—Sigo sin entenderlo Ann. Con esto no se puede correr.
—¿Correr? Usted es una señorita, ¿para qué iba a querer correr?
Jeanne se contempla en el espejo y da una vuelta sobre sí misma. Tiene que admitir que el vestido es precioso y que realza su figura. Pero cómo explicar que se siente atrapada en él.
—Si llevase pantalones como los hombres —dice —podría saltar por las escaleras como los hijos de los Lanusse.
—No diga disparates señorita. Usted es una dama y ha nacido para casarse y fundar una familia, no para andar haciendo chiquilladas.
—Pero yo no quiero casarme ni tener hijos Ann. Quiero… —Y se muerde los labios porque casi confiesa su secreto. Desvía la mirada hacia el estante sobrecargado de libros y suspira con impaciencia. Asistir a otra cena de gala le privará de su compañía.
—Es la sensatez lo que le convierte en una mujer —dice Ann —. Y eso es lo único que le piden sus padres: que sea sensata y buena hija. —Le acaricia el rostro y Jeanne finge sumisión. Se baja del escabel y salen juntas de la estancia. Ann la acompaña hasta el final del corredor —. Es usted una niña preciosa pero crece demasiado deprisa.
Jeanne se dirige al salón y encuentra a tres desconocidos conversando con sus padres. Todos se levantan al verla aparecer y es su madre quien se acerca a ella.
—Oh, querida —dice —, estás resplandeciente. —Le apoya las manos en los hombros y la presenta como Jeanne, su encantadora hija. Los invitados se inclinan en su dirección y Jeanne les examina uno a uno: todos son hombres y dos de ellos superan la edad de sus padres. Pero el tercero es un joven que no sobrepasa los veinticinco años. Mantiene la espalda erguida y es el único que sonríe. Jeanne realiza la reverencia de cortesía y cuando los demás se sientan ella permanece de pie junto a su madre. Todos los hombres menos el joven hablan de política y de negocios. Su madre se limita a observarlos y solo revive cuando Ann anuncia que la cena está lista. Conduce al grupo hasta el comedor y señala el lugar que debe ocupar cada uno. Jeanne se encuentra sentada frente al joven. Ann sirve la sopa y todos empiezan a comer.
—Cuéntenos señor Philibert —dice el padre de Jeanne —: ¿cómo evoluciona su trabajo?
El joven se limpia la comisura de los labios antes de contestar.
—Bien, señor —dice —. Durante los últimos meses he catalogado más de diez especies diferentes. Y a mi entender la más asombrosa es la Hydrangea. —Continúa hablando, explicando con entusiasmo que las flores de la Hydrangea pueden ser rosas, azules o blancas, dependiendo de la acidez del suelo. Jeanne se ha olvidado de comer y lo escucha cautivada —. En mi último viaje encontré una Rafflesia arnoldii. Y es increíble. ¿Pueden creerse que llegó a pesar once kilos? —Y como nadie responde es Jeanne quien dice lo que piensa.
—La verdad que resulta fascinante. —Su madre se pone tensa y su padre la mira con reprobación.
—Gracias señorita —dice Philibert. Y se inclina hacia ella —. ¿Sabía usted que la Selaginella lepidophylla tiene la capacidad de estar muerta durante años y resucitar con una sola hidratación?
—Oh, ni siquiera sabía de su existencia.
—Y eso no es todo —dice Philibert —. Las Drakaea glyptodon imitan la forma del único insecto que pueden polinizarlas: la avispa Thynnid.
—¿Qué les parece si pasamos al siguiente plato? —dice la madre de Jeanne. Ann sirve cordero asado y otra sirvienta llena de vino los vasos. Philibert no prueba del suyo y los hombres hablan de la última guerra. Philibert les interrumpe cuando Ann lleva los postres.
—¿Y usted a qué quiere dedicarse señorita Jeanne? —dice.
Los padres de Jeanne simulan tranquilidad y uno de los hombres ríe a carcajadas.
