Aquella tarde el calor era insoportable, aún estando a la orilla del mar. Cada vez se hacía más
patente la ionización positiva del ambiente, presagiando tormenta. En las calles, las plazas, en las
tiendas, en las oficinas, en las playas y en los parques arbolados, en cada espacio se percibía una
extraña sensación de creciente nerviosismo y de situaciones de ira fuera de lo común, cualquier
pequeño roce físico o verbal provocaba más de un altercado.
Los gatos, los perros actuaban de manera agresiva entre ellos y contra sus dueños. Las palomas de los parques volaban de forma errática estampando sus picos contra paredes, dejando su sello de sangre y plumas en ellas. De pronto, el cielo se cubrió de gaviotas, una oscura nube de graznidos y aleteos cercaban la ciudad. Ante aquel panorama los paseantes se refugiaban tras las cristaleras de los locales comerciales y establecimientos de hostelería con el miedo metido en el cuerpo.
Allí, en lo más alto de aquella nube se empezó a generar un enorme remolino de gaviotas provocando un terrible y ensordecedor ruido con sus graznidos. De pronto, se rompió aquel extraño e infernal torbellino, momento en el que las aves se lanzaron en masa y a gran velocidad contra los habitantes de la ciudad costera. Ni los automóviles, camiones o los autobuses eran obstáculos para ellas, nada lo
era, en su vuelo enloquecido se llevaban por delante todo lo que encontraban a su paso. Decenas
de animales quedaban en las calles malheridos, miles de cristales hechos añicos mostraban el
rastro sangriento del ataque despiadado de las gaviotas. Desde los grandes ventanales de las
oficinas de la aseguradora donde trabajaban Alejandro y Alicia podían ver aquella espeluznante
y macabra escena. Sin embargo, no por estar en el piso cuarenta y cuatro y protegidos por
cristales de gran resistencia se sentían más seguros que los que estaban en los pisos inferiores o
incluso a ras de calle y tenían razón en temerlas.
Por unos largos minutos pareció llegar la calma a la ciudad, unos largos minutos en los que incluso desaparecieron del cielo las gaviotas, pero está situación de calma aparente no iba a durar. Alicia y Alejandro no podían creer lo que veían, varios cientos de gaviotas volaban a gran velocidad hacia ellos. Los graznidos eran realmente terroríficos, el chasquido de los cristales fue lo siguiente que escucharon los trabajadores de la planta cuarenta y cuatro. En pocos minutos todo era muerte y destrucción alrededor de la pareja.
Decenas de personas se hallaban ahora tendidas en el suelo en medio de charcos de sangre, llenas
de picotazos con la ropa hecha jirones esparcida por el suelo de parquet. Algunas de aquellas
aves se hallaban sobre sus víctimas arrancando sus pieles dejando al aire únicamente sus huesos.
Las estampidas provocadas por el miedo a las gaviotas producía más víctimas que éstas, la
escena era dantesca.
La tormenta que podría revertir la situación no descargaba, es más, parecía alejarse con lo que
los iones positivos se mantenían y si nada lo remediaba lo harían por mucho más tiempo
agravando el terrible caos y horror hasta límites insospechados. No sólo las gaviotas eran ahora
las causantes de aquel desastre, también la tensión nerviosa reinante provocaba graves
altercados, incluso mortales, entre los ciudadanos sin olvidarnos de las mascotas y otros animales
domésticos enfrentándose entre sí y a sus amados dueños.
Antes de interrumpirse por completo las comunicaciones, una noticia sobrecogedora encogió el
corazón de Alejandro, de Alicia y de todos los habitantes de la bella ciudad costera. En el norte,
en el sur, en cualquier rincón del planeta se estaba produciendo el mismo fenómeno. En unos
casos eran las gaviotas, en otros eran las Águilas o los animales de las selvas los responsables de
los furibundos ataques.
¿ Estaría apunto de acabarse el mundo tal y como lo conocemos?
Más de uno y más de cien se hacían ésta pregunta.
@Carlos Cubeiro relato
@Imagen Pinterest
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