lunes, septiembre 7 2026

El niño y su perro por Ricardo Mazzoccone

—¡Cuantas veces te dije que cuidaras a tu perro, Ismael! Otra vez mató a una gallina. La encontramos muerta esta mañana. ¡Tu padre ya dijo que una más y lo sacrifica! —Gritó ofuscada la madre.

El niño escuchó todo encerrado en su cuarto con Zomby, un perro negro y gigante que encontró en la ruta, cuando tenía meses de vida. Al verlo se compadeció y lo llevó a la granja de sus padres. Estos, luego de muchos ruegos por parte del niño, accedieron a quedárselo a pesar que ya contaban con Pericles, un border collie por demás inteligente.

Ismael estaba sentado en el piso del cuarto, con la trompa del perro en una de sus piernas.

—¿Fuiste vos? Decime la verdad por favor.

El perro lo miraba con ojos de vaca empantanada, clamando por su inocencia.

—Si papá encuentra otra gallina muerta te va a matar de un tiro. Hagamos una cosa. Esta noche te voy a atar a mi cama. Así no podrás hacer nada malo. Le voy a decir a mama. Salieron de la pieza y ya en la cocina, Ismael le contó a su madre lo que haría.

—Es la última oportunidad que tiene Zomby. Lo lamento, sé que lo querés mucho, pero no podemos darnos el lujo de perder animales. Ahora andá a jugar que el día está lindo. Después te voy a pedir que vayas al pueblo en la bici para comprar algunas cosas.

—Bueno má— Dijo y salieron corriendo, niño y perro.

La brisa cálida los envolvía, el sol les daba calor, mientras los durazneros en flor y naranjos perfumaban el verde campo. Se escuchan a lo lejos las campanas de la vieja iglesia logrando que el cielo se cubra de palomas.

Y allá iban, en perfecta comunión Ismael con su perro Zomby, disfrutando del regalo que es la vida en este mundo. Cansados de correr se tiraron en el pasto y se quedaron mirando al cielo, a los gorriones que pasaban. Siempre se preguntaba Ismael si iba hacia algún lugar o solamente
disfrutaban la bendición de volar.

Muchas veces él había soñado que volaba y la hermosa sensación que sentía en su pecho, lograba despertarlo con lágrimas de emoción. Cerca del medio día regresaron para el almuerzo. Comieron los tres juntos mientras los perros se quedaban en el patio. La tarde transcurrió serena y apacible y el atardecer encendió sus faros rojos para iluminar el camino hacia la noche.

Fue cuando las sombras se habían adueñado de todo que Ismael vio al diablo detrás de un árbol.

—¡Mamá tenía razón, es chiquito, negro y feo! Y se nota que debe oler horrible. Voy a tratar de acercarme—Dijo para sus adentros.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, pudo ver sus dientes negros y filosos y sus pequeñas manos eran garras de animal. Pero fue cuando pisó una rama que sus miradas se cruzaron. Los ojos eran rojos.

El pequeño salió corriendo con Zomby hacia la casa intentando no gritar, pero el miedo se había apoderado de él. Lo primero que hizo al llegar a su casa fue atar a su perro a la pata de la cama.

—Te quedarás aquí y no te moverás en toda la noche. No quiero que el diablo te obligue
a hacer alguna locura. Creo que algo trama. Lo vi en sus ojos.

Allí se quedó Zomby, con la trompa aplastada contra el piso e Ismael recordando a esa horrenda criatura.

La cena no tardó en llegar y una vez terminada, el niño saludó a sus padres y se fue al cuarto con un trozo de pollo para Zomby. Se lo dio, el perro lo devoró y luego de un rato se durmieron. Al amanecer, los gritos de su padre hicieron volar a los pájaros que dormían en los árboles.

—¿Dónde está ese perro? Lo voy a matar.

Lo primero que hizo Ismael fue mirar hacia el lugar donde debía estar Zomby.

Pero no estaba. Observó que la correa estaba mordida y cortada.

Comenzó a llorar y a negar lo que estaba sucediendo.

Corrió al gallinero y efectivamente había otra gallina muerta.

—¿Dónde está tu perro Ismael? —Gritó su padre con la escopeta en la mano.

—No… No lo sé… Anoche lo até a mi cama… No escuché nada—Dijo entre sollozos el pequeño.

—Y ahora no está. Se fue.

—Voy a buscarlo—Dijo el padre.

El hombre se terminó de vestir y salió caminando hacia el campo. Luego de varias horas regresó.
La angustia en los ojos del niño, partían el cielo.

—No te preocupes hijo, no lo encontré. Evidentemente se fue. Solo espero no ataque los gallineros de los vecinos.

—Papá, quiero contarte que ayer vi al diablo en la esquina donde doblan los vientos, como decía el abuelo. Me acerqué y lo miré a los ojos. Es horrible y es él quien mata a las gallinas. Estoy seguro.
El padre lo escuchó y acarició la cabeza del niño.

—Hijo, el diablo es una leyenda. No existe. Alguien la creó para asustar y divertirse. No sé que fue lo que viste, pero un diablo seguro que no era. Quizás un animal, no lo sé.

—¡Era muy feo papá! ¡Parecía un diablo!

—Bueno Ismael. Olvídate de eso y tenemos que encontrar a tu perro. No lo voy a matar. Ahora me preocupa saber dónde está. Salieron ambos al campo llamando a gritos a Zomby…

Diez años después…

A pesar del tiempo transcurrido, Ismael nunca perdió las esperanzas de encontrarlo. Las pocas respuestas a lo sucedido aquella noche lo atormentaban.

¿Quién había soltado a su perro de la atadura?

¿Por qué se fue y a dónde?

Si aquel monstruito no era el diablo… ¿Quién o que era?

Pasaron los años, la adolescencia atravesó rauda e Ismael se convirtió en un joven humilde y trabajador. Se hizo cargo de la granja cuando su padre se quebró una pierna y a partir de allí
compartieron la responsabilidad. Era por las noches que Ismael recordaba aquellos días con Zomby. Lo extrañaba. Siempre estaba atento al horizonte por si lo veía venir con ese trote pesado que tenía.

Ya dejaba de hacerse preguntas aunque no las olvidaba. Y solo había una única respuesta que su padre le ocultó. Nunca le dijo que encontró a Zomby a un costado de la ruta, arrollado por un vehículo.

No creyó necesario cargar con semejante dolor al pequeño. Dejó que la imaginación hiciera su trabajo.

@Ricardo Mazzoccone


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