—¿Dedicarse? —dice —. ¿A qué otra cosa puede dedicarse una mujer respetable sino es al hogar?
Jeanne se limpia la comisura de los labios como antes hizo Philibert y solo le mira a él.
—La verdad es que me gustaría dedicarme a la botánica —dice.
A su madre se le cae la cuchara de los dedos y resuena contra la mesa.
—¿Botánica? —dice uno de los hombres —. Menudo disparate.
—Pues a mí me parece una idea llena de elogio y admiración —dice Philibert.
—Habla así porque usted mismo es naturalista, ¿no es cierto? —dice el hombre —. La vida de botánico no está hecha para mujeres. Sería una falta de decoro, una aberración para la sociedad. ¿Se la imaginan en un barco rodeada de hombres? ¡Inaudito!
Jeanne abre la boca para contestar pero su madre se adelanta.
—Disculpen las palabras de mi hija —dice. Y fuerza una sonrisa —. No es más que una chiquilla con ideas absurdas en la cabeza. Su ocupación será la misma que la de cualquier otra mujer que se respete a sí misma y a su familia. Fundará un hogar y se deberá a él hasta el último de sus días.
Otro de los desconocidos cuenta la historia de dos mujeres pirata que se hicieron pasar por hombres y que acabaron, como no podía ser de otra manera, en manos de la Justicia.
—Intolerable —remata el hombre.
La madre de Jeanne sugiere a los invitados que pasen a la biblioteca y eso acaba con la discusión. La biblioteca solo es cosa de hombres. Jeanne se despide de los invitados y una criada la acompaña hasta su habitación. Enciende las velas y espera la llegada de su madre. Pero debe estar demasiado ocupada porque el tiempo pasa y no aparece. Jeanne recupera su libro favorito del estante y se acomoda en el diván. Pasa las hojas donde se detallan las virtudes y peligros de gran variedad de plantas. Las páginas están desgastadas por el uso y conoce de memoria la ubicación de los grabados. Es consciente de que hay un mundo por descubrir más allá de las ventanas de su casa, entre vientos que suenan diferentes al que sopla por las calles de La Comelle. Y los ojos de Philibert han visto todo eso. Plantas que imitan a la avispa Thynnid, plantas que pesan más de once kilos. Se permite soñar con lugares lejanos y desconocidos hasta que llaman a la puerta. Devuelve el libro a su lugar y está dispuesta a enfrentarse con su madre. Pero es Philibert quien está acompañado por una criada.
—Disculpad que os moleste —dice Philibert.
—No es molestia.
—He conseguido evadirme un momento —dice Philibert. Y hace una pausa antes de continuar —. Me gustaría deciros que debéis respetar a vuestros padres. Ellos la quieren y han hecho de usted lo que es. —Jeanne deja de sonreír porque no es lo que esperaba —. Sin embargo, es su vida y no la de ellos la que usted tiene que vivir. Puede respetarles, pero no debería perder sus sueños. —Saca del bolsillo interior del chaleco una tarjeta —. Venga a verme dentro de unos años, cuando tenga claras sus ideas. Entonces podrá descubrir que el único secreto de la felicidad es convertirnos en nuestros propios sueños. —Jeanne coge la tarjeta y Philibert se despide con una reverencia. Jeanne lee la calle, el nombre y la ocupación de Philibert. Hace girar la tarjeta entre los dedos y la esconde en las páginas del libro. No tiene necesidad de esperar a que pase el tiempo para saber cuál es su destino. Vuelve a ocupar el diván y contempla las sombras que tiemblan bajo la luz de las velas. Ann no tardará en ir a acostarla. La desembozará del vestido y la cubrirá con sábanas que tienen el peso y el calor del hogar. Sonríe. No va a conformarse con lo que es ni con lo que quieren que sea, sino con lo que a ella le gustaría ser. Y con esa idea aguarda la llegada de Ann y el paso de un tiempo que acaba de empezar para ella.
Para Jeanne Baret, que amó su vida.
FIN.
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.