viernes, mayo 15 2026

Consecuencias deletéreas por Ángela de la Fuente

Me despierto en mitad de la noche, acalorada y asustada. Había tenido una pesadilla otra vez. Aún puedo sentir unos garfios oxidados que tiñen mi espalda de rojo, y aunque sé que no ha sido real, me sigue atormentando, sigue consumiendo mis futuras horas de sueño.

Sé que esto que veo es un producto de mi imaginación, pero por alguna extraña  razón que desconozco, cada vez que tengo una pesadilla, siento que ardo y me muero; resurjo, ardo y me muero, y así una y otra vez, hasta que por fin soy capaz de caer en que estoy viva. Una sed casi insaciable aparece de repente y esta nueva necesidad imperiosa me dirige hacia la cocina a beber un vaso de agua.

En los breves pasos que doy hasta la nevera, por el pasillo, me empieza a invadir una sensación de vértigo que acecha desde la oscuridad que invade mi casa. La oscuridad, mi fiel enemiga a la que
llevo negándole su admiración desde que tengo uso de razón, por ser el hogar de mis monstruos, de mis pesadillas (incluso de las que tengo cuando no estoy dormida) se alimenta de mi miedo.

Bebo el vaso de agua como si previamente hubiera estado en un oasis del desierto, con una rapidez y una inmediatez impropias de mí, mientras analepsis de mi pesadilla empiezan a acuchillar mis pensamientos de nuevo. Pienso, me revuelvo, y me vuelvo a la cama, pero en mi travesía de nuevo por este pasillo, de repente me quedo estancada en el espejo que tengo a mano derecha. La luz de mi linterna se refleja centelleante en él, opacando mi cara, sustituida por una bola de luz blanca que titila levemente.

Pese a no ver nada nuevo, o nada a lo que prestarle especial atención de manera aparente, no
consigo desfijar mis ojos del espejo, aun cuando me está cegando la luz de la linterna. Trato de encontrar algo que pareciera que ya no está, algo que faltara, no sé si en el espejo, o en mi reflejo. Un rayo de luz más intenso penetra en mis ojos de manera hostil y alcanzo seguir mi rumbo hasta la cama, para ver si por fin, de una vez, soy capaz de dormir una sola noche sin soñar nada turbio y perturbador.

Niego con la cabeza a medida que me arropo en la cama, pero una presión se ejerce contra mi espalda, hundiéndome en el colchón hasta empezar a cavar mi silueta en él. Vuelvo a negar, la presión ha desaparecido. Me incorporo apoyando mi espalda en el cabecero. Miro el reloj. La bofetada del tiempo me estalla: las 4:12 de la madrugada.

Las agujas de aquel reloj pareciera que hubieran derretido el paso del tiempo. La última vez que lo miré, hacía alrededor de más de quince minutos, desde que me desperté de aquella pesadilla, juraría haber visto la misma hora.

Procuro no darle importancia, negar otra vez con la cabeza, volverme a arropar. Sigo el ritual para acostarme de manera robótica y cada vez más intranquila. Después de lo que me parece una eternidad dando vueltas y girándome de un lado para el otro, decido encender el teléfono y ver algún vídeo o algo que pueda distraerme para poder liberar mi mente y descansar.

Las 4:12. Empiezo a sopesar que estoy en una pesadilla, pero no tengo la fiel sensación de que me voy a morir, por lo tanto no sé cómo despertarme para recordarme que estoy viva. Aparece una burbuja entrante en la pantalla con un mensaje de texto:

“No puedes hacerme esto”.

No puedes hacerme esto”, “no puedes hacerme esto”, “no puedes hacerme esto”, “no puedes hacerme esto”.

Es un bombardeo constante. Siento que toda mi sangre empieza a  confluir entre todos los puntos alineados de mi cerebro, creando un eco de pensamientos, un eco con esas cuatro palabras. Asiento por dentro, aunque aparece entonces una sensación nueva: no me estoy muriendo, creo que esto es algo peor.

Empiezo a desprenderme de mí misma en un vórtice de ciclos continuo, giro sobre mí misma como si fuera un tiovivo maldito y una melodía de carrusel me empieza a taladrar el rincón más interno de mis oídos. El sabor de una gota salada que resbala desde mi ojo izquierdo me invade la boca, pero al tocarme el pelo me doy cuenta de que estoy completamente empapada, y al mirarme las manos, la tenue luz del teléfono que da color a la habitación me enseña los dedos con los que había tocado mi cabello, cuyas yemas están arrugadas como pasas, como aquel que pasa horas en una bañera.

De las grietas de mi piel empiezan a aparecer diminutos insectos que emprenden su vuelo y
revolotean con zumbidos inaguantables dando vueltas sobre mí misma; soy el eje de cientos de bichos que giran alrededor de mí como si fuera su sol.

Sí puedo hacerte esto. Pero no quiero”.

Pego un grito como si no fuera la hora que es y tuviera libertad para ello, sin pensar en que las paredes de papel de fumar llevan consigo a ambos lados y arriba y abajo a vecinos a los que en varias ocasiones de sólo hablar alto he llegado a molestar. Ya no hay nada. No sé a dónde se han ido los asquerosos insectos. Mis yemas están en su estado natural. Tengo el pelo completamente seco y además, trenzado. Y todo está bien, con la única diferencia de que no me siento viva. Me siento en un estado de ambivalencia en la que no estoy plenamente consciente de que esté realmente en mi
habitación, y tampoco tengo la total certeza de que pueda estar a la vez en otro lugar que no puedo vislumbrar.

Un rayo de luz desencapota el cielo de mi angustia. Abro los ojos, pese a que no recuerdo haberlos cerrado. Es de día. El tedio de enfrentarme al sol fulminador que atraviesa mi ventana me hace recordar que tengo que vivir con esto. Conmigo misma.

Con la pérdida que yo misma he causado.

Sí puedo hacerte esto. Pero no quiero”.

@Ángela de la Fuente relato

@Imagen Pinterest


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