Fue en una época dónde los piratas llegaban con sus barcos dañados a la orilla. El mar había enloquecido y se mostraba salvaje; inevitablemente los hacía chocar con violencia contra los arrecifes, a veces, los daños eran devastadores.
Esa zona presentaba un acantilado muy escarpado dónde por casualidad fueron a parar dos náufragos. El fuerte oleaje les llevó hasta la orilla; esas mismas bravas olas que hicieron naufragar el barco, les habían salvado de una muerte segura.
El más joven tuvo que reanimar al otro; no respondía cuando le gritaba, eso le asustó mucho… Pensaba que se había ahogado. Pero fue persistente en el intento de salvarle, al final lo logró.
¡Parecía que se había tragado el mar entero porque no dejaba de expulsar agua por la boca!
Cuando ya estaban algo recuperados, se miraron detenidamente, ahí fue cuando vieron sus ropas sucias, mojadas, y rotas. Miraban hacía el mar por si les devolvía algunos enseres; se quedaron sin nada y allí solo había cinco centímetros de arena que separaban al agua de una descomunal pared muy alta. Por más que buscaban de un lado al otro no veían ninguna salida por donde escapar de ese lugar.
— ¡Vaya suerte más negra! dijeron los dos a la vez.
Pero, de repente, uno de ellos vio algo negro que traían y llevaban las olas, decidió meterse en el agua y fue nadando a cogerlo; consiguió atraparlo y, al salir vieron que era su apreciada bandera negra pirata con la calavera en medio.
El de más edad propuso comenzar a subir por el escarpado acantilado; suponía que sería fácil para ellos, pero no fue así. No pensaron ni por un segundo que sus fuerzas estaban muy mermadas; no habían comido, y no tenían agua, pero a pesar de todo, ellos emprendieron la subida.
Al llegar más o menos por la mitad de esa gran pared de piedra, el joven paró para descansar un poco (le flaqueaban las fuerzas). El otro seguía y seguía subiendo forzando al máximo la disminuida fortaleza de su exhausto cuerpo; el más sensato le voceaba diciendo:
— ¡Pirata, párate y descansa! ¡No sigas que te quedarás sin fuerzas antes de llegar! ¡La subida es peligrosa!
— ¡Llegaré antes que tú! Le contestó gritándole malhumorado.
El prudente supo repartir sus fuerzas y llegó hasta arriba. ¡Casi sin aliento! pero llegó.
Sin embargo el otro, lo que consiguió por ser tan cabezota fue que, en uno de los tramos a poca distancia de la cima, se resbaló y se enganchó un pie entre unas largas raíces que asomaban por las grietas de la piedra. Quedó inmovilizado sin remedio, desde esa posición no podía hacer nada. Sí se movía caería al vacío. El otro pirata no le podía ayudar; hallándose desesperado se sintió invadido por una inquietante desolación. Por allí no había nadie, era un lugar muy solitario.
MsticadoresLeón…Y allí se quedó el imprudente, suspendido en el acantilado.
Ángela Rosco López – 29/9/2024
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