Ah, el Día de Reyes. Esa mágica mañana en la que los niños se despiertan antes de que el sol asome, con los ojos brillando de ilusión y… ¿esos son 27 paquetes bajo el árbol? Sí, hemos convertido nuestras salas de estar en sucursales de Amazon, y a nuestros hijos en pequeños emperadores del consumismo.
Según la psicóloga Rocío Ramos-Paul, este fenómeno tiene nombre: el síndrome del niño hiperregalado. Y no, no es el título de una película navideña de serie B. Resulta que inundar a los niños con regalos puede llevar a que no aprecien el valor de cada uno, desarrollen una conducta insaciable de insatisfacción e infelicidad, y terminen con una tolerancia a la frustración más baja que el nivel del mar.
Imaginemos la escena: el pequeño Juanito desenvuelve su décimo regalo, una bicicleta último modelo. La mira durante cinco segundos y luego pregunta: «¿Y qué más?». Mientras tanto, la bicicleta anterior, que recibió hace apenas un año, acumula polvo en el garaje junto con el patinete eléctrico, la consola de videojuegos y ese perro robot que ladra en japonés.
El neuropsicólogo Álvaro Bilbao advierte que este exceso de regalos puede llevar a que los niños dejen de apreciar el valor de cada obsequio y no formen recuerdos significativos con ellos. Es decir, estamos criando a una generación que confunde la Navidad con una subasta de eBay.
Pero no todo está perdido. Los expertos recomiendan la regla de los cuatro regalos: uno que deseen, uno que necesiten, uno para vestir y uno para leer. Aunque, seamos sinceros, intentar convencer a la abuela de que no compre ese tren eléctrico con luces y sonido puede ser más difícil que armar el propio tren.
Entonces, ¿qué podemos hacer? Primero, respiremos hondo y recordemos que la Navidad no es una competición para ver quién tiene el árbol más rodeado de cajas.
Segundo, enseñemos a nuestros hijos el valor de la gratitud y la paciencia. Y tercero, quizás sea hora de regalar menos objetos y más experiencias: una tarde de juegos en familia, una excursión al campo o, quién sabe, una clase de cocina donde aprendan a hacer algo más que pedir comida por una app.
En resumen, dejemos de crear pequeños monstruos consumistas y volvamos a lo básico: amor, tiempo compartido y, por supuesto, ese jersey feo tejido por la tía abuela que, aunque pica, está hecho con cariño.
@Emecé Condado
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