. Sin recuerdos. Escuchaba solo silencios y veía trémulos abismos que conducían al infierno.

El viento enmudeció para dar paso a brutales truenos y tempestades eternas. Ya no podía ver lo que lo demás si podían. El horizonte no existía. Solo era un vago recuerdo en una vieja página de un libro de historia policial.

Como él.

@Richard/24


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