miércoles, julio 1 2026

La visita de Merchor por Feliciano González

Cuando se acercan las fechas en que se celebra la Navidad, me dejo arrastrar por una marea de recuerdos que escapan de ese baúl de despojos deslucidos que nos acompañan, y que mantenemos razonablemente contenidos durante el año.

Debe ser algún aroma imperceptible del aire, o los prismas de luz propios del mes de diciembre, lo que agita nuestros pensamientos reposados, rutinarios, vulgares, y los convierte en bocanadas de ácidos en erupción. Enredado en estos trances, me he abandonado a la tarea de relatar las interioridades de ese inevitable impulso obsesivo que nos empuja a tratar de recuperar lo que hemos perdido, lo que recordamos como si aún fuera presente, hasta el punto mismo de la inevitable decepción, ese momento de saturación cuando, abatido, compruebo una vez más que recordar no es menos ilusorio que pretender revivir lo ya vivido. Lo pasado ya no es, pero nos persigue queriendo
resucitar. Ahora, durante unas breves páginas, puedo concederme la fantasía de la memoria.

Cinco de enero de hace quién sabe cuántos diciembres. Me fascinó esa noche mágica cuando uno de los Magos de Oriente apretó sus curvas por la chimenea de nuestra casa; lo más seguro es que lo hiciera por la ventana, a juzgar por los cristales rotos que quedaron esparcidos por el suelo, por el maldito frío que inundó el saloncito de la casa, o por el simple hecho de que no tenemos una chimenea en el salón.

Su Real persona se zampó los tres polvorones que habíamos dejado dispuestos en un platillo, que acompañó con las tres copitas de coñac allí dispuestas, que era, al parecer, el licor preferido de la realeza. Nos dejó un revoltijo encantador de regalos a medio empaquetar; y de paso le soltó una patada al gato, al que nadie prestó la menor atención, por más que maulló dolorido. Aún menos en una noche como esa, que es precisamente la noche del año en que recibimos la más sigilosa y anhelada de las visitas.

Llegaron las primeras luces de la mañana y mi hermano y yo nos lanzamos de la cama, y corrimos al salón. La ceremonia del apresamiento de regalos, del desguace de sus envoltorios, del griterío que provoca la sorpresa por tan preciados tesoros, se desplegó como un torrente despiadado. Todo era perfecto; todo era apasionante.

Apareció mi madre en su bata de paño cruzada, con gesto adormecido aún, frotándose los ojos. Miró alrededor, volvió a repasar la escena: algo no encajaba. Aquellos vidrios rotos, la ventana violentada, el gato, acurrucado en su cojín con mirada lastimera; algo alteraba el diseño de la escena, como si una disonancia se hubiera quedado grabada en la partitura.

La vi correr a la cocina, dar un traspiés, encaramarse en una silla, rebuscar por encima del mueble donde se amontonan los platos y los vasos, comenzar un coro creciente de expresiones de angustia, y, finalmente, lanzarse a gritar el nombre de mi padre como una loca enfurecida.

Mi hermano y yo observábamos la escena con una mezcla de estupor y curiosidad, ocupados como estábamos en otros menesteres más provechosos. No le dimos mayor relevancia a la repentina actividad frenética de mi madre, hecha una fiera. Gritaba sin parar que no encontraba el cofrecillo de joyas y el reloj de oro del abuelo, que guardaba escondido en la cocina. Hasta entonces, aquello no era sino otro de los altibajos emocionales domésticos. Lo que me enojó fue cuando disparó palabras sucias, que no puedo transcribir, contra Melchor: no me parecía justo culpar a su Alteza de Oriente de sus descuidos domésticos, o de recordar dónde deja abandonada cada cosa que coloca en su constante afán ordenador.

El cofrecillo había desaparecido, es todo lo que alteraba la paz de la mañana, Jugamos y jugamos sin parar, ni siquiera nos inmutamos cuando apareció la policía urbana a rastrearlo todo. Agotados y desfallecidos por el hambre, dimos tregua a nuestras fantasías lúdicas. Mi padre dio la voz de rebato para acudir a la cocina a almorzar. Mi madre, por su parte, permanecía en la cama lidiando con un brote inesperado de migraña. Tan pronto tuvimos el beneplácito, saltamos de las sillas y
volvimos a nuestros juegos.

Esa noche soñé con Melchor. Cabalgaba un caballo negro bellamente enjaezado, con tiras de luces, o quizás fueran topacios. Le llamé con todas mis fuerzas. Se detuvo y vino hacia mí. Desde la grupa de aquel caballo magnífico me miraba con ojos también muy negros, casi escalofriantes. Me atreví a hablarle; quería saber cómo podía leer tan rápido todas las cartas que recibía cada año; y sobre todo, cómo se organizaba para entregar los regalos correctos en cada casa, y antes del amanecer; era un misterio que me angustiaba.

Melchor dejó volar una sonora carcajada, me miró de nuevo y me dijo que todo era más fácil con el reloj que llevaba en su muñeca. Era un reloj redondo, grande como una manzana, que lanzaba destellos de luz en todas las direcciones. Quedé fascinado con el hallazgo de lo que había sido para mí un misterio inexplicable.

Para el momento del desayuno mi madre se había recuperado algo de la migraña, y se la veía en la mesa de la cocina sujetando su tazón de café como si fuera u sapo escurridizo. El desayuno fue un duelo. El silencio lo rompió ella, con un profundo lamento por el extravío del reloj del abuelo. Entendí entonces que tenía la solución perfecta para su desconsuelo: el reloj tenía una misión importante que cumplir.

Sin demora confesé mi hallazgo: yo sabía dónde estaba el reloj; Melchor lo llevaba en la
muñeca para cumplir con su cometido universal. Se produjo un silencio que se prolongó
varios segundos; mi hermano me miraba con sus ojos redondos queriendo saber más
del caso; mi padre dio un trago largo de café. Mi madre se levantó de la mesa
sujetándose la frente y desapareció en su dormitorio con un seco portazo. Apuramos la
leche y nos fuimos a jugar. Eran tiempos de ilusión.

@Feliciano González relato
@Imagen Pinterest


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